Gauchos deformados en espejo europeo

Con ayuda de la mirada eurocéntrica argentina, los textos del primer mundo tendieron insistentemente a rebajar a las culturas populares rurales criollas y mestizas.

Por Víctor Ramés
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Carlos Morel: “Caballería gaucha”, cuadro del siglo XIX.

La caracterización de los estratos populares argentinos sufrió desde muy temprano las palabras despectivas regadas por las crónicas extranjeras, durante la colonia y aun durante el período criollo pos-revolucionario del siglo XIX. Eran el fruto de la ignorancia y el eurocentrismo, que también se oían sonar en los juicios locales. La continuidad del discurso de sacerdotes conquistadores, de cronistas europeos y de gobernantes argentinos conservadores, desautorizó las culturas de los pueblos aborígenes, así como la de ese otro pueblo rural etiquetado como el “gauchaje”. Sus estilos de vidas contrastaban con la vida urbana de conquistadores y colonizadores.
Percíbase como, en la segunda mitad del siglo XVIII, caracterizaba a los “gauderios”, los primitivos gauchos del Tucumán, Alonso Carrió de Lavandera tras el seudónimo de Concolorcorvo en su Lazarillo de Ciegos Caminantes de 1773:
“Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre sus amores”
Es fácil de ver en el fragmento la descripción de rasgos deficitarios de los habitantes populares de la colonia tardía. Concolorcorvo, que juzga desde una cultura más refinada, señala sus fallas, sus carencias, sus fealdades.
Fue necesaria una operación iniciada por el Romanticismo, para rescatar la cultura de los gauchos, y todavía después, un discurso más inclusivo para difundir un sentimiento de respeto a los “indios” de este territorio y percibirlos como víctimas de un grandioso genocidio/etnocidio. Ese proceso se aceleró ante la venida del alud inmigratorio, que obligó a reivindicar –en términos más bien simbólicos que de justicia social- los rasgos de argentinidad, el nacionalismo; cavando en las culturas más locales y tradicionales, se levantaron medallones románticos de la vida gaucha. Ahora resultaban útiles como vallas contra las culturas “invasoras” cuyas tradiciones propias representaban en el imaginario argentino una amenaza a las tradiciones locales hasta ayer rechazadas y negadas.
Pero ¿quiénes eran aquellos habitantes populares? El territorio incluía parte del norte argentino, sur y sudoeste de Bolivia, Uruguay, Paraguay y Río Grande del Sur en Brasil. Allí residían poblaciones no muy numerosas formadas por europeos marginados de las ciudades, de las que habían desertado para sentirse libres en la vasta extensión rural adonde no llegaba el poder español del tercer siglo. Huyeron de la justicia, de las cárceles, de los ejércitos, de la pobreza, del aburrimiento. Y lejos y fuera de la ley, mixturándose con las etnias de los habitantes originarios aún no sometidos, fueron constituyendo arcaicos estilos de vida, propios del sistema colonial primitivo y con resabios de las culturas originarias. Una sociedad híbrida, folk, formada por una clase rural criolla, mestiza o mulata. Su sentimiento de identidad reivindicó una fiera libertad individual en contacto con la naturaleza, sin lazos ni compromisos. Aun a costa de la pobreza y de la soledad.
Véase por último cómo caracterizaba a gauchos y a indios argentinos un periódico europeo transcripto en Córdoba por El Imparcial en 1858, sin indicar de qué país ni de qué diario se trataba. La lectura no difería de la que propondría un diario local, tal vez sin tantos errores por ignorancia del país.

“Los indios y los gauchos
Con este título leemos en un periódico europeo lo siguiente:
“Entre Buenos Aires y San Luis de Mendoza se estienden, comprendiendo una distancia de mas de quinientas leguas en todas direcciones, inmensas llanuras conocidas con el nombre de llanos, pampas o praderas.
Soledades sublimes en que el dedo de Dios está grabado a cada paso, misteriosos Eldorados donde se ocultan riquezas incalculables, y cuyas ignoradas profundidades sirven de guarida a innumerables manadas de toros y de caballos salvajes que la recorren en todos sentidos, y que muchas veces hacen saltar chispas con sus endurecidos cascos de los guijarros del desierto, cuando en animados torbellinos huyen de los jaguares y panteras sus implacables enemigos.
Dos razas de hombres se disputan con encarnizamiento la soberanía de las praderas: los indios y los gauchos.
Los indios, que los hispano-americanos llaman indios bravos, forman parte de aquella fuerte nación americana que los españoles no consiguieron domar completamente, o pertenecen a las tribus errantes del Gran Chaco, desiertos casi desconocidos, situados en la frontera boliviana.
Los gauchos son cazadores cuyas costumbres no han podido sujetarse nunca al análisis.
Últimos descendientes de aquellos atrevidos conquistadores y aventureros que, siguiendo a Hernán Cortés, Pizarro, Almagro y Valdivia, fundaron la soberanía española en América; hijos perdidos de la civilización que han renegado para hacerse salvajes, los gauchos conservan aun, sin embargo, en el fondo de su corazón, como por intuición, un recuerdo vago de su caballeresco orijen.
En lucha continua con los indios, a los que igualan en astucia y valor, han tomado hasta cierto punto el color y el aspecto selvático de sus adversarios.
Los gauchos, montados en caballos rápidos como el rayo, armados del temible lazo, pasan su vida cazando toros salvajes, panteras y jaguares, cuyos despojos van luego a vender a Buenos Aires, Montevideo y Mendoza.
Y entonces durante algunas semanas, esos hombres de alma volcánica y fogosas pasiones, para quien el oro no es mas que un medio de procurarse placeres y goces que les faltan en las pampas, pasan una vida que es una orgía terrible, en la que el aguardiente, el amor, el juego y las puñaladas ocupan el principal, o mas bien el único lugar.
Gastada la última peseta se lanzan sobre sus caballos y desaparecen por espacio de varios meses para volver a su vida vagabunda.”