De la Sota se preserva; Schiaretti gana poder

De la Sota intuye que, en rigor, no necesita ser diputado para posicionarse. La gran diferencia es que, siéndolo, está obligado a opinar de cuestiones sobre las que preferiría no decir nada.

Por Pablo Esteban Dávila

José Manuel de la Sota sorprendió a propios y extraños. Con el anuncio de que no será candidato a diputado dejó en off – side a la totalidad del mundo político que daba por segura su postulación. Los periodistas, especialmente, acusaron el impacto: meses de análisis sobre el futuro del exgobernador quedaron reducidos a polvo. No hay dudas que el hombre pateó el tablero, y que lo hizo frente a espectadores que ya descontaban la identidad de los contrincantes.
La gran cuestión es por qué lo hizo. Su carta de renuncia es particularmente locuaz al respecto: “Ya tuve el honor de servir a mi país como legislador (y fui) tres veces gobernador de Córdoba. Sólo me falta ser presidente de la Nación y para eso me preparé, me sigo preparando y trabajo cada día”, escribió en su carta al partido. Agregó que “es tiempo de permitir que los más jóvenes, los dirigentes que están surgiendo, ocupen esos lugares que otros ya ocupamos”, asegurando que no tiene dudas que Unión por Córdoba triunfará en las próximas elecciones. Aunque no hay motivos para dudar de la honestidad de sus expresiones, no se puede aceptar mansamente que estas razones sean absolutamente todas.
De la Sota es quizá el político más experimentado de la Argentina, dueño de una particular pasión por la estrategia. Tampoco es dable especular sobre que los números no le resultaran favorables: todas las encuestas le vaticinaban el triunfo con diferentes grados de ventaja, según fuese el consultor. Su paso al costado no tuvo nada que ver con hipotéticas dudas sobre su eventual victoria.
¿Cuál fue el motivo entonces? No es fácil acertar uno sólo, pero puede que haya algunas pistas en el escenario futuro. La principal hipótesis es su probable candidatura presidencial para el turno de 2019. Por cierto que no es una razón evidente; de hecho era el principal argumento que se invocaba para justificar su participación en las próximas legislativas. Este razonamiento afirmaba que, de ganar en Córdoba, el exgobernador se aseguraba una figuración nacional que lo pondría automáticamente en la nómina de presidenciables.
Lo lineal del pensamiento tenía el encanto de lo simple (en su hora, esta columna no fue ajena a tal tentación), no obstante que soslayaba lo que ocurriría en Córdoba el día después de su pronosticada victoria. Un De la Sota fortalecido en sus pretensiones nacionales no tardaría en comenzar a marcar la cancha frente al gobierno de Mauricio Macri, dadas sus intenciones de sucederlo en la Casa Rosada. Este talante habría traído, tarde o temprano, dificultades en su relación interna con Juan Schiaretti. El gobernador no hubiera secundado, mucho menos en la segunda mitad de su gestión, las veleidades opositoras de su antecesor, ya plenamente lanzado a la carrera nacional. Aunque jamás lo dirá en público, su relación con el presidente será lo más importante (y no precisamente por la ideología) hasta que deba entregar el mando en la provincia.
Éste quizá haya sido el punto de mayor importancia en los motivos del renunciante. A diferencia de lo que ocurrió en su primer mandato, ahora Schiaretti ya no es un pato rengo. Tiene todas las posibilidades, tanto constitucionales como políticas, de ser reelecto para un nuevo período. Por lo tanto, sus objetivos personales tienen un horizonte que exceden los de su antecesor. Mientras que De la Sota cuenta con apenas chances de ser presidente de la Nación, el gobernador sabe que, céteris páribus, él podría continuar sin demasiados problemas al frente de la provincia. Una diputación en 2017 habría adelantado una fractura en la que el primero hubiera sufrido el mayor desgaste dentro de su propio territorio.
