“Lopatológico” siete años después

Una obra que no deja de atraer al público desde su estreno y que mantiene la frescura y la sonrisa en la misma medida en que las relaciones amorosas mantengan la posibilidad de sus facetas psicopáticas.

Por Gabriel Abalos
[email protected]

José Luis de la Fuente, Elena Cerrada y Gastón Mori saludan en la función del último sábado. (Foto: Jackie Bini)

El elenco de CIrulaxia Contraataca tiene varios hits en sus 28 años de carrera, entre ellos se cuenta la obra Lopatológico, estrenada en 2010, que ha sobrevivido cinco temporadas a sala llena y hoy, de regreso durante los sábados de mayo y de junio, vuelve a atraer al público al escenario de Pasaje Agustín Pérez N° 12 del ex Abasto.
Es el caso de una obra que nació prácticamente clásica, o se fue convirtiendo en eso a lo largo de los años y la fidelidad del público. El teatro independiente cordobés, de un off-stream peculiar, ya que no existe en Córdoba una corriente principal teatral, representada digamos por el teatro comercial ni por los teatros del estado, suele tener revelaciones de este tipo. Es un teatro de enorme significación, porque convergen en él muy diversas corrientes dramatúrgicas y escénicas, y sobre todo porque es hijo del deseo dramático casi puro, del esfuerzo y la subsistencia que se han desarrollado a pulmón, y que en ocasiones gozan de esa empatía con el público.
Lopatológico es una obra compendio, cuya dramaturgia da un buen ejemplo de la fluidez que ofrece el poder escénico para contar una historia enlazando permanentemente sus cuadros por medio de algún gancho en la continuidad: una palabra, una muletilla, una imagen, un personaje, una coincidencia, un error, una canción, una actitud. Todo alimenta la irrefrenable marcha de la historia, no importa si se trata de un elemento absurdo, una secuencia lógica, una rima o una cita. La historia presenta en cierto modo una estructura circular. Y si el relato se nutre tanto del absurdo, no es sino porque la realidad de las relaciones y los vínculos humanos posee una enorme dosis de absurdo. Las relaciones suelen exhibir esas obsesiones patológicas, comportamientos obsesivos, psicopáticos, enfermos, que llevan en su propio seno todos los elementos del fracaso y el sufrimiento.
La puesta es una invitación tendida a los integrantes del público que han sufrido por amor, categoría prácticamente universal, no importa las sub-clases que luego se puedan establecer en el conjunto. No hay quien pueda recusar la invitación alegando no estar en condiciones de entender durante los más de sesenta minutos que dura la función, la realidad de esos rejuntes torcidos que suele generar la convivencia amorosa (o desamorada), y que dan pie a situaciones ridículas e incluso cómicas en Lopatológico. Es propicio reír de esos nudos, aunque también lo es la risa amarga a que abre esta producción dramática que hace un juego absurdo de una serie de cuadros terriblemente culpógenos, manipuladores, capaces de gestar la complicidad de la víctima y el victimario, hasta el punto de crear una sólida construcción en la que ambos son ambas cosas, a medida que transcurre el tiempo.
Lopatológico es un artefacto escénico muy bien construido, capaz de presentar en espejo la realidad aun desde la distancia a que se sitúa de todo realismo. Hay dos personajes, actor y actriz, que suman un pato embalsamado a sus juegos de dominación y de celos: un objeto de la memoria, de la ternura, de la competencia, de la venganza. Un pato-lógico por el que la pareja se encuentra a la vez unida y separada. Una especie de tercero en discordia en el que se depositan los propios traumas. El pato se llama Julio. Julio Iglesias. Su solo nombre evoca a un cantante romántico que de alguna forma retorcida late en él, animado por lo que Lola y Lorenzo deciden poner de sí mismos en ese fetiche de origen animal y que a la vez posee calidad de cosa.
Un cuarto elemento actoral aparece solo en el plano sonoro, en off. La voz policial o judicial que ejerce la potestad de exigir el relato de los hechos. La voz patriarcal que se propone adaptar el relato al formato de una confesión, no importa cuánto haya en ésta de traído de los pelos, de pegado con chinches, de difuso o incluso de ridiculo. La culpa antecede al relato. La voz ya sabe la sentencia. Sólo necesita los detalles ordenados en una secuencia lógica para dictar la condena.
Lola no soporta la soledad y Lorenzo no puede soportar nada que no sea pulcro, seguro, impoluto, limpio, puro. La lavandina es su fetiche, antes de serlo el pato Julio Iglesias. Para él Lola es sucia, y para ella, la memoria de un novio que tuvo se asocia a una felicidad próxima a lo imperfecto, a lo desaseado y libre. Lorenzo irá imponiendo progresivamente un encierro a la pareja, para evitar a la vez los contagios, la impureza, el contacto, incluso el riesgo de que Lola se enamore de otro hombre.
Una vez que se ha visto en funcionamiento al artefacto, el título de la obra se revela como una síntesis del tipo de secuencia de la que se alimenta el trabajo escénico. En el título está la misma sílaba de los nombres de sus dos protagonistas. Está el fetiche embalsamado. Está la estructura enferma que conduce a un hecho violento que el interrogatorio intenta esclarecer. Y la lógica forzada que impone el interrogador.
No hay sin embargo crimen, no hay otro crimen que el que se infligen uno a otro los miembros de la pareja, interpretados magníficamente por dos históricos de Cirulaxia, una dupla clásica del elenco: Elena Cerrada y Gastón Mori. Sostiene el diálogo con la escena la voz de José Luis de la Fuente. La puesta es ejemplar en el aprovechamiento del espacio y de los dispositivos escenográficos.
La última función de mayo fue a sala llena, y seguirá en junio mostrándose esta creación maestra de Cirulaxia a la que no quiere renunciar el público cordobés. Una magnífica señal de teatralidad local.