¡No más doctores, por Cristo!

El número de abogados que pululaban en Córdoba, cuando casi comenzaba el siglo XX, provocó las quejas de un periódico que avivaba la antigua tradición de fustigar a los profesionales del derecho.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

doctores
“Dos abogados”, pintura de Honoré Daumier (1860).

Durante el año 1898 se publicó en Córdoba un semanario que llevaba el título de El Oráculo. Por su diseño, por su estilo periodístico y por diversos comentarios puntuales, es posible que se tratara de un proyecto del fundador de La Carcajada, don Armengol Tecera, aunque en la portada de ese “Semanario Crítico-Satírico, Político y Literario” se enunciaba que era de “Redacción Anónima”. Entre el variado material que contiene la publicación se recogen algunas diatribas de diverso tono sobre los abogados de la ciudad de Córdoba –y en general sobre el oficio de los letrados-, que dan material para la página de hoy.
Muchos de esos juicios siguen repitiéndose y alimentan cada tanto la mala fama del oficio de los profesionales que actúan en los procesos jurídicos y administrativos del derecho. La “mala fama” de los abogados es, efectivamente, uno de los afluentes anecdóticos en la consideración de esa especialidad, aunque sin duda se trata de una generalización que no hace justicia –valga la expresión- a todos los que la ejercen.
Estas líneas extraídas de un viejo periódico tienen el interés de apuntar cuán lejos se remontan ese tipo de descalificaciones, en una ciudad donde los jurisconsultos proveyeron permanentemente de recursos humanos a los elencos políticos, a los cargos públicos, al periodismo, a la docencia secundaria, e incluso a las letras.
Se ofrecen en primer lugar una cita extraída de un editorial de El Oráculo de agosto de 1898, que manifiesta su hartazgo desde su título: “No más doctores, por Cristo!” Si bien los miembros de la profesión médica están incluidos en esa expresión, son los abogados los que se llevan la mayor parte de la diatriba, en la que se puntualiza que el exceso de doctores va a engrosar la fila de la burocracia del estado:
“(…) Es conveniente constituir un bloqueo que impida en lo posible la salida de tanto doctor de nuestra Universidad, como asimismo la introducción a ella de aspirantes al doctorado.
No es necesario, ni conveniente, ni tampoco indispensable ese aumento de tanta gente letrada y de borlas.
Con menos de los que tenemos bastan y sobran para las necesidades que de ellos hay.
Su aumento, en grado tan desproporcionado, lejos de ser benéfico, es perjudicial.
Como que al fin resultan una carga cuyo peso gravita sobre el pueblo productor y trabajador.
Porque es un hecho que la tal falange de letrados que va en crescendo, no hace sino consumir; pero lo que es producir… ni fósforo.
De esto resulta que se venga convirtiendo como en una epidemia el mal de la empleomanía.
Lo que se esplica, una vez que antes de abandonar las aulas universitarias, no son pocos los que
con ahinco solicitan un empleo; pues, comprenden bien que con la profesión no ganarán ni para cigarrillos. Así vemos que más de un doctor en jurisprudencia o medicina, se concreta a vivir del empleíto que a fuerza de cuñas y tarugos consigue, aunque ese empleo no le permita sino vivir a ración de hambre y por lo tanto en constante apuro con el panadero, el carnicero, la planchadora y tutti cuanti.
Pero esto no obstante, se tiene la satisfacción de tener el título de doctor el que, si no se recibe en caución en el Monte Pío, sirve sin embargo para tener derecho a reclamar un empleo que puede ser servido con competencia,
(…)
Por eso entre nosotros las profesiones liberales son una especie de imán que a todos atrae, aún a los que debieran empuñar por su condición la garlopa, el mazo, o la cuchara del albañil.
Todos quieren ser doctores y si no llegan a la raya, por que el estudio les ha cansado, se acaparan sin embargo el título y… a vivir a costillas del prógimo.
Conocemos a más de un mortal que ha cursado todos los estudios superiores, pero que se ha quedado en el finis coronat opus, es decir sin recibir el grado; pero esto no le impide para que sea diputado, senador o cualquiera otra cosa, que es el principal objetivo de la carrera de las letras.
Por eso el comercio, la industria, y las artes estan representadas entre nosotros por el estrangero, el hijo del país dedicó con preferencia a la carrera de abogado, médico, fraile, procurador, empleado, militar y político.
¿Y puede progresar un pueblo que tiene tanta sanguijuela que le chupa la sangre?
Mañana! Y por lo tanto, menos doctores, por Cristo.”
El mismo semanario publica otro día el siguiente poema, apuntando a descalificar a los malos abogados con un tono reduccionista que parece no hacer distinción entre éstos y los que cumplen con ética su tarea. A diferencia de la nota anterior, no hay aquí análisis sino simple intención de burla:

“La Abogacía
Esa industria, esa noble profesión, / se ha convertido en lecho de Procusto. / Abogados abortan que es un gusto: / ¿Qué importa que no tengan ton, ni son? / Yerven los abogados sin exámen, /llamados leguleyos, tinterillos: / que estrujan del cliente los bolsillos, / sin patente, sin ciencia y sin gravamen. / Todos defienden cómodo y barato: /ajentes, escribientes, receptores: /los aprendices, los procuradores / cada cual es barniz de literato. / Pescadores de pleitos, van a casa / de litigios buscando al litigante / en esquinas, en campo; a cada instante; / en hotel, oficinas, y en la plaza. / Sin haber estudiado abren estudio; / Profesores de leyes se improvisan, / y a clientes y al foro martirizan. / Y esto es de sus fortunas el preludio. / La práctica y la ciencia no hacen falta. / Información de vida y de costumbres, / son añejas y vanas servidumbres; / la pro del leguleyo está más alta. / No defienden al pobre en desventura; / ni responden del pleito si se pierde. / Dejan al licenciado fruta verde. / y reparten entre ellos las maduras. / Víctima el abogado en cualquier fecha / de su delicadeza y su decoro, / en vez de cosechar plata u oro, / son trampas y petardos su cosecha. / Y compita un letrado con halcones / que de recta justicia son escollo, / que se venden tal vez por medio pollo, / Y en el foro son miopes y lapones.
A todos y a ninguno, / esta poesía toca; / quien se siente se culpa; / y el que no, punto en boca.”