Los trabajadores ya no son lo que eran

La predicción de Marx respecto de los trabajadores está lejos de haberse cumplido. Más bien al contrario: el trabajador industrial típico imaginado por los primeros maestros del socialismo tiende a desaparecer. Del mismo modo, ya lo ha hecho el capitalismo que Charles Dickens describía en sus novelas.

Por Gonzalo Neidal
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trabajadoresLa predicción de Marx respecto de los trabajadores está lejos de haberse cumplido.
Más bien al contrario: el trabajador industrial típico imaginado por los primeros maestros del socialismo tiende a desaparecer. Del mismo modo, ya lo ha hecho el capitalismo que Charles Dickens describía en sus novelas.
La deificación de los obreros industriales estaba vinculada a su lugar estratégico en la producción. Eso los transformaba en redentores. El capitalismo, tal como se veía en esos años, generaba riqueza en un polo estrecho y minoritario y extendía la pobreza al resto de la población. El sistema se encaminaba al colapso y los trabajadores se salvarían a sí mismos y al resto de la sociedad tomando el poder y enderezando la economía hacia el socialismo, fuente de la que manaría prosperidad y libertad.
Con el avance de la tecnología, el obrero industrial se parece cada vez más a un ingeniero. Se trata crecientemente de operarios calificados, muchos de ellos con graduación universitaria, técnicos especializados. La tecnología los desplaza día a día y en muchos casos son robots los que toman sus lugares.
Surgen otros empleos que eran inimaginables hace un par de décadas. En general, del mundo de los servicios: desde operadores de call centers hasta comunity managers, desde personal trainers hasta wedding planners. Crecientemente los servicios van desplazando a los empleos productivos. Las comunicaciones permiten que cada vez más gente trabaje desde sus casas. El mapa del empleo se está reformulando desde mediados de los años ochenta. Y es un proceso sin retorno.
En la argentina, también el trabajador industrial típico ha estado endiosado a partir del peronismo. Pero también aquí los servicios han ido desplazando a los obreros industriales. La UOM y el SMATA han cedido espacio a favor de los transportistas, los empleados públicos y los bancarios, por citar algunos ejemplos.
Pero hoy por hoy los trabajadores formalizados son verdaderos privilegiados en la Argentina. Los informales llegan casi al 50%. Y los históricos trabajadores sindicalizados han perdido presencia política a manos de un nuevo protagonista: los movimientos de desocupados, que cobran subsidios. Sin embargo, sucede que la dinámica propia de estos agrupamientos parece haberlos desplazado hacia demandas de subsidios más que a las de un empleo genuino, un trabajo efectivo en el que el esfuerzo personal sea también un modo de realización personal y de crecimiento económico.
Estos movimientos son la novedad en el panorama político de los últimos veinte años y ocupan un espacio en el que el hostigamiento y la agresión van adquiriendo crecientes niveles de violencia rumbo a un destino incierto. Estamos frente a un problema de compleja solución en el corto plazo.
Hoy por hoy el trabajador industrial está cada vez más lejos de cualquier revolución. Se aferra a su empleo pues percibe que en las actuales circunstancias, constituye un verdadero privilegio. En Argentina, el potencial de movilización está en manos de lo que Marx denominaba –con un tono despectivo- el “lumpen proletariado”. Y estos, más que reclamar trabajo, reclaman aumentos en los subsidios que perciben del estado.