Vástagos de Parménides

Populismo e Izquierda Nacional. Nota VIII.

Por Daniel V. González

paz-vargas llosaAnte la evidencia del derrumbe del socialismo, ¿qué actitud asumieron los intelectuales que durante décadas habían bregado y pronosticado la llegada de un mundo pleno de justicia y libre de padecimientos?
Algunos, los menos, tomaron nota y corrigieron sus expectativas, sin ahondar demasiado en las causas de la debacle. Rectificaron sus pronósticos acerca del futuro y terminaron aceptando la existencia de problemas que antes, aunque contaban con evidencias claras, no estuvieron dispuestos a admitir. Quizá el más notable de todos ellos haya sido el historiador británico Eric Hobsbawn, que publicó un libro valiente con muchas reflexiones y rectificaciones de puntos de vista que había sostenido a lo largo de muchos años.
Antes, incluso cuando el desastre todavía no era evidente sino que, por el contrario el socialismo exhibía una gran solidez, ostros intelectuales notables como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Jean Francois Revel, Jorge Edwards, Jorge Semprún, Francois Furet y varios más, que originariamente habían adherido a ideas socialistas, giraron hacia la crítica enérgica y luego adoptaron posiciones cercanas o plenamente liberales. Furet explicó en El pasado de una ilusión, la particular fascinación que la idea comunista ejercía sobre los intelectuales y también lo inevitable de su supervivencia contra toda evidencia de su ineficacia.
En el caso de la Argentina y América Latina, sin embargo, particulares circunstancias alimentaron nuevamente la ilusión acerca de la pertinencia del socialismo y su pertinencia para dar solución a los problemas económicos de la región, a la vez que eliminar la pobreza, flagelo endémico y secular que siempre nos ha conmovido.
Cierto es que en la Argentina y otros países de la región,el otrora robusto Partido Comunista se extinguió y la propia Cuba debió esforzarse para sobrevivir tras cesar el ingreso de fondos de la URSS. Pero no fueron pocos los que atribuyeron el hundimiento a circunstancias específicas, a errores de implementación o a meras desviaciones del modelo original. De esta posición confortable, entonces, nada había para revisar ni para reformular. La “burocracia soviética” había sido la responsable de todo y el problema se remontaba al triunfo de José Stalin sobre León Trotsky tras la muerte de Lenin, allá por los años veinte del siglo pasado. Ello había consolidado la idea del “socialismo en un solo país” y deformado el sentido primigenio de la revolución de 1917.
Otros (Hobsbawn entre ellos), retoman la idea del “error” que significó la pretensión de instalar el socialismo en un país tan atrasado como la Rusia de la autocracia zarista. Esta objeción, ya hecha por Plejanov en forma concomitante con los hechos, ahora es recordada como una idea válida para explicar los acontecimientos que se desencadenaron a partir de 1985/1989.
El ministro de economía de Argentina durante el último gobierno de Cristina Kirchner intentó explicar el fracaso de la planificación socialista por la falta de elementos técnicos para llevarla a cabo. Con una planilla de Excel, dijo, el destino soviético hubiese sido otro.
Todas estas argumenaciones buscan, en definitiva, salvaguardar el “corpus” esencial del marxismo, al que le continúan reconociendo potencia y razón en el análisis del capitalismo. Esquivan abordar los dos temas centrales del fracaso: ausencia de libertades individuales y democracia política, por un lado, y eficiencia económica, por el otro.
En la Izquierda Nacional, el hundimiento soviético no provocó mayor impacto. En ese momento, el partido de Abelardo Ramos estaba comprometido en el apoyo y, en algunos niveles no decisivos, la gestión del gobierno de Carlos Menem. Muchos habían abandonado el movimiento en razón de que rechazaban apoyar a un gobierno que estaba haciendo lo contrario de lo que la Izquierda Nacional había propuesto desde su fundación. Menem estaba encarando con firmeza privatizaciones, desregulaciones, acercamiento a los EEUU, etc.
Otros continuaban adhiriendo al partido pero algunos de ellos lo hacían con muchas dudas, a regañadientes. Era razonable: las políticas de Menem eran difícil de tragar para quienes se habían identificado históricamente con el nacionalismo económico, la lucha contra los EEUU, la defensa de la propiedad pública y el rechazo a las privatizaciones.
El propio Abelardo Ramos fue quien tomó en sus manos la explicación de la necesidad de un cambio en los puntos de vista tradicionales de la Izquierda Nacional. Ante quienes le reclamaban que treinta años atrás, había escrito cosas no sólo distintas sino opuestas a las que ahora sostenía, Ramos respondía, enojado: “¡No somos vástagos de Parménides!”, en alusión a la resistencia a abandonar, tras varias décadas, puntos de vista que se habían verificado equivocados.
El hundimiento del mundo socialista no terminó de ser aceptado en toda su extensión e implicancias por la dirigencia de la Izquierda Nacional. Jorge E. Spilimbergo, que varios años atrás había fundado su propio partido, entró en una profunda depresión que duró hasta su muerte en 2004. Jorge Abelardo Ramos, pese a su amplia disposición a repensar una y otra vez sus puntos de vista, aún hacia el final de sus días en 1994 atribuía al socialismo soviético la aptitud de haber sacado del atraso a la antigua Rusia de los zares y haberla llevado al mundo moderno.