Fidel, el deporte y Maradona

El líder cubano no mostró cualidades como atleta pero supo rodearse de figuras de su isla y del mundo también para generar simpatías.

Por Federico Jelic

la-habana-fidel-castro-c_502842-fidelFue el 8 de octubre pasado. Antes de morir, el líder de la revolución cubana Fidel Castro no pudo evitar ver al equipo nacional de fútbol de Estados Unidos disputar un partido en su jurisdicción, aunque a esta altura, por su delicado estado de salud, tampoco le pudo causar muchas incomodidades dialécticas. Además su régimen de cinco décadas se encontraba en misma sintonía de receso, de desgaste, no se trató de una traición a los ideales, sino más bien un modo simbólico de apertura a los tiempos que vienen, con sus vientos de cambio. Lo destacable quizás fue cuando al otro día el diario “Granma”, simil al diario de Irigoyen, no hubo falsedad de información ni omisión de la realidad. Los titulares cronicaban una victoria 2 a 0 del país norteamericano, tras casi 70 años sin enfrentamientos en La Habana, resaltando una especie de reconciliación deportiva.
“Lejos del enfrentamiento habitual entre hinchas, cubanos y estadounidenses se dedicaron a disfrutar del pedazo de historia que les reservó el fútbol. Cantaron juntos, se dieron ánimo y agitaron las banderas de los dos países. No sabemos si Fidel habrá querido esa comunión pero la historia hizo su parte. El resultado a esa altura es anecdótico.
De hecho Fidel no tuvo una estrecha relación con el deporte. Al menos, como practicante, más allá de que hay fotos visitando los partidos de Beisbol, deporte más popular de la isla. Incluso figura con casco y con el bate en sus manos, esperando la pelota. Pero no bateando un home run, por ejemplo. Su incidencia fue la implementación obligatoria en las escuelas, y amistades con celebridades que le pudieron servir o no para su propaganda.

Maradona y Fidel
Una sociedad de díscolos, de rebeldes con causa, de incómodos para el sistema. Diego Maradona supo construir con Fidel una relación casi de padre a hijo. Y por su naturaleza revulsiva es obvio que “Diegote” tendría más coincidencias y admiraciones con el líder cubano que con cualquier político, a pesar de que el astro mundial tuvo simpatías con todos y cada uno de los presidentes argentinos desde el arribo de la Democracia de nuestro país. Sin excepción.
De todas formas, su relación con Diego Maradona y las provocaciones en la previa del mundial de Estado Unidos ’94 lo tuvieron como hincha número 1 de Argentina. Diego ya era una amenaza y un dedo en el sector más impensado y deseado para las políticas norteamericanas de propaganda de un certamen que necesitaba su estela para brillar y facturar ante tamaña inversión.
“Fue la muerte que más me dolió después de las mis viejos”, espetó Maradona desde Zagreb, apoyando al equipo argentino de la Copa Davis, en la final ante Croacia. Fiel a su amigo, no ocultó la necesidad de salir a reivindicarlo.
Maradona hizo su tratamiento contra la obesidad en Cuba en 2004, por casi cuatro años, y eso terminó de sellar un pacto eterno, un acuerdo explícito, una relación de conveniencia que a su vez, le daría el sello al mejor del mundo para agigantar su perfil de rebelde. De hecho, un tatuaje del líder barbado lucirá por siempre en la mágica pierna izquierda del mejor de todos los tiempos, en su as de espada que lo llevó a la gloria y su único argumento por el cual hoy subsiste con honores Maradona. En su brazo izquierdo luce otro emblema de la revolución cubana: Ernesto Che Guevara, con tinta indeleble.Lo enseña a las multitudes cada vez que puede. El jefe del partido Comunista, más que agradecido.
¿Algo más? Si, cuando Maradona tuvo a cargo ese experimento televisivo en 2005, “La noche del 10”, supo tener al comandante de invitado, en un diálogo inusitado. En el otro programa que tuvo el 10, “De zurda”, junto a Víctor Hugo Morales, solo hablaron para desmentir la muerte de Castro, ante la ola de rumores que indicaban que no estaría vivo. Y lo estaba.
Eso sí, Fidel Castro de fútbol no sabía nada de nada. En la isla nunca tuvo popularidad, y por más que la imagen de Maradona inunda los pasillos de la famosa “Bodeguita del medio”, bar tradicional de La Habana vieja (famosa por ser sitio de inspiración del escritor y pensador Ernst Hemingway) esa veneración forma parte más de la admiración de los turistas que de los isleños (dicho sea de paso, no tienen acceso a la célebre taberna: 4 cucs o 4 euros cuesta un mojito tradicional, cantidad con la cual un cubano puede estar provisto de comida por cuatro días).
Fidel no sabía de tácticas, de esquemas 4-2-3-1, de “falso nueve”, presión alta, ley del off side, relevo, basculación, y demás conceptos. Pero sabía que ser amigo de Maradona y tener su admiración le serviría para ganar adeptos y cierta aceptación dentro de la fauna del deporte mundial. Es que por más que en las calles el deporte se practica amateurmente, no gozan de estructura ni soportes como para hacer sustentable cualquier tipo de proyecto.

