La autoridad de las desautorizaciones

Días atrás el Consejo Capital había reclamado públicamente que la Municipalidad diera marcha atrás con los despidos de los choferes amotinados en el último paro de la UTA.

Por Pablo Esteban Dávila

Juan Schiaretti no especula con los asuntos públicos. Para él, la gobernabilidad lo es todo. Si algo amenaza a los grandes temas de Estado, y aunque tal coacción se encuentre dirigida a otros, el gobernador se toma la cuestión en forma muy personal, como si su propia gestión estuviera en riesgo.
Esto es lo que ha ocurrido con la desautorización que, con todas las letras, Schiaretti le ha prodigado al peronismo de la ciudad de Córdoba. Días atrás el Consejo Capital había reclamado públicamente que la Municipalidad diera marcha atrás con los despidos de los choferes amotinados en el último paro de la UTA. Ayer el gobernador dijo lo contrario. Insistió que la huelga había sido salvaje y que tanto las empresas como el municipio debían proceder conforme la ley.
No es la primera vez que sus palabras son opuestas a las de otros dirigentes de su propia fuerza, aún los más cercanos. En marzo del año pasado su esposa, Alejandra Vigo, sufrió en carne propia este talante tras afirmar que había una “tremenda corrupción” en la gestión de Ramón Mestre. Antes que el tema escalara Schiaretti decidió cortar por lo sano. Sostuvo que ni “el gobernador ni los funcionarios provinciales deben opinar sobre la gestión municipal” y que los únicos que podían hacerlo eran “los vecinos y los concejales”. El hecho que lo hubiera sostenido en un acto público y ante la propia Vigo constituye una verdadera editorial sobre la naturaleza de su pensamiento. La realidad parece autorizar sus desautorizaciones.
Lo notable del caso es que se trata del mismo gobernador que, también sin medias tintas, se opone abiertamente a que Ramón Mestre realice a cabo una consulta popular sobre los grandes temas gremiales que condicionan al municipio. Considera que llevarla a cabo en oportunidad de las PASO significa un desembozado acto de proselitismo del intendente dentro del cuarto oscuro, por lo que no está dispuesto a aceptarlo con mansedumbre. Puede que sea cierto que entre lo institucional y lo político haya límites difusos, pero Schiaretti se ha propuesto ser un cancerbero insobornable de esta frontera tan elusiva.
Es un hecho que, así como el gobernador no duda en apoyar las decisiones del intendente en asuntos que conciernen a su autoridad institucional, tampoco le tiembla el pulso para censurarlo en cuestiones políticas. Para su lógica personal no hay contradicción alguna en este comportamiento. Él, como buen peronista clásico, es un hombre de poder. Siempre lo fue. Pero ahora se nota mucho más que antes, especialmente por la situación de anomia que vive el justicialismo tras los diez años de ninguneo de los Kirchner desde la Casa Rosada. Es por eso que sus movimientos dentro de la política local repercuten extramuros cada vez con más fuerza.
Jorge Yoma expuso claramente esta certeza la noche del pasado lunes en el programa Odisea Argentina, conducido por Carlos Pagni en el canal de La Nación. El exembajador en México señaló que las elecciones en la provincia de Buenos Aires estás sobrevaloradas y que, haga lo que haga Cristina Fernández, la expresidente no será “el eje central del peronismo después de la elección”, agregando que este rol será ocupado por hombres como Schiaretti, “uno (de los gobernadores) que tiene más prestigio, una referencia política insoslayable”.
Debe recordarse que Yoma es una palabra autorizada dentro de los asuntos internos de la fuerza. Sobrevivió la década menemista y sobrevivió a Néstor y Cristina. Es una suerte de Julio Bárbaro de la praxis partidaria. Por tal razón, sus palabras no pueden ser calificadas como puro voluntarismo o una mera expresión de deseos.
Otros piensan igual que él. Observan que Schiaretti se comporta como el líder de hecho de una liga de gobernadores peronistas y que, en tal condición, es convocado por el presidente de la Nación toda vez que se presenta una oportunidad. Muchos colegas piden su consejo o lo llaman con cierta frecuencia para hablar de asuntos partidarios. No son pocos los que creen que, si el peronismo se debe una profunda reconstrucción, el cordobés debería ser uno de los primeros arquitectos en ser convocados.
La centralidad que ha adquirido el gobernador lo posiciona fuertemente en la consideración del público especializado, tanto fuera como dentro de la provincia. Pero es en Córdoba donde su impronta comienza a ser decisiva. Tras el retiro de José Manuel De la Sota de las próximas elecciones, Schiaretti ha quedado como el único líder partidario y, aunque no se diga abiertamente por ser prematuro, su reelección es un tema que nadie discute. En las filas opositoras las cosas tampoco van mal. El radicalismo no tiene demasiados agravios en su contra (probablemente, y aunque intente disimularlo, sea todo lo contrario) mientras que el PRO, adocenado por la consideración que Mauricio Macri le dispensa toda vez que puede, es incapaz de visualizarlo como el adversario a derrotar.
Quién lo diría. Si hay un post delasotismo, todo indica que será el de Schiaretti. No parece precisamente una renovación pero, después de todo, no está escrito en piedra que todo lo mejor deba ser forzosamente nuevo. Si las cosas funcionan, ¿para qué cambiarlas? Esta es la pregunta que el peronismo mediterráneo parece estar haciéndose por estos tiempos, aunque ya todos conozcan la respuesta.