No empujen

Durante la ceremonia de entrega de los premios American Music Awards, la cantante Selena Gomez reapareció luego de tres meses de ausencia y expuso públicamente los problemas que la han aquejado. Luego de que le diagnosticaron lupus, sufrió ansiedad, ataques de pánico y depresión.

Por J.C. Maraddón
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ilustra-selena-gomezNadie está preparado para ser una estrella musical. Por eso, es muy común que quienes acceden a esa categoría padezcan inestabilidades emocionales y sufran trastornos en su conducta, un proceso que se acentúa mientras más popular es el ídolo. En algunos casos, consiguen pilotear la situación gracias a su propia fortaleza o con la ayuda de la familia y del equipo de producción. Pero existen sobrados ejemplos de aquellos que no consiguen enderezar la dirección y que derrapan de mala manera, con la prensa del corazón espiando sus pasos y escrachándolos cada vez que se produce un desvío en su trayectoria.
Allá por los años sesenta y setenta, los músicos solían elegir los caminos prohibidos por decisión voluntaria. Era esa su manera de abominar lo establecido y de experimentar nuevas formas de idolatría, completamente distintas a las que se habían visto hasta ese momento. Los astros rockeros exponían virtudes y debilidades por igual, sin considerarse a sí mismos como ejemplos para nadie. Hacían lo que les venía en gana, porque la libertad era innegociable y había que disfrutarla con más entusiasmo y menos tapujos. Aunque esto pusiera en peligro la humanidad del intérprete que había optado por llegar al extremo en su libre albedrío.
No pocas muertes por sobredosis signaron esa época en la que también era habitual que ciertos genios del arte sonoro llegaran hasta el borde de la locura, para otras veces cruzar esa frontera y no regresar nunca más. Valga la paradoja, tanto estos desequilibrios psíquicos como los excesos con alucinógenos eran valorados como signos de heroísmo por parte de los fans, que comentaban estos acontecimientos con una mezcla de sorpresa y admiración. En un tiempo en que los jóvenes renegaban de adaptarse a la sociedad, cualquier muestra de inadaptación podía ser saludada como un acto de valentía.
Las décadas pasaron y hasta los más reacios a sentar cabeza, optaron por entrar al circuito y hacer las piruetas que les solicitaba la industria. La rebeldía se transformó en una estrategia de marketing que posibilitaba llegar a los mercados menos permeables a la sociedad de consumo. El pop expandió su reinado hasta que en los ochenta el mundo cayó a sus píes y todo el negocio de la música giró a su alrededor como un trompo. Las rock stars de los sesenta que sobrevivieron, tenían ya un status social de millonarios y les quedaban pocas ganas de volver a las andadas.
Entonces, las fallas en el sistema de consagración dejaron de ser voluntarias. Los que se caían del éxito ya no lo hacían porque se pasaban de rosca, sino que defeccionaban por culpa de la presión que se ejercía sobre ellos. Chicos y chicas que casi no habían salido de la adolescencia, se convertían en el motor de empresas que invertían millones y de las que vivían cientos de personas. Una mochila que no todos estaba en condiciones de cargar y que terminó aplastando los sueños de aquellos que se desplomaban en el momento en que estaban por subir al pedestal.
La semana pasada, durante la ceremonia de entrega de los premios American Music Awards, la cantante Selena Gómez reapareció tras tres meses de ausencia y expuso públicamente los problemas que la han aquejado. Luego de que le diagnosticaron lupus, sufrió ansiedad, ataques de pánico y depresión, hasta verse impulsada a abandonar todo contacto con el exterior. Su caso es el ejemplo más actual de un síndrome que afecta a varias figuras jóvenes, a las que se les está complicando el balance entre la vida pública y la privada. Antes, irse al pasto era una decisión ética. Hoy, los que se despistan aducen haber recibido un empujón.