La tragedia y la comedia

Populismo e Izquierda Nacional. Nota XI

Por Daniel V. González

Fue Hegel quien dijo que muchos pasajes de la Historia tendían a repetirse dos veces y Marx fue quien acotó que era cierto pero que restaba añadir que la primera vez se nos presentaba como tragedia y la segunda como comedia. Apuntaba a señalar que la reiteración se daba como una caricatura, como una imitación grotesca del original.
Esto es lo primero que a uno se le ocurre cuando piensa en los años en que gobernó el matrimonio de Néstor y Cristina Kirchner, en relación con la década de apogeo peronista, allá por la mitad del siglo pasado, con el peronismo que muchos consideran como el único auténtico y verdadero, el de Perón y Evita. La comparación resulta inevitable. Unos la establecen para acentuar las diferencias entre el gobierno de Perón, al que aprecian como transformador y altamente provechoso para el país y el de los Kirchner, al que ven como una expresión desvirtuada de aquel vigoroso periodo fundacional.
La degradación de las presuntas estrategias transformadoras de Perón a manos de sus sucesores es un clásico argumento de los antiguos peronistas, los “de Perón y Evita”. Según esta visión, el fundador del movimiento abrigaba conceptos estratégicos elevados que llevaban a la Argentina a transformarse en una potencia industrial. Esto no fue posible debido a la restauración de 1955 que abandonó ese carril industrialista e hizo retornar al país a la economía primaria-exportadora, garantía de atraso y postergación.
Luego el peronismo tuvo dos desvíos de esa ruta de grandeza inexorable: uno hacia la derecha (Menem) y otro hacia la izquierda (Kirchner) y ambos terminaron en desastre. El primero, con el estallido de la convertibilidad durante el gobierno de De la Rúa; el otro –que no alcanzó a estallar- dejó al país con fragilidades en todos los frentes (alta inflación, estancamiento, déficit fiscal, subsidios generalizados, default). En cambio, se piensa desde este peronismo, no fue ese el caso de Perón que llevaba al país hacia un destino de grandeza industrial pero no pudo cumplir con su objetivo porque fue derrocado.
En esta línea de razonamiento, todavía hay quienes no se resignan y buscan dar con la pócima adecuada, con los ingredientes exactos y en las proporciones justas para que el caldo peronista no nos vuelva a caer indigesto. Son los que buscan, setenta años después, al “verdadero” peronismo que vuelva a entusiasmar como en los cuarenta y que complete la tarea que –según ellos entienden- fue iniciada por Perón y Evita, truncada por la oligarquía y traicionada por los epígonos de líder justicialista.
Un equivalente cercano de estos inquietos buscadores incansables de la piedra filosofal son los socialistas y comunistas a quienes no le alcanza la evidencia del hundimiento completo del mundo socialista como certificado de defunción del sistema social fundado en las ideas de Marx y Engels. No: ellos explican todo con gran sencillez. Al parecer, ninguno de los regímenes derivados de la centenaria Revolución Rusa, cumplía con los requisitos necesarios, todos desvirtuaban las ideas originales.
Como hemos dicho, los regímenes populistas no están separados por una muralla china de los experimentos socialistas. En el populismo, el quiebre de la legalidad no es un dato inicial sino una consecuencia natural ante la creciente resistencia de la población ante el empobrecimiento que va llegando naturalmente. Sobreviene el avance del estado autoritario sobre las libertades individuales, sobre la libertad de prensa, sobre las instituciones de la república. Venezuela es una muestra “in vitro” para todos quienes quieran ver la evolución natural del populismo, desde los primeros años de éxito rutilante hasta el final de decadencia, violencia y caos.
A favor del primer peronismo puede decirse que Perón advirtió lo que se avecinaba. Tempranamente, Gómez Morales le hizo saber allá a comienzos de 1949, que Miranda había hecho un desastre y que era necesario hacer un ajuste, como ocurre siempre que las variables se desmadran.
Perón, que ambicionaba una reelección, postergó el cambio de rumbo tanto como pudo y recién se encaminó decididamente hacia él una vez que logró modificar la Constitución y triunfar en los comicios presidenciales, recién entonces llegó la hora del Segundo Plan Quinquenal.Fue entonces que rectificó muchos de los puntos de vista y políticas que había promovido durante su primer gobierno. Sepultó así la ilusión de un “nuevo sistema” que se pretendía distante del capitalismo liberal y del socialismo y mostró que su gobierno no fue nada más que uno de los tantos populismos que en todo el mundo y muy especialmente en América Latina, se sucedieron en el siglo XX.
Perón se vio necesitado de reorientar su política exterior acercándose a los EEUU, intentó imponer orden a los sindicatos, hizo aprobar una nueva ley de inversiones extranjeras, hizo acuerdos con empresas norteamericanas para que lo ayudaran a extraer el petróleo, vinculó los aumentos de salarios a los aumentos de productividad, etcétera. Cafiero, en sus memorias, calificó estas políticas como “neoliberales”. Con los parámetros populistas, verdaderamente lo eran.
Perón intentó hacerlo, Cristina eligió tensar la cuerda y pasarle los problemas al gobierno que asumiera después de ella.
(Continúa mañana. Nota XVI )