Los setenta, años de balas y sangre

Populismo e Izquierda Nacional. Nota IV

Por Daniel V. González

MontonerosLos aires que se respiraban en los setenta eran de convulsión, de cambios inminentes, los que habían leído algo de marxismo decían que estaban dadas las “condiciones objetivas” para la revolución.
Como ya describimos, en esos años muchos jóvenes no teníamos dudas de que en un futuro más o menos inmediato, era el socialismo el sistema social que predominaría en todo el mundo. Teníamos la certeza de que los acontecimientos marchaban hacia allí. Y las ideas más difundidas en todo el mundo, incluso las de las propia Iglesia católica, convergían en esa dirección.
En la Argentina la política giraba en torno de Perón y su probable regreso al país. Tras el golpe cívico-militar de 1955, las Fuerzas Armadas no habían logrado solucionar el problema del peronismo, al que mantenía en la proscripción desde 1955. Todos los intentos de incorporarlos a la vida democrática habían terminado mal ya que el peronismo se empeñaba en ganar todos los comicios en que le permitían participar. Las FFAA aguardaban la muerte natural de Perón, como una solución aceptable a la encrucijada en que se encontraban. Ni los gobiernos de Arturo Frondizi y Arturo Illia pudieron sobrevivir a la anomia que aportaba la proscripción del peronismo.
Juan Domingo PerónLa novedad era la irrupción de grupos guerrilleros que comenzaron a matar militares, sindicalistas y empresarios prominentes. Tras la toma de la localidad cordobesa de La Calera y el secuestro y asesinato del General Pedro Eugenio Aramburu, la guerrilla comenzó a afianzarse y a extender su influencia entre los estudiantes y la Iglesia.
Alentados por Perón desde Madrid (“formaciones especiales”, “juventud maravillosa”) los Montoneros se transformaron en una suerte de vanguardia en la movilización por el regreso de Perón a la Argentina. A través de Montoneros, muchos jóvenes de clase media, principalmente estudiantes, se incorporaron al peronismo y a la lucha política. La influencia de Cuba y la imagen del Che Guevara presidían la rebelión juvenil.
Sin otra salida, acosado por movilizaciones como el Cordobazo y por los atentados perpetrados por la guerrilla, el gobierno de Alejandro Lanusse decidió llamar a elecciones. Lo hizo con la prohibición de que Perón fuera candidato y con la esperanza de que el ballotage, estrenado para los comicios del 11 de marzo de 1973,significara la derrota del candidato peronista.
Héctor Cámpora, el candidato designado por Perón, se rodeó de numerosos militantes provenientes de las nuevas corrientes juveniles, inclinadas hacia la guerrilla, que habían cobrado fuerza en el peronismo de los últimos años.
El regreso de Perón, lejos de consagrar la paz y quitar motivo para la continuación de la lucha de la guerrilla, planteó las disputas en otro nivel. Cámpora afectaba distracción acerca de la verdadera fuente de su poder. Perón forzó su renuncia y la convocatoria a nuevos comicios. La izquierda peronista, que resultaba así desplazada del poder, juzgó la pretensión de Perón de ser candidato como un “golpe de la derecha”. El 23 de septiembre y tras un mes y medio de gobierno de Cámpora, Perón fue elegido con el 62% de los votos. Era la carta de esperanza de paz en una sociedad donde la violencia se había instalado.
Ahora, se pensaba, ya no había motivos para continuar ejerciendo la violencia pues el objetivo había sido logrado: Perón regresó, se hicieron comicios libres y fue elegido presidente. La lucha se había coronado con una victoria legítima: a través de las urnas. Los guerrilleros debían guardar sus armas pues reinaba la democracia en el país y el viejo líder había regresado de su exilio y había conquistado el poder por una amplia mayoría de votos, en elecciones transparentes e inobjetables.
Pero eso no ocurrió: apenas dos días después de la contundente victoria de Perón, Montoneros asesinó al secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci y decide continuar la lucha armada contra el gobierno de Perón, al que acusaba de haberse rodeado de “gorilas”. El ERP, por su lado, que nunca había cesado en sus atentados continúa también con las acciones terroristas. Perón promete exterminar uno a uno a los guerrilleros.
El clima era irrespirable. Tras la muerte de Perón, la caída de Isabel se vivía como algo inevitable. Cuando finalmente llegó, en marzo de 1976, la sociedad argentina lo vivió como un alivio a la situación de tensión y violencia que se había instalado. Toda la prensa de la época refleja esta situación.
Algo que resulta difícil de creer hoy es que, en sus primeros años y podría decirse que hasta la derrota en Malvinas, el gobierno militar contó con un consenso tácito o explícito de amplias franjas de la sociedad argentina. Esta es una dura realidad que no termina de ser asumida por los argentinos.