La procesión va por dentro

A comienzos de este siglo, el grupo estadounidense Evanescence pintó con un barniz gótico al heavy metal y se convirtió en el favorito de la tribu urbana de los emos, muchos de los cuales siguen siendo fieles a esta banda que acaba de pasar por la Argentina y que se apresta a editar un nuevo álbum.

Por J.C. Maraddón
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Era algo lógico. El final del siglo veinte desató oleadas de sentimientos dispares: por una parte, alentó grandes esperanzas de que el nuevo milenio trajera buenas noticias; en sentido inverso, el espíritu finisecular generó una sensación de melancolía y desgano, sobre todo en la franja juvenil a la que le había tocado representar el futuro en un mundo que empezaba a sentir nostalgia por el pasado. Apenas iniciados los 2000, el atentado contra las Torres Gemelas cambió por completo la cosmovisión y confirmó los peores presagios. Parecía que se había iniciado una era apocalíptica y la desesperanza invadía los corazones más sensibles.
Para dispersar la mala onda, la música electrónica abría la puerta a la evasión, con sus fiestas multitudinarias en las que no se mezquinaban estímulos para que el ánimo subiera y las penas se disiparan como por arte de magia. Mientras tanto, las guitarras eléctricas volvían a crujir al son del retro rock, un género al que le sobraba entusiasmo y que contagiaba esa energía hacia quienes se avenían a escucharlo. Entre ambos estilos, se encargaron de que el bajón no calara tan hondo y procuraron que el planeta entrara en un trance bailable que lo sacara del sopor en el que había caído.
Pero, al mismo tiempo, una camada de adolescentes se aprestaba a desempolvar una emoción que se había hecho carne entre los jóvenes de los años ochenta: esa languidez anímica que en el rock se había expresado a través de bandas como The Smiths, The Cure o Siouxsie & The Banshees, por nombrar sólo tres de las que conformaron una tendencia a la que se denominó “gótica”. La oscuridad, la complejidad y la introspección de aquel periodo artístico del final de la Edad media sirvieron para rotular a un movimiento que inoculó en sus seguidores el virus de un vampirismo sin sangre.
A comienzos del nuevo siglo, esa estética resurgió al amparo del desencanto que cundía entre chicos y chicas a los que el incipiente fotolog les dio la posibilidad de organizarse bajo la forma de una tribu urbana: los emos. Ojeras, melenas despeinadas y vestimenta de riguroso color negro, caracterizaron a estos especímenes que deambulaban por las calles de las grandes ciudades y que compartían su fanatismo por las películas (nuevas y viejas) de Tim Burton y por las novelas de Stephenie Meyer, encolumnadas en una saga que poco tiempo después también llegó al cine.
Más allá de los antiguos intérpretes musicales a los que los emos renovaron la idolatría (de Joy Division a Echo & The Bunnymen), hubo una banda en particular que les fue contemporánea y que tomó por esos años un vuelo de popularidad inusitado para su estilo sonoro. El grupo estadounidense Evanescence, que no venía de la raíz del rock independiente sino más bien del heavy metal, pintó con un barniz gótico a ese género y dio justo en el clavo, con una combinación de guitarras distorsionadas y vocalizaciones grandilocuentes que rozaban lo operístico y le ponían una cuota de solemnidad y opresión a su propuesta.
Con el tiempo, Evanescence padeció numerosos cambios en su formación, aunque a su frente siempre estuvo la vocalista y pianista Amy Lee, quien hasta el día de hoy se desempeña como timonel de esa nave creativa. A punto de publicar un nuevo disco bajo el título de “Synthesis”, Evanescence visitó por tercera vez la Argentina a comienzos de mayo, para presentarse en Tecnópolis y desplegar su arsenal de grandes éxitos. Aunque las modas cambian y muchos de aquellos emos de la década pasada ahora ya son padres de familia, la procesión va por dentro y todavía quedan almas que prefieren lo oscuro a lo luminoso.