De la Sota intuye que, en rigor, no necesita ser diputado para posicionarse. La gran diferencia es que, siéndolo, está obligado a opinar de cuestiones sobre las que preferiría no decir nada. Antes que liberar sus potencialidades, una banca las habría condicionado y, de paso, lo hubiera lanzado contra los peñascos de la confrontación con Schiaretti en torno a la relación que éste sostiene (y sostendrá) con Macri. Demasiado riesgo para el módico beneficio de adelantar el tempo de sus ambiciones presidenciales. Mejor esperar.
Pero lo que es mejor para De la Sota puede que no lo sea para la política provincial. Su declinación abre un insospechado abanico de posibilidades que no siempre son superadoras de lo existente. Por de pronto, arroja la paradoja de que al político más experimentado del país (debutó en la función pública hace 40 años) podría sucederlo, al tope de los votos, uno de los menos preparados, como lo es el caso de Héctor Baldassi. La levedad de “la Coneja” se vuelve particularmente enervante cuando se la imagina como la máxima expresión del cambio en la provincia de Córdoba.
También es probable que Ramón Mestre decida mover sus fichas ante el nuevo escenario. Con el exgobernador al frente de Unión por Córdoba, las encuestas hubieran comandado las decisiones dentro de Cambiemos y, aún con la oposición de los radicales, es altamente probable que desde Buenos Aires se hubiera impuesto manu militari la opción del exreferí. En cambio, resurge la alternativa de continuar impulsando a su hermano Diego como el mejor candidato de la coalición, ahora sin el temor a una segura derrota. No es una buena noticia para el PRO, confiado como lo estaba de colocar a uno de sus líderes más connotados al frente de la lista sin más razones que el dictamen de un consultor externo.
La reconfiguración del tablero provincial alcanza, naturalmente, al justicialismo. La fuerza comienza a vivir una transición política que muchos imaginaban pero que pocos se animaban a datar con justeza. El próximo candidato no será, por primera vez, alguien de la vieja guardia, y todas las fichas apuestan al vicegobernador Martín Llaryora.
El exintendente de San Francisco es un tipo de suerte. En 2007, cuando nadie se animaba a enfrentar al radicalismo en su ciudad, él plantó bandera, primero frente al candidato oficial del peronismo Damián Bernarte (entonces apoyado por De la Sota) y luego contra el radical Hugo Madonna. Ganó en ambos casos, recuperando un territorio que resultaba esquivo para el PJ. Luego fue el señalado para secundar a Schiaretti aunque, por razones no muy claras, vivió una especie de eclipse interno desde su asunción. Sin embargo, inesperadamente, regresa ahora como la gran esperanza peronista.
No es para nada un mal candidato. Es lo suficientemente joven como para reclamar las bondades de la renovación, pero lo bastante experimentado como para no ser tildado de un invento mediático. Tiene la oportunidad de su vida: cuando termine su diputación, restarán apenas dos años de gobierno de un Schiaretti tal vez reelecto. Sin De la Sota en el escenario provincial, tendrá una oportunidad dorada de disputar la gobernación con pocos adversarios internos. Por contrapartida, en lo inmediato sólo debe hacer una elección razonable, pues nadie le reprochará demsiado si pierde por algún margen contra el oficialismo nacional.
El transitorio alejamiento de De la Sota lo preserva para la batalla que realmente le interesa, al tiempo que fortalece al gobernador. Schiaretti nunca tuvo más poder que en estos tiempos. La imagen de su gestión se encuentra en niveles envidiables, es el jefe de facto de la liga de gobernadores peronistas y obtiene todo lo que quiere de la Nación. Lejos de la pasada discriminación kirchnerista, Córdoba es hoy un territorio que recibe gestos obsequiosos del poder central, algo que el Panal factura como una prueba de su destreza. Quizá sus desconocidas artes de la adivinación sean el corolario de este gran momento: finalmente la campaña será de baja intensidad, a tenor de la recordada profecía schiarettista. Más no se puede pedir.