Ringo, un inocente genial; murió hace 41 años

Ringo Bonavena fue uno de los mayores ídolos del deporte argentino y, junto con Luis Ángel Firpo, uno de los dos mejores exponentes de la categoría máxima de nuestro boxeo.

Por Daniel Gentile

Aunque Oscar Natalio Bonavena nunca se hubiera calzado los guantes, lo recordaríamos siempre como a uno de los protagonistas más fascinantes del siglo veinte argentino.
No sólo por las cosas que hizo, sino por las que dijo, que han quedado incorporadas a la antología de la sabiduría popular.
Ringo Bonavena fue uno de los mayores ídolos del deporte argentino y, junto con Luis Ángel Firpo, uno de los dos mejores exponentes de la categoría máxima de nuestro boxeo. Uno de los pocos privilegiados que, sin haber portado una corona mundial, tienen asegurado un lugar en la historia.
Detrás de aquella sonrisa pícara y canchera de porteño sobrador, había un ingenuo. De la estirpe de Isidoro Cañones y Juan Mondiola. Esa ingenuidad finalmente fue fatal. En un mundo de códigos mafiosos donde la pena capital se aplica de manera implacable, había sido condenado y no lo sabía. Casi como un compadrito tardío sacado de un cuento de Borges, fue a buscar con conmovedora inocencia su propia ejecución. Desde entonces lo extrañamos.
Antes, nos había ilusionado haciéndole hincar las rodillas en la lona al inmenso Cassius Marcellus Clay. Misterios de la memoria y de la pasión: Yo me recuerdo en aquel momento frente al televisor, sintiendo que Alí está al borde del nocaut. Hoy, viendo serenamente el registro fílmico del combate, me doy cuenta de que el campeón apenas tomó nota de aquel golpe. La valerosa derrota final en el último round, no ha impedido que Ringo redondeara la hazaña de estar entre los mejores del mundo en un tiempo de monstruos: Clay, Frazier, Foreman, Jimmy Ellis.
Amigo de sus amigos, apasionado y sentimental. Como todo buen varón argentino, fue un edípico empedernido. Evocar a Ringo es también pensar en Doña Minga, su querida madre, que durante años amasó todos los domingos los ravioles más famosos del país. Amó incondicionalmente a su querido Huracán del Parque de los Patricios, donde comenzó a boxear de la mano de los hermanos Juan y Bautista Rago. Su amistad con Daniel Willington y su pasión por su club, permitieron que el cordobés tuviera un fugaz paso por el equipo del “globito”.
Logró el milagro de que su constante presencia en el mundo de la farándula no lo contaminara de idiotez. Aunque tal vez ni él mismo lo supiera, estaba muy por encima de la media intelectual de ese ambiente tan mediocre. Ringo fue un personaje popular, pero nunca vulgar.
Fue un hombre de una extraordinaria inteligencia natural y una velocidad mental asombrosa. Ha dejado frases memorables. “Cuando suena la campana hasta el banquito te sacan.” Define profundamente la soledad del boxeador en el ring y la soledad del hombre en la vida. “La experiencia es un peine que te regala la vida cuando te quedás pelado.” Probablemente nunca leyó a Wilde, pero es lo mismo que dijo el irlandés con otras palabras: “Experiencia es el nombre que les damos a nuestros errores.” Poco antes de la pelea con Clay, un periodista, para provocarlo, le dijo: “Bonavena, Clay dice que todos los días habla con Dios.” Y Ringo, al toque, le contestó: “No, hasta ahora no me llamó.”
Finalmente, una anécdota poco conocida. En un programa de televisión, alguien le preguntó: “Bonavena, ¿no cree Ud. que el boxeo es un deporte brutal?”. Y entonces Ringo respondió: “La vida es brutal. La piña que me metió la vida cuando se murió mi viejo, nadie me la pegó sobre un ring.”
Cada vez que pienso en Ringo, no lo imagino compartiendo la eternidad con Firpo o con Monzón, sino con Discepolo.