Debilitado y distante, Juez posterga expectativas (2019)

Como todo tipo inteligente, el embajador conoce perfectamente el ecosistema provincial que lo rodea. Sabe que ninguno de sus socios lo estima realmente; Mario Negri y Oscar Aguad, quienes le han prodigado alguna que otra cortesía en tiempos recientes, sólo lo hacen para importunar a Ramón Mestre, su adversario interno. Son amigos para tomarse un café, no para diseñar un futuro político consistente, mucho menos para confiarles su destino político.

JuezPor Pablo Esteban Dávila

Pobre Luis Juez. De aquella fama a esta realidad. Quien parecía el nuevo hombre fuerte de la política cordobesa y se perfilaba como una de las revelaciones hacia 2007, parece estar hoy hundido en múltiples limitaciones y carencias. Embajador argentino en Ecuador por obra y gracia del presidente, su alejamiento de la arena política local le sabe a trago amargo. Cada vez que despierta en la residencia oficial en Quito no puede alejar el pensamiento, triste y oscuro a la vez, que se encuentra en el ostracismo. Macri lo quiso premiar por sus servicios –gusta en consolarse– pero le dedicó un obsequio envenenado. Sus afanes políticos no parece haber sido bien recibidos en el macrismo, después de todo.
Cada vez que puede regresa a Córdoba sólo para comprobar que su tropa, menguada y cada vez más fría, continúa desgajándose. Su Frente Cívico es una rosa olvidada en un florero, con cada vez menos pétalos adheridos a su cáliz. La prensa que antes tomaba a pie juntillas sus denuncias, elevándolas a categorías de verdades reveladas, le dispensa ahora un trato distante, casi de gacetilla. Si pudieran hacerlo tal vez lo ignorarían por completo, pero semejante distancia obraría como una confesión sobre que, no hace tanto, trataron como un héroe a un dirigente que sólo tenía la lengua muy larga y escasa vergüenza. Sólo Mario Pereyra, en un gesto de caballerosidad y luego de haber criticado sus desmesuras en los mejores momentos del personaje, le concede ahora la gracia de un trato amable y considerado. Son las paradojas de una trayectoria política desconcertante.
Cada vez que visita al país se inventa alguna excusa para visitar la Casa Rosada. Si bien hace tiempo que no habla en vivo y en directo con el presidente, se las ingenia siempre para ser recibido por algunos de sus lugartenientes. A todos les repite la misma letanía: que prestaría mejores servicios en la Argentina y que su talento está desperdiciado en Ecuador, donde ni siquiera puede conversar ahora con Rafael Correa en el Palacio de Carondelet. ¡Cuánto mejor podría defender al gobierno si se le permitiera ingresar en alguna trinchera! ¿Qué pecado ha cometido para, según su propia definición, haberlo invisibilizado en un “lugar de privilegio, en el que hay muchos tipos que se matan por estar”?
Por estos días se encuentra en Córdoba, tratando de hacer política con lo poco que le queda. Hasta ahora ha enviado mensajes explícitos a sus socios de Cambiemos en el sentido que alguien del Frente Cívico (es decir, él mismo) debería estar en los lugares expectables de la lista de diputados nacionales, pero sin resultados. Tanto desde el radicalismo como desde el PRO le han respondido con un silencio atronador, un oxímoron inevitable. Juez nunca ha dejado de ser un aliado incómodo para los macristas y uno decididamente insoportable para los radicales, impuesto en forma inconsulta desde la ciudad de Buenos Aires. Ambas fuerzas respiraron aliviadas cuando Mauricio Macri le otorgó la distinción ecuatoriana como premio a su lealtad. No comprenderían en absoluto el sentido de su eventual repatriación, al menos en estos tiempos. Suficientes problemas existen ya dentro de la coalición como para sumar otro.
Como todo tipo inteligente, el embajador conoce perfectamente el ecosistema provincial que lo rodea. Sabe que ninguno de sus socios lo estima realmente; Mario Negri y Oscar Aguad, quienes le han prodigado alguna que otra cortesía en tiempos recientes, sólo lo hacen para importunar a Ramón Mestre, su adversario interno. Son amigos para tomarse un café, no para diseñar un futuro político consistente, mucho menos para confiarles su destino político.
Quizá por todo esto se aferre, con la desesperación de un náufrago, a los pocos incondicionales que aún le quedan. El sábado reunió a los suyos en Bell Ville, en el marco de la Asamblea Provincial del Frente Cívico. Allí repitió la consigna del momento: “Nos estamos preparando para pelear por el poder en 2019. Y para ello debemos plantar un candidato en cada pueblo de Córdoba”. Dicho en otras palabras, olvídense del 2017. Habrá que seguir participando.
El cónclave aprovechó el burocrático propósito de aprobar la alianza electoral que la fuerza mantiene con la Unión Cívica Radical, el PRO y la Coalición Cívica y que gira bajo la marca Cambiemos. Tanto para el juecismo como para los ignotos seguidores locales de Elisa Carrió, el trámite es similar al de un contrato de adhesión para ingresar en algún plan de ahorro para la compra de un automóvil. Nada de interés tendrán para negociar en las listas que se vienen, ni tampoco serán invitados a la mesa en donde se diseñará la campaña. Sólo queda hacer tiempo y que, durante la espera, nadie más abandone el barco.
Juez, previsiblemente, abre el paraguas frente a este desenlace tan deprimente como esperado. Quizá por tal razón haya advertido a sus dirigentes que sigue conversando con el presidente Macri (tal vez por teléfono) y que al mandatario le repite lo mismo que a ellos: que “depende de cada uno y de sus expectativas que podamos convertirnos en la alternativa de poder a Unión por Córdoba en el 2019. No se nos va la vida por un lugar determinado en las listas. Nuestra ambición es cambiar y sacar a Córdoba de la pobreza”. Las palabras son otras pero la traducción es la misma: el 2017 está perdido, utilizaré la garrocha para saltearlo y discutir la gobernación cuando llegue el momento.
Éste será otro problema, pero de momento existe un colchón de muchos meses para madurar la estrategia. Sin embargo, no habría que hacerse muchas ilusiones: Juez tiene tantas chances de ser el candidato a gobernador de Macri en el próximo turno como de encabezar sus listas a diputados en lo inmediato. Claro que en política nadie está muerto y que siempre existen posibilidades de reinvención. Por de pronto Juez necesitará una repatriación efectiva, que excedan las visitas de control de daños que viene realizando con alguna periodicidad. Esto requiere, como es obvio, que el presidente le consiga un nuevo conchabo, del tipo que le permita una mayor exposición pública y la posibilidad de congraciarse con un electorado que lo viene abandonando en sucesivas y cómodas cuotas. Es la zanahoria que, en sordina, viene ofreciendo a sus incondicionales.
Pero no todo es soplar y hacer botellas. Si Macri lo envió a Ecuador no es, precisamente, por sus habilidades diplomáticas, sino por sus dificultades para encontrarle una posición que blindara sus excesos. Juez es un dirigente incómodo, impredecible, que puede dinamitar las grandes líneas de gestión de un gobierno en un par de frases. No tiene demasiado aliados en el país que reclamen por su pronto regreso. El enemigo de la operación retorno es el propio embajador, a quién su propia personalidad lo colapsa y lo expulsa a los confines del sistema político. La redención siempre es posible a condición, claro está, que el propio interesado desee se absuelto.