Jardín Florido sería hoy un delincuente

No hay ninguna razón para molestarse porque se pretenda estigmatizar a aquel simpático personaje. Es absolutamente cierto que hoy Jardín Florido sería un delincuente, o en el mejor de los casos un contraventor.

Por Daniel Gentile

Tienen plena razón las concejalas cordobesas que se opusieron al homenaje a Jardín Florido. Son coherentes, son consecuentes con la filosofía que las inspira. Si hace tiempo venimos legislando en sintonía con el nuevo feminismo, no hay ninguna razón para molestarse porque se pretenda estigmatizar a aquel simpático personaje. Es absolutamente cierto que hoy Jardín Florido sería un delincuente, o en el mejor de los casos un contraventor.
El feminismo ha declarado que su objetivo es alcanzar la plena igualdad entre géneros, y para llegar a esa meta hay que remover milenarios obstáculos culturales. Se trata de demoler un viejísimo edificio y construir otro. Nos ha enseñado esta ideología que para llegar a una verdadera igualdad entre sexos, hay que arrasar con todo vestigio de machismo. Nada debe quedar en pie de nuestras antiguas costumbres, que suponga la “cosificación” de la mujer. Nada que implique que la mirada o la palabra masculina vaya dirigida a un objeto de deseo. En ese orden de ideas, es inevitable desterrar lo que antes se llamaba “piropo”, y que hoy se denomina “acoso”. Es un error embarcarse en la diferenciación entre galantería y grosería. O entre piropo y acoso. Son actos equivalentes, pues ninguna mujer, para la nueva filosofía, está obligada a recibir una opinión sobre sus atributos físicos, aunque el varón que la prodigue sea un poeta.
Hace muy poco se sancionó en la ciudad de Buenos Aires la ley 5742, que tipifica a estos hechos como contravenciones, y prevé sanciones para quienes incurran en esa conducta.
Recientemente se realizó el primer juicio bajo esa nueva normativa. El acusado se declaró culpable, y finalmente fue condenado a asistir a un curso de reeducación. Esos cursos están a cargo de un equipo multidisciplinario, que incluye psicólogos, sociólogos y psicopedagogos. El juez controla que el condenado asista al curso, y en caso de no cumplir se reabre la causa. Como bien lo señaló Natalia Gherardi, del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, el objetivo es la transformación del individuo, la modificación de la cultura. Uno de los medios gráficos más importantes de Buenos Aires y del país ilustró la noticia de este juicio con una nota de opinión firmada por una escritora, que sostuvo que “parecía que este tipo de hombre acabaría por extinguirse como se extinguió el mamut.
Pero entonces, como por contagio de otros países latinoamericanos, llegó el femicidio, y por lo que cuenta la estadística llegó para quedarse.”
Nos está diciendo la editorialista que nos encontramos ante una cadena. El primer eslabón es el piropo y el último e irreversible el femicidio. Leyes como ésta se proponen romper la cadena y escindir esos eslabones, evitando de ese modo la tragedia.
Visto el problema desde esa perspectiva, es perfectamente lógica la estigmatización de nuestro histórico piropeador. Es también perfectamente lógico que se haga caer sobre él un oprobio retroactivo, porque es el símbolo de una costumbre sobre la que se ha decretado caducidad, pues sus consecuencias pueden ser dramáticas.
Es también erróneo pretender defender a Jardín Florido afirmando que “eran otros tiempos”. ¿Qué se quiere decir? ¿Qué lo que hoy está mal hace cincuenta u ochenta años estaba bien? Lo que ocurre, en verdad, es que en aquellos tiempos pasados las mujeres, oprimidas por lo que ahora se denomina el “patriarcado”, no tenían plena conciencia de sus derechos. No ha cambiado la calidad ética del piropo, lo que ha cambiado es la actitud de sus receptoras, que ahora saben que esas palabras masculinas son siempre invasivas.
Jardín Florido fue un personaje querido y querible. Pero, a la luz de la ideología imperante, sería contradictorio y hasta peligroso exaltarlo como símbolo.