UTA intentó salir impune del paro

Por Yanina Passero
ypassero@diarioalfil.com.ar

El delegado de Autobuses Córdoba, Marcelo Marín, pecó por sincero. “Estamos cansados”, había dicho apenas terminó el acto organizado en la tarde de ayer, frente a la sede de UTA Córdoba. Nadie duda de la tenacidad del representante de UTA que jaqueó el sistema de transporte de la ciudad por ocho días consecutivos. Aunque, su confesión apareció como anticipo del repliegue y aumentó las dudas sobre su real poder en el control de la huelga. Un indicio: fue el titular del Surrbac, Mauricio Saillén, quien confirmó el final del paro.

Los referentes de los choferes asumieron la derrota. En la sede del Ministerio de Trabajo, mantuvieron una conversación con un funcionario del ministro Omar Sereno donde se comprometieron a retomar el servicio, este martes. Las contradicciones reclamaron su imperio y se abrió un manto de dudas sobre la prestación del servicio público para la jornada.

Delegados afirmaron a sus representados que se dejarían sin efecto los despidos y no habría quitas salariales por los días no trabajados. Completaron el anuncio con la disposición de trasladar de manera gratuita a los vecinos.

Calificadas fuentes de la cartera laboral, municipio e interventores de UTA tenían una versión bastante diferente. Aseguraban que se trató de una rendición incondicional para retomar el diálogo. Las diferencias no son menores. El municipio y las empresas privadas ratificaron los despidos y el paró resucitó.

Al cierre de esta edición, Gustavo Mira, vicepresidente de Fetap, contradijo a los delegados. Afirmó que no habrá reincorporaciones y negó la gratuidad del servicio. Igual postura manifestó el secretario de Gobierno de la Municipalidad, Javier Bee Sellares. “Desconocemos el acta. No tiene vigencia porque es del día jueves y las condiciones cambiaron”, confirmó el funcionario mestrista.

Anoche, Marín se hizo cargo de su picardía. No tuvo más remedio que asumir la responsabilidad por los afiliados de UTA que quedaron en la calle. La improvisación fue el sello de los caciques del paro y los golpes de suerte ya no los acompañaron. Como corolario, a juzgar por los contrapuntos recientes, tampoco fueron eficientes a la hora de buscar una salida al escollo del que fueron artífices.

La única certeza es que los delegados quedaron sin opción más que pedir a gritos el fin del conflicto. No parecían asomar recursos novedosos para mantener el “ánimo combativo” entre los activistas.

Lógico: un paro, y por tiempo indeterminado, podría haber sido exitoso si se lograba retener el apoyo general de los afiliados; también, el de los padrinos sindicales que supieron aprovechar la torpeza de los cuerpos de delegados de UTA Córdoba para copar el escena y exponer sus proyectos políticos. El titular de la CGT Rodríguez Peña fue un actor fundamental para contener parcialmente las fugas que sacudían desde el pasado fin de semana a los díscolos de la seccional.

Es natural que ante la amenaza de descuentos salariales escalofriantes para cualquier asalariado; y con la ratificación de los despidos, los trabajadores abandonarían el cómodo sillón de su casa para subirse a los coches. Las fisuras ya se sentían. Inversamente a lo esperado, la extenuación no sacudió a la gestión radical.

Ocurrieron varias situaciones que anticipaban que el agotamiento de la embestida llegaría en cuestión de horas.

Los choferes de Ersa que se presentaron voluntariamente a cubrir los recorridos gratuitos que ofreció la Municipalidad como parte de su plan de emergencia, generarían un efecto contagio inmediato entre pares. La seguridad de los conductores estuvo garantizada ayer con gendarmes en el interior de cada coche y la escolta de efectivos motorizados de la Policía de Córdoba.

Olfateando el repliegue, desde el municipio habían anticipado que hoy estarían en condiciones de aumentar la flota inicial, que llegó a disponer 160 autobuses. Quedó claro que la estrategia del municipio de ofrecer transporte gratuito fue un paliativo para los castigados vecinos. El objetivo general no sólo explicitó la intención de mostrar capacidad de respuesta política a un conflicto que tomó dimensiones dantescas. En concreto, se trató de un plan para comenzar a licuar las tácticas dolosas de los delegados para conseguir un aumento salarial por la vía de la ilegalidad.

Con la triada municipio-Provincia-Nación articulando un frente para evitar episodios de semejante calibre en el futuro, los choferes que aún consideran que su reclamo es justo no tuvieron más remedio que refugiarse, con exclusividad, en el líder de los basureros. Lo cierto es que el amparo prometido estuvo bastante alejado de las expectativas iniciales, sumando un factor más a la decisión de los conductores de abandonar la acción directa.

Saillén, guionista del paro en el transporte, recibió un duro revés de mano de líderes cegetistas. José Pihen (CGT Regional Córdoba), Gabriel Suárez (Luz y Fuerza) y Rubén Daniele (Suoem), tres pesos pesados del movimiento obrero cordobés enviaron sus excusas. La movilización épica con la que los choferes se habían ilusionado, fue masiva pero la lectura les jugó en contra: los caudillos peronistas del gremialismo cordobés quitaron el cuerpo de la escena.

Los delegados de UTA tenían a Saillén, claro. Pero el paro que estaba por ingresar en su noveno día consecutivo, en cierta forma, quedó atado a la continuidad del interés del mandamás del Surrbac.

A esa incertidumbre que aportaban los aliados externos, se agudizarían dos frentes que los delegados de UTA tendrían que atender en soledad: el primero, la pérdida de la cobertura gremial que anticipó con el secretario del Interior del sindicato, Jorge Kiener; y el segundo, el aumento de las desvinculaciones de los empleados del transporte.

Ante la embestida, y la alianza política y social expuesta, los delegados quedaron encerrados. Se bajaron del tren acusando el golpe. Mestre redobló la apuesta. Los delegados de UTA no escaparán del paro salvaje sin su escarmiento.