Las ideas de la Iglesia

Populismo e Izquierda Nacional. Nota III.

Por Daniel V. González

papas-iglesiaAl panorama de las ideas y valores que sobrevolaban durante los años 60 y 70, se añade el pensamiento de la Iglesia Católica. Hacia fines de 1965 finalizó el Concilio Vaticano II, cuyas conclusiones y espíritu insuflaron nuevos aires a la Iglesia y reorientaron su acción pastoral vinculándola de un modo más firme a los avatares de la realidad social y muy especialmente a los acontecimientos de la sociedad latinoamericana.
Este período está signado por la presencia de Pablo VI, su antecesor Juan XXIII había muerto en 1963, a poco de convocar al nuevo Concilio. El rasgo esencial de las ideas católicas de esos años es la denuncia de la brecha existente entre países ricos y países pobres, a la vez que la advertencia severa acerca de los peligros que esta situación implicaba para la paz mundial.
Así, en la Constitución Apostólica Gaudium et Spes, que fue el principal pronunciamiento social del Concilio, se insiste en estas ideas:
“Cada día se agudiza más la oposición entre las naciones económicamente desarrolladas y las restantes, lo cual puede poner en peligro la misma paz mundial”.
Y agrega: “Hoy más que nunca, para hacer frente al aumento de población y responder a las aspiraciones más amplias del género humano, se tiende con razón a un aumento de la producción agrícola e industrial y en la prestación de los servicios. Por ello hay que favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación, el afán por crear y ampliar nuevas empresas, la adaptación de los métodos productivos, el esfuerzo sostenido de cuantos participan en la producción, en una palabra, todo cuanto puede contribuir a dicho progreso”.
Como es tradicional, la Iglesia también en toda esta etapa se distancia tanto del socialismo como del capitalismo liberal.
En este período de Paulo VI, cuyo magisterio se extiende desde 1963 hasta 1978, años clave de la efervescencia social y política en América Latina, la Iglesia produce dos Cartas Encíclicas sociales muy a tono con el espíritu de rebelión que predominaba durante esos años: la Populorum Progressio(1967) y la Octogesima Adveniens (1971), en la que se conmemoran los 80 años de la Rerum Novarum de León XIII (1891).
En ellas, se insiste de manera enfática en la necesidad de salvar la grieta existente entre países desarrollados y países subdesarrollados, a la que se finca como la probable causa de quebrantamiento de la paz mundial. En tal sentido, la Iglesia suscribe plenamente las ideas del “deterioro de los términos de intercambio”, impulsadas por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina, de la ONU) y su presidente, el argentino Raúl Prebisch. Estas ideas explicaban el retraso relativo de los países subdesarrollados por su condición de meros productores y exportadores de materias primas, alimentos y combustibles, a la vez que clamaba por su industrialización.
Pero ya la Iglesia comienza a advertir sobre la insurrección revolucionaria, a la que justifica únicamente “en caso de tiranía evidente y prolongada”.
Eran años en que la revolución cubana intentaba expandirse por toda América Latina, sembrando violencia. No sólo eso: también en el propio seno de la Iglesia había surgido la Teología de la Liberación, que incentivaba el “compromiso” de los sacerdotes con los pobres y la lucha revolucionaria en América Latina.
Esta corriente se fundaba en el libro de ese nombre del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez y arrojó a muchos religiosos a la lucha violenta. En la Argentina cobró cuerpo en el grupo de Sacerdotes por el Tercer Mundo, que colaboraron activamente con los grupos terroristas de los años setenta.
Pablo VI no ignora el peligro que amenaza a la Iglesia y da el debate contra estas tendencias revolucionarias: “La apelación a la utopía es con frecuencia un cómodo pretexto para quien desea rehuir las tareas concretas refugiándose en un mundo imaginario. Vivir en un futuro hipotético es una coartada fácil para deponer responsabilidades inmediatas”, dice en su Encíclica Octogesima Adveniens.
Reconoce sin embargo que los cristianos se sienten atraídos por las corrientes socialistas y da el debate contra el marxismo, que es la ideología que preside las rebeliones violentas en toda América Latina.
En 1968 se realiza en Medellín (Colombia) la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. En su documento final puede verse con claridad las ideas y los tonos que predominaban durante esos años en la región.
“(…) estamos en el umbral de una nueva época histórica de nuestro continente, llena de un anhelo de emancipación total de liberación de toda servidumbre… Percibimos aquí los preanuncios en la dolorosa gestación de una nueva civilización”, dice el documento final.
Países ricos, países pobres es el centro del debate en esos años en que aparece con fuerza la idea de la unidad de América Latina para enfrentar a quienes la mantienen en el atraso y la miseria. Sin esta unidad, vaticina, “no logrará liberarse del neocolonialismo a que está sometida”.
Desde el Vaticano, Pablo VI intenta moderar este impulso que lleva a la violencia. Años después, Joseph Ratzinger publicará un fuerte documento en el que apunta a la Teología de la Liberación. Jorge Bergoglio, joven aún, se alinea con el pensamiento más moderado.