Nuevas definiciones de Francisco (Nota II)

De una organización como la Iglesia puede esperarse que sus definiciones contengan una razonable cuota de amplitud e incluso de ambigüedad cuando hace referencia a temas de la política y la economía.

Por Gonzalo Neidal
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2016-01-22_FRANCISCODe una organización como la Iglesia puede esperarse que sus definiciones contengan una razonable cuota de amplitud e incluso de ambigüedad cuando hace referencia a temas de la política y la economía. Por su carácter ecuménico, la diversidad de pensamientos, psicologías nacionales y sectores sociales que representa, sus definiciones tienden a ser necesariamente abarcadoras. De hecho, la Iglesia siempre se ha cuidado de pronunciar sentencias tajantes en estos temas, que supongan un embaderamiento rígido y con permanencia en el tiempo. Más bien se define a través de los énfasis, los acentos, en consonancia con cada contexto histórico y político.
Además, siempre aclara que ella no da consejos técnicos en materia económica. Siempre oscila en la amplia franja que va de la condena al liberalismo, por ser despiadado, y el rechazo al marxismo y al sistema político y económico que supone: el socialismo. Pero con Francisco las cosas han cambiado. La prudencia en los pronunciamientos parece haber sido dejada de lado.
Hundido el socialismo, ha pasado a los primeros planos una suerte de versión vergonzante de él: el populismo. Éste avanza hasta donde pueda en la búsqueda de los mismos objetivos y con idénticos argumentos. Sólo hay que mirar hacia Venezuela para darse cuenta. Allí cuenta con las Fuerzas Armadas, lo que le otorga fuerza material para violar la constitución y permanecer en el poder más allá de toda legalidad.
Francisco centra su discurso económico y social en su oposición al liberalismo. Contra él dispara su munición más pesada. ¿Qué es el liberalismo? Para él, mucho más que una filosofía. Principalmente, una política económica a la que le atribuye la pobreza que reina en América Latina. Se trata, ciertamente, de un discurso inapropiado para estos años en que acaban de fracasar políticas populistas en toda la región.
Pero Francisco no se mete con el populismo. Y si lo hace es para defenderlo. O para valorarlo. En el reportaje de El País dice:
“… (populismo) es una palabra equívoca porque en América Latina el populismo tiene otro significado. Allí significa el protagonismo de los pueblos, por ejemplo los movimientos populares. Se organizan entre ellos… es otra cosa. Cuando oía populismo acá no entendía mucho, me perdía hasta que me di cuenta de que eran significados distintos según los lugares.”
Esta frase de Francisco no refleja la realidad. Aquí también la palabra “populismo” tiene una connotación crítica. Salvo para los populistas, que no la aceptan y que intencionadamente la mezclan y confunden con “popular”. Pero Francisco se cuida muy bien de cuestionar al populismo y achaca todos los males de América Latina al “liberalismo” porque, dice, no centra la economía en el hombre sino en el dinero que, como sabemos, es “el estiércol del diablo”.
En realidad, la ganancia, la voluntad de ganar dinero, es el eje de la economía capitalista. Pero son los hombres y mujeres los que trabajan, producen, compran, venden, invierten, emprenden, desarrollan, investigan, crean riqueza, contratan personal. Ha sido este sistema el que ha permitido sacar a millones de personas de la pobreza en todo el mundo.
Sin embargo, Francisco lo cuestiona. Pero lo hace sin proponer nada a cambio en forma explícita. Estamos lejos de suponer que su propuesta sea el socialismo, sistema hundido por la historia. Pero sus dichos sugieren que mira con buenos ojos lo que aquí conocemos por “populismo”, políticas como las implementadas en varios países de América Latina en la primera década y media de este siglo.
El Papa dice que “el liberalismo” obliga a la gente a emigrar. Y pone el ejemplo de México y los Estados Unidos. Podría mencionar a Cuba, a Venezuela. Pero no lo hace. Es como si el Papa estuviera forzando una interpretación de la realidad para hacerla encajar con sus preconcepto ideológicos, que parecen congelados en los años setenta.