Culpable de la alegría

Sumiendo en la tristeza a aquellos a los que tanto supo enfervorizar con su música, murió el martes pasado el DJ Robert Miles, que en 1995 brilló entre toda la “marcha” que reinaba en las discotecas con su hit “Children”, donde reunía síncopa extrema con una hipnótica melodía del teclado.

Por J.C. Maraddón
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djPara lo que eran los parámetros musicales a escala local, a mediados de los años noventa en muchos boliches el estilo genéricamente llamado “marcha” ocupaba gran parte de las madrugadas en la mayoría de las discotecas, para luego dar paso sobre el final de la noche a canciones de ritmos latinos. Esa electrónica machacante y agitadora, a la que los deejays apelaban sin tapujos, no sonaba en las radios que difundían en los éxitos de moda y se refugiaba en frecuencias afines, como por ejemplo la recordada Energy (NRG), que durante las 24 horas ponía el foco sobre el género bailable.
Mientras ciertas propuestas artísticas partían de lo electro para experimentar nuevas perspectivas (como Chemical Brothers, Massive Attack o Underworld) y por eso gozaban de buena prensa, una legión de disc Jockeys y productores se lanzaba a procrear temas largos y rítmicos con el único objetivo de que la gente aullara bajo la bola de espejos. Se desempeñaban como obreros sonoros, construyendo desde los cimientos hasta el techo sus opus finiseculares, a sabiendas de que la meta de su creación era meramente utilitaria y que sus piezas estaban destinadas al entretenimiento, sin ninguna pretensión de posteridad ni reconocimiento.
Sin embargo, cada tanto surgía desde esa menospreciada cantera alguna canción que sobrepasaba el mundo de las discotecas y se instalaba como hit radiofónico, ya fuese por el gancho de su melodía o por un estribillo que todos podían recordar. Entre esos singles que trascendieron a su contexto puede mencionarse a “Infinity” de Guru Josh, “What Is Love?”, de Haddaway, “The Future Of The Future”, de Deep Dish o “Lady” de Modjo, temas que todos han escuchado alguna vez, aunque jamás hayan pisado una pista de baile en aquellos años finales del siglo veinte y los iniciales del veintiuno.
Con el correr del tiempo, la electrónica se fortaleció y sumó adeptos aún entre los paladares más exigentes. Y los mismos DJs que alguna vez habían visto menoscabada su condición por las críticas, pasaron a ser los amos y señores de la escena internacional, en la que se coronó poco menos de una década atrás a David Guertta como soberano del pop bailable. Habían recorrido un no tan largo aunque significativo camino de consagración, que los estableció en el centro de la atención global, luego de haber estado circunscriptos al espectro danzante, como si debieran purgar culpas por limitarse en sus aspiraciones.
En 1995, como uno más de los grandes éxitos de aquella “marcha” bolichera, prendió entre los habitués de las discos un tema que cumplía con el doble requisito, ya que era sincopado al extremo y se sostenía en una hipnótica melodía de teclado que no cesaba de repetirse a lo largo de los cuatro minutos que duraba la versión editada. El autor e intérprete de ese clásico de la electrónica era el DJ Robert Miles, nacido en Suiza y animador de las caravanas más recordadas en los veranos de Ibiza. Precisamente, en ese paradisiaco lugar murió Miles el martes pasado, sumiendo en la tristeza a aquellos a los que tanto supo enfervorizar con su música.
Muchos fueron los colegas que se sumaron al duelo por el fallecimiento de este disc jockey, cuya canción se hizo escuchar también en las madrugadas de Hangar 18, uno de los boliches que en aquellos años noventa albergaba la movida nocturna cordobesa. A dos décadas de distancia de aquellos años felices, vale reconocer la tarea de quienes, como Miles, lo dieron todo en pos de la diversión ajena, aunque la mayoría de esos danzarines ni siquiera sepan quién fue el culpable de su alegría.