El mito del peronismo “verdadero”

Aquí, el peronismo que fracasa es el que se aparta de los sabios preceptos de Perón y Evita. Y por eso es que fracasan, nos dicen.

Por Gonzalo Neidal
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peronismoUna de las fracciones menos numerosa del peronismo, quizá por razones etarias, es la que cree habitar una suerte de cúspide del saber histórico y se siente con aptitud de otorgar certificados de autenticidad a los distintos grupos, corrientes y tendencias que habitan el peronismo real.
Son los peronistas “de Perón y Evita”. No son K y sostienen algunas críticas al gobierno de Menem. Pero aman los años dorados de los primeros gobiernos de Perón. Son peronistas “cuarentistas” que sueñan con el peronismo que asomaba vigoroso y triunfante en tiempos de la posguerra.
Aunque resulte increíble, se les hace difícil hilvanar un discurso sin mechar, cada dos o tres líneas, citas de Perón que incluyen con el tono solemne con el que se apela a verdades inmutables e irrefutables como una suerte de “deus ex machina” que desata todos los nudos de la política y la economía y que explica todas las situaciones a resolver.
Consideran al kirchnerismo un fenómeno ajeno al peronismo. Lo señalan como una usurpación algo extensa: usurpó el partido, las estructuras, concitó el apoyo de los sindicatos, de los intelectuales y, sobre todo, consiguió los votos de la clientela política habitual del peronismo. Pero, nos dicen, “¡Atención, eso no es peronismo!”. En esto copian a los socialistas que explican el derrumbe y el fracaso del socialismo en razón de que el implementado por los soviéticos era un sistema distante del socialismo que pregonaba Marx. Aquí, el peronismo que fracasa es el que se aparta de los sabios preceptos de Perón y Evita. Y por eso es que fracasan, nos dicen.
Claro que no aceptan el nombre de “populismo” para el peronismo. De ninguna manera. Y pretenden que el peronismo es algo completamente distinto del populismo. Aceptan que, en todo caso, el peronismo es “popular”. El peronismo es, para ellos, una cuestión casi de fe. Las tablas fueron dictadas hace setenta años, son las “Veinte verdades peronistas”, y encuentran allí fórmulas genéricas aplicables a todo tiempo y circunstancia.
Está claro que no tienen enfrente una tarea fácil. Cada vez más surgen voces inteligentes, libros, intelectuales, textos diversos que no sólo cuestionan a los peronismos en sus variantes recientes sino que se atreven (¡qué horror!) a meterse con el propio Perón y con la mismísima Eva Duarte. Ya comienzan a decir que todo el peronismo tiene su origen en aquel peronismo. Que las claves del populismo kirchnerista ya estaban a la vista en el peronismo fundacional, en el de Perón y Evita.
Los vicios del relato ya estaban allí. También el autoritarismo, el concepto de líder irrefutable, el desdibujamiento de la república y también el despilfarro económico.
Perón heredó una situación económica formidable. Y hacia comienzos de 1949 ya tenía problemas. Pero no cejó y continuó porque necesitaba modificar la constitución para ser reelecto. Por eso luego tuvo que ajustar y lo hizo en el Segundo Plan Quinquenal, implementado por Alfredo Gómez Morales, a quien el propio Cafiero en sus memorias califica jocosamente como “neoliberal”.
El peronismo “clásico”, el “verdadero”, lejos de ser un caso único en la historia e incomparable con cualquier otro movimiento de cualquier parte del mundo, tal como se pretende, fue un populismo de molde clásico, con las singularidades que le añade la fuerte personalidad de Perón.
Todos los peronismos actuales son una derivación más o menos directa de aquel peronismo. Allá ya estaban presente los elementos que luego cobraron formas que nos transportan a la actualidad, incluso el desprecio por las formas democráticas a las que se desjerarquiza en nombre de una suerte de corporativismo que denominan “comunidad organizada”.
Si el peronismo se transforma en una mera fe política, que habita limbos celestiales, entonces sí habría que firmar su certificado de defunción en forma definitiva.