En la ruta de la identidad

Del universo interior que decoró con sus arrestos artísticos la vida cultural de una ciudad con vocación de “isla”, se ocupa la segunda parte de “Radio Roquen Roll”, trabajo documental de Martín Carrizo que esta vez analiza el rock cordobés durante el periodo que va de 1985 a 2001.

Por J.C. Maraddón
[email protected]

rockAsí como, a escala nacional, la década del ochenta representó el mayor salto en el camino de la popularidad para el rock hecho en Argentina, también fueron esos los años en que los rockeros del interior del país tomaron visibilidad y se involucraron de lleno en la escena. Por supuesto, la vidriera en la que se mostraron fue siempre Buenos Aires, pero más allá de ese detalle (tan característico de la argentinidad) la emergencia de núcleos de rocanrol en las provincias contribuyó a dotar de carnadura autóctona a ese movimiento que, desde su surgimiento, había cargado con el mote de “extranjerizante”.
Desde Rosario se disparó una trova encabezada por Juan Carlos Baglietto y Fito Páez, que introdujo nuevos aires a un género que venía muy apegado a lo que ocurría en torno al Obelisco. Bajo el padrinazgo de David Lebón, desde Mendoza arribaron Los Enanitos Verdes, emergentes de una movida cuyana que también hizo su aporte. Incluso en la provincia de Buenos Aires se gestaron pequeñas usinas que catapultaron, por ejemplo, a La Sobrecarga, esa banda oriunda de Trenque Lauquen que se proyectó hacia el sector más oscuro del rock nacional, justo cuando formaciones como Fricción o Sumo tensaban la misma cuerda.
Tal vez podría decirse que Córdoba tuvo su oportunidad de lucimiento hacia 1981, cuando Litto Nebbia apoyó su retorno del exilio con una banda de acompañamiento en la que se lucían los artistas mediterráneos. Conocida como Los Músicos del Centro, esa agrupación vibraba en tono más bien jazzístico y tuvo un desembarco porteño que quizás fue prematuro, porque al rock argentino todavía le faltaban unos meses para tornarse masivo. Después, al momento del boom, esos osados instrumentistas cordobeses ya estaban subsumidos en otras experiencias y no conformaban un colectivo homogéneo que pudiera ser asimilado como tal por el público y la crítica.
Mientras Buenos Aires se transformaba en la “ciudad de la furia” y la música brotaba por todos sus poros urbanos, en Córdoba también se respiraba un reverdecer de la democracia que propiciaba la expansión de la creatividad. Surgieron bandas y solistas por doquier, con una pluralidad de estilos que se plasmó en la cartelera de bares y pubs, donde las jóvenes promesas ocupaban improvisadas marquesinas escritas con tiza sobre un pizarrón. La ebullición fue tan notoria, que se reflejó en los diarios, las radios y los programas de televisión. Pero el entusiasmo no alcanzó a trascender hacia la gran urbe y se mantuvo aislado del contexto porteño.
Ese estigma salpicó de allí en más a una escena local a la que no le ha faltado ni talento ni voluntad, aunque eso no bastó para consolidar a Córdoba como un polo que irradiara canciones hacia el resto de las provincias. De ese mundo interior, que decoró con sus arrestos artísticos la vida cultural de una ciudad con vocación de “isla”, se ocupa la segunda parte de “Radio Roquen Roll”, trabajo documental de Martín Carrizo que esta vez analiza el rock cordobés durante el periodo que va de 1985 a 2001.
El estreno del filme se anuncia para el próximo domingo a las 20 en el Centro Cultural Córdoba, función que se repetirá el 14 de mayo en idénticos horario y lugar. Con testimonios de los protagonistas y material de archivo, “Radio Roquen Roll #2” repasa una década y media de febril actividad musical, en la que –en su afán de poner a Córdoba en órbita- muchos artistas se complotaron para edificar una historia que nos identifica, porque habla y suena con esa tonada tan propia de quienes habitamos la capital del cuarteto… empeñados en seguir la ruta del rocanrol.