Del uniforme verde olivo al jogging Adidas

La muerte de Castro llega cuando también la revolución está moribunda y busca retomar cuanto antes –aunque con reticencias de la dirigencia socialista- el rumbo de oportunidades que establece una economía de mercado. Es una forma de volver al comienzo.

Por Daniel V. González

2016-11-28_fidel_castroLa muerte de un personaje importante del mundo político, sobre todo si ha sido longevo, nos tienta a reclinarnos en el sillón, entrecerrar los ojos, mirar hacia el infinito y decir, con aire de filósofo profundo, que “estamos presenciando el fin de una época”. Y luego, expulsamos el humo que tomáramos de una inevitable pipa y respiramos satisfechos, creyendo haber producido una sentencia histórica.
A diferencia de otros dictadores, Fidel Castro pudo presenciar el completo fracaso de su revolución y de su régimen. Pero no tomó nota de ello: prefirió hacerse el distraído. Estaba enamorado de su propia imagen, la del joven revolucionario barbudo que se sublevó contra un dictador sanguinario proponiendo la libertad y el progreso. Al cabo, instaló un régimen no menos sanguinario, donde la libertad y el progreso estuvieron igual de proscriptos. Su historia es la historia de un fracaso personal del que prefirió no enterarse pero, más que eso, la frustración de una idea sin esperanzas,que lo sobrevive: la del socialismo como atajo hacia la solución de los problemas de la sociedad capitalista.
Castro fundó la ilusión redentora de la vía socialista para América Latina. Con él se robusteció la creencia de que con marxismo, voluntad y violencia alcanzaba para fundar una sociedad más justa, libre de explotadores, donde los que trabajan recibirían el fruto de su trabajo, sin injerencia de potencias extranjeras en las decisiones nacionales, con plena vigencia de las libertades individuales. Nada de eso ocurrió. Nada.

Años verde olivo
Cuando Castro llega al poder en 1959 la Guerra Fría reinaba en todo el planeta pero la Unión Soviética era vislumbrada todavía como la demostración que existía la posibilidad de una vía alternativa hacia la construcción de una sociedad moderna, con producción abundante y exenta de pobreza. Además, muerto Stalin, se pensaba que ya eran cosa del pasado las persecuciones, las ejecuciones sumarias, los gulags y la ausencia total de libertades. La planificación, podía pensarse, estaba dando sus resultados en materia de avances tecnológicos: en 1957 la URSS había puesto en órbita el Sputnik, primer satélite artificial. El socialismo estaba demostrando su superioridad frente a la anarquía de un sistema fundado en el egoísmo personal y la ganancia empresaria.
Esa visión se veía fortalecida también por el creciente anacronismo que representaba las incursiones imperiales en escenarios lejanos como oriente medio o el sudeste de Asia. Existía un fermento de rebelión y afianzamiento nacionalista que en América Latina ya se había expresado a través de Perón, de Ibañez, de Paz Estensoro y Vargas.
Los sesenta y setenta fueron años de convulsión revolucionaria, de guerrilla y terrorismo que tenían a la vista el modelo caribeño que se sostenía gracias al aporte económico soviético que lo apuntalaba como parte del equilibrio mundial de fuerzas, situación que permitió a Castro ostentar una fortaleza provocadora que no provenía de su revolución sino de los barcos rusos.
Los intentos de extender la revolución al resto de América fueron un fracaso rotundo aunque costaron ríos de sangre. La aventura de Ernesto Guevara en Bolivia se pareció mucho al envío deliberado hacia una muerte segura a alguien que competía con su liderazgo. Abandonado en la selva, deambulando sin apoyo ni provisiones en medio de campesinos que ya eran propietarios desde los tiempos de Paz Estensoro, el Che sucumbió sin pena ni gloria en poco tiempo.
Luego vino el triunfo electoral de Salvador Allende en Chile y el desembarco de numerosos asesores cubanos que no hicieron otra cosa que contribuir a la irracional radicalización de un gobierno que había llegado al poder con poco más de un tercio de los votos totales. Llegó el golpe de Pinochet y más sangre.
El aporte de Castro al terrorismo guerrillero en Argentina y Uruguay ha sido también importante. Como también lo ha sido el apoyo diplomático, en diversas instancias al gobierno militar de Videla, prestado por Cuba siguiendo instrucciones de la Unión Soviética en tiempos del embargo cerealero impuesto por los Estados Unidos y violado por el gobierno militar argentino.

