El baile nacional

El jueves pasado, la noticia del fallecimiento de Sebastian conmovió no sólo a la escena musical cordobesa, sino a la de todo el país. Y ese detalle es el que explica la trascendencia del nombre de esa figura que reinó durante por lo menos veinte años en el competitivo segmento de los que hacen bailar.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

baile-sebastianDesde su propio nombre, el grupo Chébere representaba un cambio en la evolución del cuarteto: la irrupción de un componente tropical en ese género que en su origen sólo mostraba influencias de músicas europeas. Varias décadas le había insumido extender su predominio desde la pampa gringa hacia la capital provincial. Y una vez conseguida esa hazaña, por los años setenta, necesitaba fortalecerse con otros elementos sonoros que le insuflaran el empuje necesario para atreverse a la conquista del país. De a poco, algunas regiones vecinas cedieron a su encanto, pero faltaba obtener el trofeo mayor: la ciudad de Buenos Aires.
El cantante Sebastián, que había sido vocalista de Chébere en los inicios del grupo, sería el encargado de protagonizar esa cruzada cuartetera en los años ochenta. Mientras la Mona Jiménez concentraba su atención en el mercado de la provincia de Córdoba y ensayaba alguna que otra estocada en escenarios porteños, la carrera solista de Sebastián fue tomando estatura nacional en esos años en que el género más popular empezaba a ser el rock argentino. Contra viento y marea, Sebastián supo combinar el punch del cuarteto con una puesta en escena demoledora, para así ganarse admiradores en todas partes.
Esa aspiración, que trascendía los límites geográficos, se tornó antipática para muchos bailarines locales que criticaban las ínfulas del cantante. Sin embargo, mirándolo en perspectiva, lo que estaba haciendo Sebastián no era sino concretar la expansión que parecía inevitable para un estilo que, desde Córdoba, estaba condenado a derribar fronteras. Porque su ritmo contagioso y la picardía de sus letras, combinados con los arreglos caribeños que habían sido el aporte más importante de Chébere, transformaron a esos temas en hits de alto impacto. En menos de diez años, Sebastián también se había transformado en ídolo para muchos habitantes de Buenos Aires y su enorme conurbano.
Precisamente allí era donde se estaba gestando la movida bailantera que, en los años noventa, reemplazaría al esplendor rockero como fábrica de canciones de moda. En ese sentido, Sebastián había sido un adelantado en esa fragua que proponía estribillos pegadizos y rítmicas sólo aptas para el baile. Junto a nombres como Alcides, Ricky Maravilla, Pocho La Pantera o Gladys La Bomba Tucumana, el cordobés encajó a la perfección en esa nueva tendencia que tuvo su mayor vidriera televisiva en el “Ritmo de la noche” de Tinelli y en el “Pasión tropical” que consumía largas horas de la programación del canal América.
A finales de esa década, el cuarteto llegaría a su máxima popularidad nacional con el surgimiento y apogeo de la figura de Rodrigo, el Potro, un cantante que hizo valer su enorme carisma para ganarse el corazón de las multitudes. Emergente del universo de la bailanta, Rodrigo practicó un retorno al cuarteto característico, pero decantó la simpleza de ese sonido a través de su arrolladora presencia en vivo, que funcionaba como un imán irresistible para el público. No cuesta mucho ver a Sebastián como el antecedente justo y necesario de ese fenómeno tan impresionante como efímero, que llevó al cuarteto a su cenit.
El jueves pasado, cerca de la medianoche, la noticia del fallecimiento de Sebastián conmovió no sólo a la escena musical cordobesa, sino a la de todo el país. Y ese detalle, que puede sonar mínimo en comparación con la tragedia que implica cualquier muerte, es el que explica la trascendencia del nombre de esa figura controvertida y extrovertida que reinó durante por lo menos veinte años en el competitivo segmento de los que hacen bailar. De los que pretenden alegrarle la vida a quienes, ante las angustias existenciales, responden moviendo el cuerpo al ritmo de una canción.