Del beisbol y el boxeo
Lo que sí apoyaba y admiraba era al boxeo. De hecho, supo fomentar en los gimnasios la práctica de la actividad, al punto que Cuba mostró en los últimos años sobradas actuaciones de gloria, en Juegos Olímpicos como estandarte principal.
Y no nos referimos solamente al gran Felix Sabón, sino también al maestro Teófilo Stevenson, triple campeón olímpico, quien estuvo afiliado al partido comunista con vehemencia. De hecho, es famosa su trompada noqueadora a un cubano en New York, ingresando al Madison Square Garden, cuando osó insultar a Fidel.
Es que sus políticas también tuvieron incidencia en la formación deportiva. Y apostó fuerte en ese sentido, como imagen de ejemplo y también de propaganda de su régimen, cada cuatro años, en los Juegos Olímpicos y en competencias mundiales, tenía un referente.
El último de ellos fue el atleta Javier Sotomayor, considerado el más relevante de la historia en la disciplina de Salto en Alto. Como Stevenson, salió en todas las fotos con el barbado después de cada gesta deportiva.

Los Panamericanos, otro símbolo de victoria sobre el imperialismo
No podemos obviar los juegos Panamericanos en La Habana ’91. Emblemático dentro del deporte, fue la segunda vez que Estados Unidos se ve relegada del podio en la colección de medallas finales, cediendo ante un país que organizó los juegos con esa convicción y lo pudo lograr. Fidel Castro no pudo estar más orgulloso, justo en plena debacle de la Unión Soviética y los primeros meses del indecible “Período especial” en la isla. Un triunfo ante el imperialismo, más simbólico que otra cosa. Por curiosidad. ¿Saben cuál fue el otro país que supo vencer en el medallero final a los norteamericanos? Adivinó, Argentina en el ’51, como local, en tiempos del General Juan Domingo Perón. Muchas casualidades, ¿no?

Cuba y los mundiales
Fidel nunca se mostró interesado como política de estado con eso de clasificar a un mundial. Mejor dicho, “el” mundial de Cuba se consiguió en Francia ’38, con el mandato presidencia de Federico Laredo Brú, en una isla que ya comenzaba a mostrar fragilidades institucionales para dejar paso a lo que sucedió después.
En su única participación, encima se dio el gusto de ganar un partido. Empató 3-3 en el debut ante Rumania. En aquellos tiempos, el reglamento indicaba que se debía resolver con otro partido, al día siguiente, hasta que haya un ganador. Fue 2 a 1 para quedar en la historia. Claro, en la otra instancia lo esperaba Suecia, y bueno, más a tono con la realidad, cayó 8 a 0. Vale destacar que Cuba no disputó eliminatorias, se clasificó por abandono de sus rivales.
La última gran oportunidad que tuvieron los cubanos fue en la final por clasificar a la Copa América Centenario, en 2016, aunque perdieron la chance frente a Panamá. Mejor despedida hubiera sido para Fidel, con su Cuba jugando en territorio enemigo.