Mafalda llora a Fidel

Como todos sabemos, Mafalda conspira contra la sopa. La nena pega un alarido ante el plato odiado y exclama: “¡Alguien debería decir que a Fidel Castro le gusta la sopa!”.

Por Daniel Gentile

cuba-el-lder-histrico_502832-fidelComo todos sabemos, Mafalda conspira contra la sopa. La nena pega un alarido ante el plato odiado y exclama: “¡Alguien debería decir que a Fidel Castro le gusta la sopa!”. Nos está sugiriendo que si el enemigo número uno del capitalismo fuera amigo de su adversaria, ella sería redimida del horrible alimento. Nos está insinuando también que Fidel es casi un “innombrable”. Nada más falso. Ocurrida su muerte, Castro sigue gozando de una simpatía y veneración que resultarían incomprensibles si no estuviéramos al tanto de quiénes son los que promulgan el código de la corrección política y los que ejercen la policía del pensamiento contra los que lo infringen.
En otra reciente entrega del revival que en los diarios actuales protagoniza la famosa historieta, un bucólico jardinero con una expresión seráfica en la mirada resiste al mundo capitalista y burgués que lo rodea, mientras riega con amor las plantitas de su maceta. Es el papá de Mafalda, que escucha a lo lejos en el televisor una palabra que lo moviliza y le pregunta entonces a su hija si están hablando de plantas. “Sí –responde la niña- de plantas fabriles.” Y allí nomás, el remate, que quiere ser revolucionario y provocador: “¿Quién puede sentir simpatía por plantas que se riegan con dinero?”. La reflexión que cierra el chiste quedaba muy bien hace cuarenta y cinco años y hoy la suscribiría el Doctor Bergoglio, quien ha declarado que las empresas están para servir y no para producir ganancias.
Todos los personajes de la historia, excepto Manolito y Susanita -el malo y la tonta- son gente esclarecida, que “ha tomado conciencia” (para usar la jerga setentista) de que deben luchar contra el sistema que los oprime.
Me gustaría decirte algo, Mafalda: Te creería más si aceptaras una dieta rica en vitaminas y dejaras de mencionar a la ligera a un tirano sangriento, cuyo solo nombre, como el del Che Guevara, sólo evoca sangre, muerte y esclavitud, sobre todo para quienes tuvieron la desgracia de conocerlos y sufrirlos, no en las academias, en los libros, en las conferencias o en las tiras cómicas, sino en la cruda realidad que supieron entretejer y prolongar durante décadas, que ahora parecen tocar a su fin.
Nunca entendí por qué Mafalda llegó a sacar chapa de rebelde, de iconoclasta. No he conocido personaje más agradable al establishment. Siempre dijo lo que había que decir, lo que el lector quería escuchar o leer. Siempre pronunció las palabras que quedaban bien. Su lenguaje quiso ser revolucionario pero sólo le alcanzó para ser “fashion”. Habla a tono con la filosofía de su tiempo (los setenta), cuando no ser socialista estaba muy mal visto, aunque fuera, por cierto, un adorno más, y de muy buen gusto, para autodecorarse mientras vivíamos en el mundo capitalista que nos había tocado en desgracia. Mafalda fue siempre una subordinada obediente al código políticamente correcto de su época, que con variantes de forma pero no de fondo ha vuelto a tiranizarnos desde hace un par de décadas con una eficacia renovada.
Quino, gran dibujante y extraordinario humorista, es harto discutible como editorialista. Sería injusto y exagerado afirmar que su filosofía (o la de su personaje) marcó un tiempo. Fue exactamente al revés. La época marcó al personaje, que fue (y sigue siendo) como quieren que sea los que en la cúpula del mundo dictan clases de moral.
Así como no podemos bañarnos dos veces en las aguas del río de Heráclito, las aguas del río de Mafalda tienen el don de la inmovilidad, y más aún de la docilidad. Nos permiten sumergirnos y nadar cómodamente a favor de la corriente, que no está determinada por fenómenos naturales, sino por los dictados del Ministerio de la Verdad. Aquel que Orwell vaticinó y para su bien no alcanzó a padecer.
Es tan falso, tan poco creíble el personaje encarnado por esta simpática niña, que siempre tuve ganas de gritarle: “¡Si querés ser rebelde no te sumes al rebaño!” El auténtico rebelde es el que piensa por sí mismo y tiene el coraje de nadar contra la corriente, aunque ello a veces no resulte plácido ni agradable, pues choca contra la innata necesidad de aceptación que tenemos todos los seres humanos.
Mafalda no es una nena. Es una señora mayor disfrazada de niña. Es un travesti ideológico concebido para ser la voz del más rancio establishment. El que nos gobernó en buena parte de los setenta y el que aún hoy nos tiraniza. La dictadura de lo que hay que decir y de lo que conviene callar.
¡Qué distinta era “La pequeña Lulú”! ¡Ella y sus amigos Tobi y Memo! ¡Esos sí que eran niños inocentes y candorosos que vivían una infancia feliz sin sentirse obligados a adoctrinarnos!
Como Mafalda no se ha enterado de que Fidel Castro, además de encarnar una exitosa marca ideológica comercial, fue uno de los peores asesinos de la historia, mañana podrá dedicarle algún recordatorio lacrimoso en su tira. Señora, por favor se lo pido: Abandone su impostura de niña rebelde, bájese del púlpito de los predicadores ¡Y vaya a tomar la sopa!