Emergentes del magma

En medio de las celebraciones por el cuadragésimo aniversario del jubileo punk, por estos días cumple 40 años el disco debut del grupo británico The Clash, la banda que le agregó carnadura ideológica a una movida que hasta ese momento sacudía su timón al vaivén de las olas, sin rumbo fijo.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

punkEn 1977, el punk estalló en Inglaterra como una bomba Molotov que era lanzada para incendiar todo lo que encontrara a su paso. Tras los primeros escarceos a los que nadie les dio demasiada importancia, en 1976 la iracundia juvenil se consolidó y encontró una vía de expresión por demás controvertida en los Sex Pistols, los más mediáticos entre toda la cohorte de músicos que asustaban a los flemáticos ciudadanos con sus crestas, sus piercings y su actitud de nihilismo explícito. En un país conmocionado por la crisis económica y los conflictos raciales, la punkitud encajó como la pieza que faltaba para completar el rompecabezas.
Detrás de consignas que glorificaban a la anarquía y a la destrucción, no podía esperarse que el nuevo movimiento se organizara en estructuras jerárquicas ni que se manifestara de manera homogénea y coherente. Se trataba de una erupción que sacudía a la epidermis social británica y que concentraba en las manifestaciones culturales la propagación de sus mensajes, que tronaban como las trompetas del apocalipsis. Quienes veían a estos personajes en sus incursiones televisivas, se imaginaban que eran los heraldos destinados a anunciar el fin del mundo y que la distorsión de sus guitarras y los alaridos que salían de sus gargantas presagiaban lo peor.
Sin embargo, hacia finales de 1978 la tormenta había pasado y aquellos que querían llevarse todo por delante, se entregaban mansamente en manos de la misma industria discográfica a la que se habían atrevido a desafiar. Poco después, Margaret Thatcher era elegida como Primera Ministra y, bajo su mano de hierro, el orden que había sido alterado tendería a reinstalarse, encorsetado en medidas de gobierno que apelaban a la ortodoxia de la teoría económica para achicar el estado, privatizar empresas estatales y encaminar el rumbo según los preceptos que bajaban de los organismos de crédito internacional.
Por supuesto, del jubileo punk quedó un legado sonoro y estético para nada desdeñable. Hasta la actualidad han llegado intactas muchas de las modas que salieron a la luz en esos años y que, pasteurizadas por la sociedad de consumo, sobreviven hoy en vidrieras de las tiendas de vestimenta, en las escuelas de diseño y en los acordes de muchas bandas nuevas que revuelven en los baúles de la punkitud en busca de un estilo cautivante. Se trata de los archivos más frescos que se conservan, pese a las cuatro décadas transcurridas desde entonces.
Justamente, en 2017 se cumplen 40 años de algunos de los hitos que se marcaron durante la epopeya de ese género rockero. Por ejemplo, en estos días se celebra el cuadragésimo aniversario del disco debut del grupo británico The Clash, la banda que le agregó carnadura ideológica a una movida que hasta ese momento sacudía su timón al vaivén de las olas, sin rumbo fijo. El álbum titulado con el nombre de la banda, es apenas un punto de partida de una carrera que, poco tiempo después, emergió del magma del punk para ganarse la admiración del público en general.
Himnos de barricada, declaraciones de amor a prostitutas y aproximaciones a la sonoridad jamaiquina convivían en ese fantástico debut discográfico que se sumó a un tropel de grabaciones de formaciones punkies que en esos meses tomaban por asalto las disquerías y gritaban sus verdades de manera desaforada. A la distancia, podemos entender hoy que The Clash no era como el resto. Pero de ninguna manera podemos disociar su surgimiento de esa avalancha que pretendió sepultar un pasado aborrecible, y que murió aplastada por su propia vehemencia. Oportunamente, The Clash supo desplazarse de ese carril que llevaba a un callejón sin salida, para afirmarse en una senda hacia un destino consagratorio.