Documentos que incomodan

En el marco del festival Bafici, se estrenó la película “Cemento, el documental”, que no sólo recupera el legado de aquella discoteca porteña que hizo historia, sino que además pone al rock contra su propio espejo, en el que se refleja tanto su costado más feliz, como el más trágico.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

bafici-cementoDespués de largas décadas al comando de la cultura nacional, el rock argentino debió empezar a rendir cuentas de algunos de sus desbarajustes, obligado en todos los casos por causas judiciales. Y lo más extraño de la situación es que los demandantes no fueron en esta ocasión los predicadores evangélicos que acusaban a los rockeros de hacer un pacto con Satanás; ni decrépitos conservadores que se quejaban por atentados a la moral pública. Las víctimas del rock, que pusieron en tela de juicio ciertas actitudes naturalizadas, han sido –paradójicamente- algunos fanáticos del género o sus familiares, que sufrieron padecimientos por el sólo hecho de serlo.
En 2004, la tragedia de Cromañón produjo centenares de muertos y obligó a que todos reflexionaran acerca de una serie de rituales que, hasta ese momento, habían sido practicados sin medir las consecuencias. El discurso rockero antirrepresivo y libertario encontraba así un dramático límite a su convicción de que toda forma de expresión era posible: las bengalas, en un lugar cerrado y acondicionado con material inflamable, podían desatar un incendio. Sin embargo, no hubo conciencia de que ese peligro era cierto, hasta que la sala de conciertos tomó fuego y las salidas de emergencia no funcionaron como tales.
Más recientemente, lo que se judicializó fueron los resabios de aquella prédica sesentista acerca de una libertad sexual irrestricta (sobre todo si esa liberación proveía de groupies a las estrellas de rock). Ya John Lennon había señalado en el tema “Sexy Sadie”, de 1968, este tipo de aprovechamientos en beneficio propio de causas cuyas razones no dejaban de ser atendibles. Las acusaciones contra algunos músicos locales, en las que se menciona desde la apología de la violación hasta el abuso físico y psicológico, ejemplifican cuán perversas pueden ser las derivaciones de esas prácticas que 50 años atrás parecían abrir el camino hacia una humanidad en la que primase el gozo por encima del sufrimiento.
En la ciudad de Buenos Aires, entre mediados de los ochenta y el año 2004, funcionó un espacio que supo catalizar las manifestaciones del underground, hasta hacerlas decantar en producciones artísticas de altísimo valor testimonial. Gran parte de la modernidad cultural argentina pasó por esa discoteca llamada Cemento, que edificó su propio mito a la par que el rock salía de las catacumbas, se transformaba en el más popular de los estilos y, por último, se institucionalizaba como documento de identidad para muchos jóvenes que veían en él una antorcha que los iluminaba.
Por eso, que la semana pasada se haya estrenado, en el marco del festival Bafici, la película “Cemento, el documental”, parece una consecuencia lógica ante la importancia que tuvo ese antro nocturno, del cual salieron muchos de los que luego llenarían estadios, ocuparían el horario central de la TV o, simplemente, se inmolarían en un vuelo rasante hacia el infinito. El filme, que se proyectó el miércoles pasado en el mismo edificio donde antes funcionaba la discoteca y que ahora alberga a una cochera del Ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, recupera el legado de una época inolvidable.
Pero, a la vez, el documental incomoda, porque nos muestra en roles estelares al fallecido Omar Chabán (propietario de Cemento y condenado a prisión por ser el gerenciador de Cromañón) y a los hoy cuestionados Gustavo Cordera, exlíder de la Bersuit Vergarabat, y Cristian Aldana, de El Otro Yo. Esas escenas invitan al rock nacional a hacerse cargo de su propia “pesada herencia”, que tanto puede abarcar los incuestionables aportes que hizo al acervo artístico argentino, como estos efectos (tal vez) no deseados por los que está dando cuenta ante la sociedad.