Huida hacia el futuro

A 16 años de su disco debut, encarrilado dentro del movimiento del retro rock, mañana la banda estadounidense The Strokes será la encargada de cerrar el escenario principal de la edición porteña del Festival Lollapalooza, que se desarrollará en el Hipódromo de San Isidro desde hoy.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

strokesMusicalmente hablando, el nuevo siglo empezó con la electrónica en la cresta de la ola y un sonido provisto por máquinas que se plantaba como factible verdugo del roncarol. Era el momento en que los deejays expandían sus dominios hacia todas las direcciones, porque no se contentaban con ocupar su sitial de privilegio tras la bandejas. También empezaban a brillar como productores, a la par que componían y ensamblaban sus propios temas, en un proceso para el que contaban con la ayuda de cantantes y músicos de carne y hueso, que aportaban su nombre y su talento en la elaboración de esto, que se presentaba como la música del mañana.
Y es que después del grunge, a comienzos de los noventa, no había surgido ningún movimiento de guitarras al frente que hubiese sacudido la superficie. Los estilos adyacentes al hardcore y al heavy metal siguieron metiendo ruido, pero siempre acotados a un segmento muy específico del mercado. Mientras tanto, algunas bandas históricas (como, por ejemplo, U2) empezaron a incorporar elementos de la electrónica a sus composiciones, mientras asomaban nuevos grupos que practicaban a rajatabla esa mixtura, con la participación de DJs que aportaban lo suyo como un instrumentista más.
En este sentido, había una continuidad con lo acontecido en los ochenta, cuando formaciones como Depeche Mode o New Order apelaron a los recursos tecnológicos con los que se contaba en aquel entonces. Una tendencia que poco tiempo después fue rescatada por la movida de Manchester, que se caracterizó por abrazar, desde el rock, la causa del baile. Fue allí cuando todos los prejuicios estallaron y un nuevo horizonte sonoro se abrió ante el público y los artistas, que miraron hacia adelante en busca de descubrir brechas a través de las cuales filtrar una vanguardia que todos parecían estar esperando.
Pero, contra la mayoría de los pronósticos, se coló en el candelero una nueva generación que no tenía clavada la vista al frente, sino que giraba su cabeza hacia atrás. Y lo hacía para atisbar el pasado glorioso del rocanrol que merecía ser revitalizado, antes de que las circunstancias lo convirtieran en una pieza del museo. Así fue como, en cuestión de meses, las radios volvieron a poblarse de riffs atronadores y gargantas desgañitadas, por más que la electrónica no cediera ni un centímetro en su afán de señalar el norte. El retro rock había hecho su arribo triunfal.
Ese público que había empezado a resignarse a que nada nuevo brillara bajo el sol, tuvo de pronto un abanico de opciones que recordaban a la edad de oro del género, con cientos de agrupaciones montadas sobre la vieja fórmula de guitarra-bajo-batería, que pusieron en discusión la supuesta muerte del fervor rocanrolero. No es que su aporte tuviera rasgos completamente novedosos: más bien se trataba de refritar viejas fórmulas bajo nuevas fachadas. Pero para los jóvenes que no habían vivido en los sesenta y setenta, el fenómeno representó una forma de expresarse con la que podían sentirse identificados.
Entre esa maraña de nombres y hits, el de The Strokes fue uno de los más mencionados y, por supuesto, escuchados. Desde Nueva York, salieron a presentarle batalla al ejército de los deejays y cuando publicaron su disco debut, en 2001, inmediatamente se ganaron el mote de “los salvadores del rock”. A 16 años de aquel despertar, la banda estadounidense será mañana la encargada de cerrar el escenario principal de la edición porteña del Festival Lollapalooza, que se desarrollará en el Hipódromo de San Isidro este fin de semana. Hoy, su sonido vintage se confunde con la historia en la que se inspiraron, hasta conformar una masa rockera homogénea que huye hacia el futuro como si fuera un cometa.