Técnicas para sonreír

El escarnio que sufrió una adolescente llamada “Anto”, luego de subir a las redes un video donde se la ve en una pileta, invita a reflexionar sobre la persistencia de la cultura del “blooper”, más de medio siglo después de que Marcelo Tinelli popularizara ese humillante recurso humorístico.

Por J.C. Maraddón
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antoEl viejo truco de reírse de los demás es tan antiguo como la humanidad. Pero la instantaneidad de la web y el dinamismo de las redes sociales han acelerado muchos a esos procesos a los que antes les llevaba tiempo desencadenarse. Y, entre las actividades que se han visto modificadas por estas herramientas, está la de poner en ridículo a los otros, esa tarea a la que ciertas personas le dedican largas horas de su vida. Es más, esa práctica conforma el eje de la carrera de algunos humoristas profesionales y de conductores televisivos, cuyo mayor mérito es la saña que poseen a la hora de burlarse de la desgracia ajena.
La televisión, ese aparato por dónde pasaba el meridiano de la existencia humana a fines del siglo pasado, gestó algunos de sus mayores éxitos gracias a este tipo de chanzas, a veces espontáneas y otras veces provocadas. El programa cordobés “Telemanías” fue el encargado de instalar a nivel local la moda del “blooper”, que marcó toda una época, sobre todo a partir de que Marcelo Tinelli amplificó esas grajeas audiovisuales a través de su “Videomatch”. Gente común que atravesaba situaciones ridículas era doblemente ridiculizada cuando se amplificaban esas imágenes registradas por una cámara hogareña.
Con el correr de los de los años, fue desarrollándose toda una estructura para la fabricación de bloopers, que en el caso de Tinelli llevaban como marca registrada la frase: “Era una broma para Marcelo”. Gente que veía cómo destrozaban su auto o cómo lo sacaban de las casillas en un viaje en colectivo, y que empezaba a tomar temperatura, a putear y a gritar desaforadamente (en algunos casos, hasta apelando a la agresión física), para luego descubrir, en el remate, que estaba todo armado; era un complot orquestado por un programa de televisión para hacerlo pisar el palito.
Aquellas producciones eran crueles y desaforadas. Pero, vistas en perspectiva, parecen ingenuas en comparación con los famosos “virales” que desde hace años circulan por las redes sociales y que encontraron en el whatsApp la vía más rápida y eficaz para trasladarse de usuario en usuario. No se trata de un conductor televisivo inescrupuloso que apela a cualquier cosa con tal de subir en la escala del rating. Son millones de chistosos anónimos que, sin el menor empacho, comparten la desgracia ajena, se mofan de ella y la multiplican al infinito, más allá de las consecuencias que puedan acarrear sus actos.
En las últimas semanas, el objeto de escarnio ha sido una adolescente llamada “Anto”, que subió a las redes un video donde se la ve en una pileta. La forma en que habla y los movimientos que realiza con la cámara, han propiciado que se la conozca de Ushuaia a La Quiaca. Y ahora todos los que se rieron de ella se arrepienten porque el padre de Anto salió a decir que su hija sufre de un retraso mental y que la viralización del video les ha provocado un enorme daño a la chica y a su familia.
La cultura del blooper, instaurada hace más de un cuarto de siglo por la televisión, muestra una gran capacidad de adaptación a los nuevos formatos digitales, que potencian su devastadora habilidad para hundir en la depresión a quien padece la burla. Aquella “broma para Marcelo” ha calado tan hondo en la idiosincrasia argentina, que logra enfrentarse de igual a igual contra la corrección política reinante. Por el momento, no sabemos qué ha pasado con las otras víctimas de la humillación viral. Pero el ejemplo de Anto debería sentar un precedente que nos lleve a reflexionar sobre las técnicas a las que apelamos para provocar una sonrisa.