Aquella reunión cumbre

A veinte años de la actuación de Mercedes Sosa junto a Charly García en el Festival Nacional de Cosquín, tanto el folklore argentino como el rock nacional atraviesan por estos días una etapa en la que no se vislumbra una dirección concreta hacia la que se encaminen sus pasos.

Por J.C. Maraddón
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ilustra-sosa-y-garciaMucho antes de que Palito Ortega le diera refugio e iniciara con él un vínculo al que no todos comprendieron, Charly García se había aficionado al madrinazgo de Mercedes Sosa, una artista indiscutida que lo bancó en todas las paradas y que estuvo siempre a su plena disposición. De esa asociación, además, surgieron producciones sonoras trascendentales, que supieron traducir en canciones el afecto que se profesaban. Y ese sentimiento también se patentizó en conciertos, entre los que quizá el de mayor significación se haya dado hace exactamente 20 años, cuando se presentaron juntos en el marco del Festival Nacional de Folklore de Cosquín.
Fue en ese año, en 1997, cuando más lejos llegó la apuesta de la extraña pareja, la culminación de un vínculo que había comenzado allá por los años sesenta, en la casa familiar de Charly. El padre del ídolo rockero trabajaba como productor televisivo y, en sus tareas cotidianas, había establecido vínculos con algunas figuras del folklore. El hogar de los García era así frecuentado por algunos de los representantes del movimiento renovador de la música nativa, como por ejemplo Ariel Ramírez, Eduardo Falú y Mercedes Sosa, quienes descubrieron que el niño de la casa, futura estrella de la canción, tenía oído absoluto.
Después, los caminos se bifurcaron y no sólo estilísticamente. Mientras Charly se consagraba con Sui Géneris y se embarcaba en su madurez interpretativa con La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán, la cantante tucumana radicalizaba su compromiso político y sufría las amenazas de la Triple A, que a la postre la condujeron a tomar la decisión de exiliarse. Recién a comienzos de los ochenta, cuando Mercedes Sosa regresó a la Argentina, las cosas se pondrían a punto para que fuese ella la encargada de amalgamar dos estilos que hasta ese momento habían vivido separados.
Comenzó entonces un proceso de acercamiento mutuo: mientras León Gieco, Fito Páez y hasta Gustavo Cerati, entre otros, citaban al folklore argentino en algunas de sus composiciones, del otro lado se desataba una irrefrenable tendencia de ciertos folkloristas a incorporar elementos del universo rockero, una avanzada que sobre todo se hizo más evidente en los cultores de la chacarera, un ritmo proclive a esa mixtura. Durante la segunda mitad de los años ochenta y la primera de los noventa, este alineamiento creció en cantidad y calidad, hasta derivar en la simbiosis de grupos como Divididos o Arbolito.
La actuación de Charly en el Cosquín folklórico, como invitado de la popular cantora, representó la máxima expresión de esa sociedad que se había gestado casi sin pensarlo en la casa de los García. Y se plasmó en ese mismo año ’97 en un disco que se llamó “Alta fidelidad”, donde la voz de Mercedes Sosa repasa piezas exquisitas del repertorio de su protegido, junto a aliados como Andrés Calamaro, Luis Alberto Spinetta o Nito Mestre. Con el propio Charly al comando del proyecto, en el que trabajó de manera desenfrenada, el álbum marca uno de sus últimos impulsos creativos resonantes.
A veinte años de aquel dueto magnífico y tras la muerte de Mercedes Sosa en 2009, tanto el folklore argentino como el rock nacional atraviesan por estos días una etapa en la que no se vislumbra una dirección concreta hacia la que se encaminen sus pasos. Y, sin embargo, el legado de tantos intentos de sincronía se percibe como vigente, cada vez que una guitarra eléctrica aúlla en una zamba y cada vez que un rockero apela al género nativo para expresarse. De hecho, el nombre de Cosquín es hoy el que tanto unos como otros citan como marca registrada para mostrar sus virtudes ante el público.