La UCR pide cancha (y el PRO la ayuda)

El radicalismo ha colaborado en general sin chistar con los proyectos de la Casa Rosada, pero también es justo reconocer que muchas leyes han sido aprobadas gracias a la buena voluntad de la oposición peronista, con la invariable excepción del kirchnerismo.

Por Pablo Esteban Dávila

UCR-PROPese a que Jorge Asís define a la administración de Mauricio Macri como “el tercer gobierno radical”, los hechos no parecen ser del todo consistentes con el axioma. Es cierto que hay radicales integrando el gabinete y que muchos legisladores de esta extracción son tenaces defensores del presidente pero, en propiedad, es difícil hablar de un gobierno de coalición, mucho menos de uno cuyo gentilicio sea el del centenario partido. Para que ello sucediese debería existir una explícita distribución de ministerios entre los aliados y una mesa política que fungiera como articuladora de las grandes políticas a implementarse. Como todo el mundo sabe, tal cosa no existe. Macri gobierna a la usanza tradicional argentina, rodeado por funcionarios de confianza y decidiendo conforme a su personal estilo de ejercer el poder que, por cierto, es infinitamente más amigable que el de su predecesora Cristina Fernández.
Esta es una realidad que, en la UCR, se vive como un drama existencial. Su dirigencia celebra que, luego de 15 años en el llano, el partido forme parte de un oficialismo nacional, pero se lamenta acerbamente que, en términos estrictos, la fuerza sea un componente no decisivo dentro del esquema de toma de decisiones de la Casa Rosada. Tampoco es menor que, en la relación con el poder, haya radicales de primera y otros de segunda. Macri dispensa a aquéllos una cálida relación de amistad y de confianza, pero ignora las prevenciones institucionales de los demás. Cambiemos es un acuerdo cimentado entre ciertos afectos personales, pero aún dista de tener una dimensión estructural que le asegure la estabilidad necesaria como para conjurar los peligros que rodean a cualquier gobierno en la Argentina.La aspiración de gran parte de la UCR estriba en que Cambiemos debe quitarse el mote de alianza electoral para transformarse, en lo sucesivo, en una efectiva coalición de gobierno.
Esta fue la certeza que campeó durante el encuentro que el radicalismo nacional mantuvo en la localidad de Villa Giardino el viernes pasado. Los debates terminaron en un documento que, en su parte conclusiva, sostiene que “más Cambiemos es mejor para la República” mientras que “más radicalismo es mejor para Cambiemos”. Invertido, el silogismo postula que el radicalismo es esencial a la república, y que el PRO no debería ignorar este hecho. El reconocimiento consistiría, convenientemente, en el otorgamiento de más cargos y de mayores niveles de responsabilidad en el Poder Ejecutivo para los cuadros tocados con la boina blanca.
Nada de esto es un misterio, pero el dato de que el gobierno se encuentre pasando por dificultades objetivas agranda los deseos de participación de la UCR como bloque. El hecho que aquellos aprietos se originen en el innegable amateurismo que abunda en importantes funcionarios nacionales agiganta el llamado al deber de un partido que históricamente se ha caracterizado (a veces hasta el paroxismo) por su afición al debate político.
Uno de los dirigentes más entusiasmados por este reclamo es el intendente Ramón Javier Mestre, quizá el radical de tierra adentro con mayor poder individual dentro del partido nacional. Aunque no es un interlocutor privilegiado del presidente, no imagina su futuro político sin el acompañamiento del PRO. Impedido de buscar una nueva reelección, sabe que su futuro pasa por la gobernación provincial y que, para lograr este objetivo de por sí complejo, necesita del concurso del macrismo. Esta convicción probablemente lo aliente a dedicar algún párrafo sobre la necesidad republicana de fortalecer a Cambiemos en su discurso de inauguración de las sesiones del Concejo Deliberante y, de paso, mostrarse como el macho alfa de la coalición en Córdoba.
Si esto ocurre, el PRO celebrará silenciosamente la referencia del Intendente. El partido amarillo podría decir lo mismo que afirma el radicalismo sobre la Casa Rosada en su relación con el gobierno local. En ningún momento Mestre ha sentado en su mesa chica a sus socios, allende del hecho que su vice sea un hombre designado por Macri en persona. Para muchos macristas su contribución a las decisiones municipales sigue siendo un tema pendiente y viven tal minusvalía como un complejo de inferioridad. Vis a vis, si Mestre declama públicamente su pasión por Cambiemos, debería revisar el tipo de vínculo que mantiene con su aliado en la ciudad que gobierna.
El presidente, por su parte, también tendrá una oportunidad para mostrar su afecto por el radicalismo en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso. A su frente estarán espadas legislativas indispensables para el oficialismo, Mario Negri entre las más connotadas. La ocasión hasta podría ser poética: mirándolos alternativamente a los ojos, Macri podría agradecer el aporte de los legisladores de extracción radical para sostener sus grandes políticas, exagerando su buena estrella por poder liderar una coalición que está transformando al país. Si así lo hiciera estaría respondiendo con hidalguía al documento de Villa Giardino e insuflando esperanzas a la UCR de que, en el futuro próximo, podría integrarse más simbióticamente a las estructuras de la administración.
Pero tal vez sea pedir demasiado. El primer mandatario no puede, en su actual posición, lisonjear a los radicales sin hacer algo parecido con los peronistas de diversas extracciones que, cada cual en diversas proporciones, podrían ayudarlo durante el año legislativo que comienza. Es una situación incómoda. El radicalismo ha colaborado en general sin chistar con los proyectos de la Casa Rosada, pero también es justo reconocer que muchas leyes han sido aprobadas gracias a la buena voluntad de la oposición peronista, con la invariable excepción del kirchnerismo. Si Macri opta por agradecer “urbi et orbi”, la UCR podría continuar con su lamento de ser el convidado de piedra dentro de Cambiemos; no obstante, si se focalizara exclusivamente en ponderar a sus socios, el presidente correría el riesgo de ser maltratado por aquellos que, aún con sus dimes y diretes, tienen en sus manos la conformación de las mayorías circunstanciales que requerirán las iniciativas del Poder Ejecutivo.
Ocurra lo que ocurra, Macri ya no puede reclamar a sus socios que confíen ciegamente en sus intuiciones. Los errores no forzados que el gobierno ha protagonizado en los últimos meses le han hecho perder prestigio, y los radicales están ávidos por mostrar que, si hay algo que ellos saben hacer, es política. La UCR pide cancha, y el PRO no ha hecho otra cosa que darle las excusas adecuadas para franquearle el reclamo. Villa Giardino ha sido el comienzo del ajedrez que, en adelante, se jugará dentro de la entente oficialista.