Las abducciones del PRO, ¿premonición para la UCR?

A los cordobeses no les disgustaría que el presidente Mauricio Macri y el gobernador Juan Schiaretti acordaran una alianza electoral en el distrito. Las categorías “oficialista” y “opositor” parecen no funcionar cuando se trata de ambos mandatarios, como si los diferentes orígenes políticos que ostentan fuera un dato irrelevante. A modo de ratificación de este deseo, sus gestiones tienen un nivel similar de apoyo, que ronda la nada despreciable cifra del 70%.

Por Pablo Esteban Dávila

pro-alianza-schiarettiA los cordobeses no les disgustaría que el presidente Mauricio Macri y el gobernador Juan Schiaretti acordaran una alianza electoral en el distrito. Las categorías “oficialista” y “opositor” parecen no funcionar cuando se trata de ambos mandatarios, como si los diferentes orígenes políticos que ostentan fuera un dato irrelevante. A modo de ratificación de este deseo, sus gestiones tienen un nivel similar de apoyo, que ronda la nada despreciable cifra del 70%.
Pero el hombre propone y la política dispone. Mucho no importa lo que la gente desee cuando se trata del poder. La realidad es que Macri y Schiaretti (o, mejor dicho, sus candidatos) se enfrentarán en las próximas elecciones a diputados nacionales. No importa si, en su fuero íntimo, les gustaría dejar pasar este trance si de ellos dependiera. Las cartas ya están echadas y la rueda electoral volverá a funcionar de la misma manera que lo hace cada dos años.
Uno de los primeros indicios de esta realidad es el calendario que, inexorablemente, marca el tiempo para las definiciones. En breve deberán presentarse las listas para las PASO y se consumará, de alguna manera, la divisoria de aguas entre el presidente y el gobernador. En rigor serán sus agrupaciones políticas las que lo hagan, pero tanto desde la Casa Rosada como desde el Centro Cívico existirá un permanente monitoreo de lo que suceda antes y después de este hito inevitable.
Justo es decir que, en lo que respecta a las maniobras preparatorias, Unión por Córdoba parece estar mejor parada. Aunque todavía pueden existir matices, se sabe que José Manuel de la Sota será el cabeza de lista y que Alejandra Vigo lo secundará en su doble rol de mujer y esposa del gobernador. Luis Juez, desde Ecuador, se quejó ayer amargamente de esta exitosa rutina del oficialismo provincial: –“De la Sota y Schiaretti discuten el poder (mientras que) en Cambiemos discutimos miserias”.
Tiene razón, al menos esta vez. En la coalición macrista las certezas parecen ser esquivas. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que Cambiemos deberá elegir sus candidatos en algún momento, y que el parto no será indoloro. Aunque a Juez le duela (tanto más porque nadie parece tenerlo en cuenta) el espacio seguirá sacando sus trapitos al sol hasta que exista algún consenso.
Sin embargo, las expectativas de un acuerdo razonable parecen, de momento, demasiado pretensiosas. Cambiemos está integrada por dos fuerzas, la UCR y el PRO. La primera tiene una gran estructura; la segunda un candidato que mide bien. Ambas variables son difíciles de complementar, simplemente porque el radicalismo no está dispuesto a aceptar a Héctor Baldassi como su representante. Sería, por utilizar una metáfora boxística, tirar la toalla de sus ideales y su trayectoria centenaria.
El asunto se vuelve aún más complejo cuando se analiza con cuidado la propia estructura radical. Ramón Mestre se ufana de conducir al partido y defender sus intereses frente a las pretensiones del PRO, pero no todos sus correligionarios están de acuerdo con la misión que el intendente se ha auto asignado. Algunos muy próximos a Macri –como lo son el caso de Oscar Aguad o Mario Negri– podrían mostrarse algo más flexibles, en tanto que la representación partidaria la tuvieran ellos, cosa que hoy no ocurre. De momento, el radicalismo no sólo no tiene un candidato inequívoco sino que tampoco cuenta con la esperanza que uno de sus dirigentes encabezará la lista. Mestre es quien más teme que, al final de esta dialéctica interna, sea el presidente de la Nación quién termine decidiendo la composición y el orden de la papeleta sin importarle demasiado el pensamiento de la UCR. Sería casi un agravio tener que aceptar tal imposición.
Por el lado del PRO las cosas son mucho más simples. Baldassi es ya el elegido, si la acción de elegir puede homologarse a su caso. A diferencia de su socio radical, el macrismo local tiene una vida interna inexistente, en donde las encuestas suplen con eficacia la falta de un proyecto político propio. Baldassi no tiene rivales porque, simplemente, es más conocido que el resto de sus competidores amarillos. Si Macri convence a sus socios de Cambiemos de aceptarlo como el primus inter pares, su vida será sencilla: sólo deberá enancarse sobre la estructura radical, abduciéndola a favor de sus intereses.
En esto el PRO es un experto consumado. Ya desde sus orígenes locales supo valerse de estructura ajenas para construir su propio espacio. Primero quiso valerse de la pequeña organización de Primero la Gente, la creación del publicista Sebastián García Díaz. Como el vehículo pronto se reveló como demasiado modesto (amén de la reticencia de García Díaz para ceder su control) optó luego por fusionar sus escasos militantes con RECREAR, la nave insignia de Ricardo López Murphy. La nueva criatura anduvo bastante bien, pero nunca fue probada en elección alguna: no fuera a ser cosa que alguien le contara las costillas al prometedor partido amarillo.
Luego, y tan recientemente como en 2013, el PRO decidió que había llegado el momento de acordar con la UCEDE, el mayor de los partidos centristas cordobeses, no obstante que seriamente devaluado. Convenció a su dirigencia de las bondades de un acuerdo de largo plazo solamente para, cuando fue oportuno, negarles a sus anfitriones liberales cualquier tipo de representatividad. Abducida la UCEDE de este modo, el PRO continuó su camino triunfante sin necesidad de haber gastado un centavo en construir una estructura propia e independiente del aporte de sus víctimas circunstanciales.
Es posible que el mestrismo tenga bien presente esta historia de abducciones sucesivas, como aquellos extraterrestres de ficción que se apoderan de planetas ajenos simplemente para servirse de ellos y continuar así su camino, con la panza llena y dejando un desierto tras su paso. El intendente, que quiere ser gobernador y detestaría tener que discutir tal deseo con alguien como Baldassi, no desea para la UCR este destino tan propio de Ray Bradbury, especialmente porque, llegado el momento, dejaría de responderle a él para reportarle a su nuevo amo. Un árbitro al que no se le conocen muchas ideas (en rigor, ninguna en absoluto más que un previsible culto al deporte) al frente del radicalismo sería todo un editorial sobre que la decadencia, más que un estado transitorio, sería el destino final de la fuerza.
Muchos correligionarios acuerdan por lo bajo con las prevenciones mestristas, pero el calor que irradia la Casa Rosada parece ser, al menos por ahora, más fuerte que el espanto. –“Un presidente bien vale un Baldassi”, se consuelan mientras el calendario avanza, irreversible, hacia el terreno de las definiciones que, debe decirse, no parecen ser halagüeñas para los de boina blanca.