El arte de figurar en los diarios

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

La clase distinguida en el café, siglo XIX.

Alguna vez se abordó aquí una tendencia generalizada de los diarios, que consumían espacios cotidianos en reflejar la vida social de las clases distinguidas. Era un poco el inicio todavía no organizado de las noticias sociales que en el siglo XX se constituirían en el espejo de esa clase, de sus actividades culturales, sus paseos, sus celebraciones, sus viajes, sus salidas, sus recibos, etc. Así, a determinada altura del fin de siglo XIX, los diarios comienzan a dar cuenta de los enfermos de la clase “respetable”, de los viajeros, de los asistentes a una velada de teatro, de los invitados a un casamiento, de los regalos que se hacían, de las defunciones y del público que concurría a la ceremonia fúnebre, entre otras noticias de sociedad.
Eran hechos sin relieve de noticia en realidad, a no ser por los protagonistas –que eran también los lectores de diarios- y de hecho los cronistas periodísticos asumían el rol de mediadores de esa sociedad que gustaba verse citada, invocada, nombrada, porque de eso trataba el juego de la figuración social. Mediante ese tipo de información, los diarios delimitaban los círculos de la élite y cumplían un acuerdo no escrito sobre lo relevante y lo menos relevante en materia de actividades y de renombres en la vida de las urbes.
En Córdoba, señalamos en notas anteriores cómo los diarios se ocupaban de mantener activa la información sobre una multitud de pequeños hechos llevados a la atención general mediante su publicación. De alguna forma, los periódicos funcionaban como una vidriera de esa clase, logrando que su actividad al margen de la lid política, del plano profesional o del institucional, tuviese realce y apareciese con su faz privada vuelta hacia afuera, hacia la consideración pública.
Así, los periódicos se constituían en una suerte de panópticos donde lo pequeño se amplificaba y se convertía en aquello sobre lo que se comentaban unos a otros, en el tedio de una vida menos relevante fuera de las páginas periodísticas.
Si parecía una noticia digna de figurar en un diario el fallecimiento de tal o cual ilustre o menos ilustre ciudadano o dama de la comunidad, ya parecía más relativo que los diarios volviesen importante el concurrir a las misas y las exequias, y se tomaran el trabajo de señalar quiénes habían sido vistos en dichas ceremonias. Igualmente, era una información de interés anunciar tal o cual función de teatro, o la venida de tal compañía lírica o dramática a la ciudad; resultaba menos “noticiable” ocuparse de dar el listado de los señores y señoras, jóvenes y señoritas que asistían a las funciones. Y si un casamiento merecía estar en letra de molde, en principio lo merecía menos publicar qué regalos se hicieron y quiénes regalaron qué. Sin embargo, los periódicos no se privaban de dar dicha información.
Así, el relato de los diarios aumentaba en irrelevancia noticiosa, mientras contribuía a realzar la vanidad de las personas importantes. Eran importantes, por eso salían en la prensa. Y, a la vez, eran importantes porque salían en la prensa. Se reforzaba así la distinción y el brillo de una clase en situación dominante.
Algo de esta problemática, tanto en el sentido de la superficialidad noticiosa como en el hecho de conferir mayor distinción a la clase interesante, sale a debate en una advertencia que El Progreso de Córdoba decide repetir de un periódico de Buenos Aires, citando un texto cuyo autor se prefiere omitir, y al reproducirlo el periódico cordobés, se hace eco de una opinión que en cierto modo comparte.
El texto es crítico con esta fase en que la prensa va construyendo su público, al abordar una temática que entonces se encontraba en ciernes y que en adelante ascendería a secciones con derecho propio en los periódicos. Pone el origen de cierta degradación periodística en los propios cronistas, y señala como una “falta de galantería” el tratamiento de la vida privada. Se publicaba en marzo de 1884 y decía así:

“Palos a los cronistas
Sin decir jota, porque no dejamos de comprender que tiene razón el autor, transcribimos la opinión de cierto publicista argentino sobre el proceder observado por algunos cronistas.
Pone en boca de un supuesto tío estas reflexiones:
«Protesta de que los diarios ahora levanten el inventario de lo que reciben las novias, porque dice que eso ataca el pudor y la dignidad de una joven, enumerando el valor de los regalos, y hasta las docenas de ropa blanca con que la cándida virgen cambiará luego su corona de azahar por la casta maternidad.
Mi pobre tío piensa que esa monomanía de la letra de molde es peligrosa, puesto que es intemperante.
Ahora, dice, se publica la lista de los que van a los entierros y funerales, a las visitas, a las tertulias, a los conciertos, a los paseos; solo falta que se dé la nomina de los criados y el apunte de la ropa sucia!
Todo es público, para el periodista no hay secretos, y la cosa va tomando tales creces, agrega, que ya no se designan a las niñas sino por su nombre de bautismo: Fulanita, Zutanita, aunque jamás las hayan tratado; poco falta para tutearlas! Eso no es lo que en mi tiempo se acostumbraba, me decía, y que era la época de la guerra en la prensa.
Ahora un cronista, como lo llaman, decía, cree que puede examinar a una dama para justipreciar el valor de las joyas, la tela del vestido, el costo de sus encajes, y si no se ocupa de las medias y del zapato, es por pereza! Mañana publicarán el activo y pasivo de la fortuna del marido.
Pero por ese medio, ¿a dónde se va? Mi buen tío no comprende que esto sea progreso.
Dice que se han roto las barreras de la buena crianza, la vieja y noble galantería de otros tiempos, la respetuosa cortesanía con que siempre fueron tratadas las damas por la gente de pro, por la que se decía “gente decente”.
Mi tío, aunque no sea hombre de letras, cree y protesta que este es un desbordamiento de una marea que sube agitada por vientos pestilentes.
Desgraciadamente, si esas observaciones son exactas, hay que confesar que el mal es general y que en todas partes del mundo está sucediendo la misma cosa.»“