Deseos imaginarios de Frigerio provocan nervios reales en UCR

No se puede culpar a Frigerio por razonar como si la realidad geográfica que lo circunda fuera la norma en la Argentina.

Por Pablo Esteban Dávila

frigerio-schiarettiAlgunos encumbrados radicales cordobeses, que todavía tienen la costumbre de leer el diario en papel, quedaron al borde de un ataque de nervios ante un reportaje publicado en la edición dominical de Clarín. –“Nuestro ADN está conformado con dirigentes de distinta extracción política, dentro de los cuales los peronistas tienen un espacio muy importante (…) Convocar a los peronistas que quieran un cambio sería una muy buena decisión”. Las palabras eran de Rogelio Frigerio (n), el ministro del Interior de Mauricio Macri y uno de sus funcionarios con mayor reputación. Pronto comenzaron los llamados. “¿A qué se refiere Rogelio?” “¿De qué peronistas habla?” “¿Se está refiriendo a Schiaretti?”. Todos querían saber de qué se trataba aquél mensaje, que de cifrado tiene poco.
El nerviosismo se explica fácilmente. Como máximo, el macrismo cordobés puede aspirar a cuatro diputados nacionales en las próximas elecciones. Los radicales pretenden conservar el mismo número que renuevan, esto es, tres escaños. El PRO se considera con derecho a dos bancas (Héctor “la Coneja” Baldassi termina su mandato en diciembre próximo) y el juecismo reclamará, con total seguridad, una posición expectable. Demasiados aspirantes para tan pocos lugares. Si a esta disputa se le sumara un peronista extrapartidario –como podría inferirse de una lectura lineal de los dichos de Frigerio– el hacinamiento de pretensiones sería equiparable al que se verifica en la favela de Rocinha.
Otros conductores, más estratégicos, se preguntan si, detrás de la volición frigerista, no existe una pretensión global por sincerar el alineamiento del gobernador de Córdoba con el gobierno nacional. –“Seamos realistas”, se alivian unos a otros; “ningún peronista de renombre se plegaría dentro de un espacio en donde el radicalismo es franca mayoría. A Macri sólo le sirve Schiaretti”. Esta certeza opera como un consuelo, dado que, en este supuesto, una apuesta en tal sentido sería a todo o nada, y que precisamente nada es lo que creen que ocurriría de formularse seriamente. Sucede que la magnitud del desafío es tan grande que los riesgos para quienes decidan jugar lo tienden al infinito.
Además, quedaría para discutir el formato de un acuerdo semejante. ¿Sería una lista única, mixturada por gente de Unión por Córdoba y por radicales y macristas? ¿José Manuel de la Sota formaría parte del entendimiento? ¿Quién sería el líder de esta armada tan variopinta? Demasiados interrogantes, algunos decididamente esotéricos, para considerar viable a la alternativa.
Sin embargo, y a nivel nacional, las principales espadas de Cambiemos (quizá con la única excepción de la inefable señora Carrió) creen a pie juntillas que sumar algunos peronistas traería prestigio y beneficios al oficialismo que integran. De hecho, muchas de ellas provienen de aquél partido. Frigerio, por caso, fue funcionario de Carlos Menem y se mostró con el expresidente hasta en fechas tan tardías como en abril de 2003. Emilio Monzó no sólo fue intendente por el PJ en la ciudad de Mercedes sino que incluso fungió como ministro de Agricultura de Daniel Scioli en lo peor de la crisis con el campo. Eduardo Amadeo, un lúcido diputado al servicio del presidente, tiene una inocultable prosapia peronista, en tanto que Cristian Ritondo (hombre clave en el gabinete de María Eugenia Vidal) es capaz de cantar la marchita, voz en cuello, como el mejor. Es inevitable, por consiguiente, que la rama pejotista del macrismo pretenda sumar a otros de su extracción a la entente de gobierno.
Ahora bien; ¿a quiénes esperan? No es una pregunta retórica. Si se repasa la geografía nacional, no son muchos los distritos en que el justicialismo (que, recuérdese, gobierna la mayoría de las provincias) esté dispuesto a jugar a cara lavada en favor de la Casa Rosada. Daría la impresión que Frigerio piensa, casi en forma excluyente, en la región bonaerense y en la ciudad de Buenos Aires, territorios en donde el peronismo se encuentra todavía fragmentado entre sus versiones “tradicionales” y las kirchneristas. El precedente de Carlos Reutemann, que se jugó por Macri aún antes de las elecciones presidenciales, no parece servir de actual referencia a otros dirigentes de su calado en el interior.
No se puede culpar al ministro del Interior por razonar como si la realidad geográfica que lo circunda fuera la norma en la Argentina. Escapar de la matriz impuesta por los Kirchner durante doce años es difícil, especialmente cuando el grueso de las distorsiones, sea en planes sociales como en subsidios de toda laya, se concentran en la estratégica región del conurbano bonaerense y de la Capital Federal. De alguna manera muy práctica, la política Nac & Pop hizo girar al país en torno a este punto gravitacional, el único realmente decisivo para la Nación electoral. Es comprensible que Frigerio, víctima de este condicionante mental, no prologue sus expresiones diciendo que, en términos estrictos, se refiere a la cooptación de la diáspora peronista generada por la implosión del proyecto de Cristina y sus sicofantes en la provincia de Buenos Aires y sus alrededores.
Además, y aunque sea un consuelo de tontos para Cambiemos, la actual situación del país no parece ser la propicia para sugerir migraciones masivas hacia el oficialismo. La economía, no obstante que parece balbucear signos de reactivación, todavía no muestra el vigor pronosticado para el segundo semestre del año pasado, en tanto que la situación social es lo suficientemente precaria como para que muchos peronistas se sientan más cercanos al reclamo justiciero de su origen político que a un gobierno al que algunos tildan (en forma inexacta) como proclive a los ricos. La paráfrasis es inevitable: “Frigerio propone, pero la realidad dispone”. Cambiemos tiene abierto el libro de pases, pero los anotados del PJ son menos que las vacantes disponibles.
Estas circunstancias hacen que las expresiones del ministro sean equiparables a buenos deseos de difícil cumplimiento. Pero no se lo puede tildar de ingenuo por proferirlas; hasta cierto punto, está obligado a insistir con el asunto. Tener peronistas genuinos dentro del armado oficial es una coartada de sensibilidad social y de astucia política, atributos que a los radicales no les sientan del todo y que a los outsiders del PRO no les sientan en absoluto.
Mal que le pese a la UCR local, mensajes como estos se repetirán demasiadas veces, no obstante que con relativa eficacia. Al menos por ahora no hay motivos para ponerse nerviosos; bastante ya tienen los radicales mediterráneos, obsesionados como lo están con el recuerdo del bipartidismo perdido, la molesta irrupción de árbitros de futbol y a la insoportable sociedad con Luis Juez, como para preocuparse, encima de todo eso, por los deseos imaginarios del ministro más político del gobierno nacional.