Mercenarios de la honestidad

Por Pablo Esteban Dávila

Tanto preguntarse si Cristina Fernández sería o no candidata en la provincia de Buenos Aires que hubo un dato que pasó prácticamente inadvertido: la señora Graciela Ocaña será diputada por Cambiemos en aquél distrito.
El acontecimiento remite a una pregunta básica: ¿qué tiene que ver Ocaña con el macrismo? Si se repasa la trayectoria de esta dirigente se obtendrá una radiografía de su pensamiento político, es decir, que no tiene ninguno. Veamos.
En los años ’90 se puso decididamente al lado de Chacho Álvarez en el denominado “Grupo de los Ocho”, un conjunto de legisladores peronistas que rompieron ruidosamente con el entonces presidente Carlos Menem. Luego acompañó al señor Álvarez al FREPASO, espacio por el cual se transformaría en diputada nacional en 1999 en el marco de la Alianza, el gobierno de coalición encabezado por Fernando de la Rúa y secundado por su entonces jefe político.
Ya diputada investigó (es una forma piadosa de decirlo) supuestos hechos ilícitos junto con Elisa Carrió en el marco de una comisión especial que, por si faltaba aclararlo, nunca llegó a nada. Tras la renuncia del presidente De la Rúa Ocaña decidió continuar fiel a sí misma, pasándose al ARI, el antiguo partido de la señora Carrió. Con tal membresía logró renovar su banca en 2003.
En 2004, y en sintonía con Luis Juez y Martín Sabatella –entre otros– fue seducida por el poder de Néstor Kirchner y su transversalidad. Como premio de aquella nueva lealtad recibió la titularidad del PAMI, lugar desde fue eyectada algo más de un año después sin dejar ninguna realización digna de tal nombre. No hace falta decir que el bueno de Néstor no se preocupó demasiado por la suerte de su fallida funcionaria.
Pero Ocaña es una mujer de suerte. En 2007, y tras la asunción de la presidente Fernández de Kirchner, fue nombrada Ministra de Salud por la nueva administración. Esto hizo que renovara su fe en el proyecto Nacional & Popular, bastante maltrecha tras la expulsión sufrida un par de años antes. Ya definitivamente alejada de Carrió (y, por supuesto, de Álvarez y de De la Rúa, enterrados con anterioridad) su estrella política parecería continuar refulgiendo.
Sin embargo, una espantosa epidemia de dengue acaecida en abril de 2009, forzó un nuevo despido en junio de aquél año. La mayoría de los especialistas en cuestiones sanitarias concluyeron que la señora Ocaña no hizo nada para prevenir la enfermedad, especialmente si se considera que la Argentina había, hasta aquél momento, permanecido relativamente inmune a sus efectos. La virulencia de este mal hizo que el destacado ensayista Jorge Asís la bautizara como “la Reina del Dengue”.
Cualquier otro mortal hubiera sufrido la anatema de inútil; no obstante, Ocaña había logrado tapar sus reiterados dobleces políticos e inveterada incompetencia como funcionario mediante al recurso de la honestidad. En efecto, ambas eyecciones fueron justificados por ella misma como un castigo a su incorruptibilidad. Aunque el argumento no podría resistir una miserable reflexión, buena parte de la prensa, empeñada como lo estaba en su lucha contra los desvaríos autoritarios de los gobiernos K, le tendió un manto de piadosa impunidad.
Esta vigencia en su imagen pública fue evidente en 2011 cuando, otra vez, resultó electa diputada, ahora con el sello de la Unión para el Desarrollo Social (UDeSo), una alianza entre la UCR y el partido del post peronista Francisco de Narváez. Como siempre, el amor duró poco. Dos años después decidió cambiar de monta y militar junto a ECO del también ex kirchnerista Martín Losteau.
El galimatías no terminó allí, puesto que ahora la Reina del Dengue será diputada por Cambiemos, renovando su afinidad por ella misma. La nueva lealtad es curiosa porque ella supo denunciar, allá por el 2010, al propio Mauricio Macri por un supuesto negociado con Hugo Moyano para que la firma Covelia (atribuida al camionero) se quedase con parte del negocio de la basura en la ciudad de Buenos Aires.
Formalizada su postulación, la antigua denunciante se ocupó el último fin de semana de borrar todos los tuits en donde mencionaba –siempre peyorativamente– al presidente; es un hecho que sus convicciones son tan indulgentes como la memoria de Macri.
Ocaña, es forzoso decirlo, es una mercenaria de la honestidad. Aunque en la enorme mayoría de los casos sus denuncias lo fueron de pacotilla, muchos incautos creen que es la quintaescencia de la pureza. Esto le otorga una suerte de bill de indemnidad, un privilegio del que, naturalmente, el resto de los políticos carecen. Si bien es comprensible que la gente de a pie se crea sus dislates, esto no justifica que dirigentes de la talla de Macri o de María Eugenia Vidal acepten esta peligrosa referente como tropa propia.
Deberían saber, con las pruebas acumuladas durante tantos años de zigzag, que a la primera dificultad Ocaña los traicionará para luego denunciarlos. También sería oportuno que reflexionaran (aunque ya parezca tarde para hacerlo) que alguien que pasó alegremente desde la izquierda a la derecha no puede ser otra cosa que un oportunista, como lo es Luis Juez por estas latitudes, un precursor en el arte de los canguros.
Un mercenario siempre es un soldado de fortuna. Servirá al que le paga. Los condotieros tradicionales tienen para ofrecer sus armas y su experiencia en combate. Eso es lo que venden. Los dirigentes como Ocaña, incapaces de mostrar gestión alguna en los grandes temas del Estado, comercian con su honestidad, un valor tan subjetivo como la ideología que ella profesa. Puede que alguien la justifique diciendo que, al menos, parece decente; no obstante, forzoso es concluir que, en su caso, su aparente virtud es, simplemente, una mercadería que se transa en el mercado político como tantas otras cosas despreciables.