Aprender a triunfar

Una prueba de la evolución que ha tenido la cantante Lorde se pudo obtener el viernes pasado, con motivo de su actuación en el festival de Glastonbury, donde realizó un complejo despliegue escénico que contrasta con la puesta minimal que expuso en su debut en Argentina en 2014.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Cuando aterrizó en argentina para actuar en el festival Lollapalooza, allá por los comienzos de 2014, Lorde era una tímida jovencita de 17 años que, desde su Nueva Zelanda natal, había establecido vínculos con sellos discográficos de los Estados Unidos para congraciarse con el éxito. Y lo había conseguido en tiempo récord. Su tema “Royals” fue uno de los mayores hits globales del año 2013 y su disco debut, “Pure Heroine”, redondeó uno de los más grandes lanzamientos de ese año, protagonizado por una adolescente que apenas salía del cascarón y que, de repente, se había visto atosigada por una fama imprevista.
Su show en el Hipódromo de San Isidro resultó en aquel entonces tan minimalista como impactante. Con movimientos compulsivos y el rostro escondido detrás de su larga y enrulada cabellera, ella ocupaba el centro de la escena casi obligada por las circunstancias. Por detrás, apenas un baterista y un tecladista sustentaban su espectáculo, cuya simpleza era deliberada y no en razón de un ahorro de costos. Con la misma propuesta, paseó por diversas ciudades del mundo esas canciones que habían aterrizado en la radio unos meses antes y que desde el primer momento conquistaron al gran público.
La fortaleza de Lorde en su debut porteño se cifró en su caudal interpretativo y en la potencia escénica que imponían sus vocalizaciones, recibidas con embeleso por sus seguidores argentinos y atendidas con gran interés por el resto del auditorio, que se acercaba para apreciar en directo ese fenómeno artístico oriundo de Oceanía. Gratísima impresión dejó esa aspirante a estrella que, a una edad en la que otras chicas piensan dónde irán de viaje de estudios, debió hacerse cargo de su condición de celebridad mundial de golpe y porrazo. Y, además, tuvo que esforzarse para que su presencia en vivo estuviese a la altura de lo que sus grabaciones habían logrado.
Han pasado más de tres años de aquel primer contacto en directo y Lorde disfruta por estos días las mieles de la fervorosa recepción que tuvo entre crítica y público su segundo disco, “Melodrama”, que ha sido saludado como la confirmación de que la adolescente de “Pure heroine” ha madurado espléndidamente como artista. El primer single del álbum, “Green Light”, no llegó a entrar en el top ten de la Billboard, pero se deja escuchar en todas partes y, seguramente, se perfila como una de las canciones del año.
Una prueba de la evolución que ha tenido la intérprete se pudo obtener el viernes pasado, con motivo de su actuación en el festival de Glastonbury, uno de los más importantes del mundo y entre los más resonantes de Gran Bretaña. Porque allí Lorde cantó en el contexto de una puesta en escena a la que de minimal ya poco le queda. Una especie de pecera articulada en el centro de la escena, bailarines, coreutas y una sección de vientos, fueron algunos de los elementos que rodearon a su presentación y que la dotaron de la sofisticación que caracteriza a superestrellas como Madonna o Lady Gaga.
Vestida con un enterito de colores muy ajustado a su cuerpo y con el cabelo peinado de manera que su rostro fuera bien visible, la ya veinteañera neozelandesa hizo gala de un desenfado que contrasta largamente con la introversión que lució cuando estuvo en Buenos Aires. El manejo de los espacios, los gestos y las arengas a los espectadores, la ubicaron en el sitial de aquellos que están acostumbrados a lidiar con las consecuencias de la popularidad. Un duro aprendizaje que, tras apenas un trienio de perfeccionamiento, ella parece haber aprobado con excelentes calificaciones.