Llega el jogging Adidas
Pero llegó Gorbachov y con él el sinceramiento de la situación de la URSS. El régimen estaba exhausto. En rigor, toda Europa del Este también lo estaba. El chorro de recursos que llegaba desde oriente, cesó. Llegó la hora de la verdad. Comenzó el “período especial” o sea, el encuentro con el fracaso de la revolución emprendida.
Ni lerdo ni perezoso, Castro señaló a los Estados Unidos como el causante de las privaciones e insuficiencias de su régimen: el criminal “bloqueo” era el causante de todo. Los sucesivos gobiernos estadounidenses prohibían a sus empresas comerciar con Cuba y por eso la isla no tenía acceso a múltiples bienes. El imperialismo nuevamente hacía padecer al sacrificado pueblo cubano y le hacía pagar la osadía de su rebelión.
La realidad era que Cuba no tenía con qué pagar un sistema fluido de importaciones y provisión de bienes. Su economía era un fracaso completo y los países que, como Argentina, exportaron algo a la región (los automóviles Dodge 1500 en 1973/74), jamás cobraron un peso.
Recién diez años después Castro pudo asegurarse un nuevo mecenas, con el ascenso al poder de Hugo Chávez. Este proceso también está llegando ahora a su fin, al desplomarse el gobierno del inepto Nicolás Maduro. Al cabo de más de medio siglo, la revolución ha debido volver a negociaciones con los Estados Unidos para enderezarse hacia una vida más normal, acorde al menos con la propia historia de la Cuba previa a la revolución.
La muerte de Castro llega cuando también la revolución está moribunda y busca retomar cuanto antes –aunque con reticencias de la dirigencia socialista- el rumbo de oportunidades que establece una economía de mercado. Es una forma de volver al comienzo.
Se exhiben como logros importantes de este medio siglo presuntos éxitos científicos en medicina y en materia de educación. Esas afirmaciones ignoran el posicionamiento de Cuba en Latinoamérica antes de la revolución. Se menciona el logro de una igualdad en los ingresos de los cubanos pero se omite la evidencia de una pobreza generalizada que, medida con los parámetros de nuestro país, arrojaría cifras escandalosas.
Miles y miles de exiliados que se aventuraron al azar del mar en barcas precarias, en búsqueda de un horizonte de libertad y prosperidad, es el dato más representativo del fracaso del régimen liderado por Fidel Castro.

Castro y el doble canon

El caudillo de un régimen dictatorial de más de medio siglo, que gobernó sin elecciones, sin democracia, sin prensa libre, sin partidos políticos ni sindicatos. Castro ha sido un dictador que fusiló, que organizó sublevaciones sangrientas fuera de su territorio, que promovió y apoyó el terrorismo allí donde pudo. Uno podría pensar que, a su muerte, un personaje tal debería concitar un repudio unánime de quienes creen en la democracia y la república, con apenas el piadoso oasis de la clemencia que se dispensa a todos quienes parten. Pero no ha sido así, ni cerca.
Los intelectuales y la clase media progresista, modelo Página 12, obviamente cantaron loas al dictador. Ellos jamás encontrarán una contradicción entre su rechazo a Pinochet y su aprobación a Castro. El chileno es el diablo mismo y el cubano un luchador por la revolución mundial, por la redención de los pobres y a favor de la lucha contra el imperialismo. Que ambos hayan conculcado libertades, perseguido y matado opositores, es apenas un detalle sin importancia.
Pero no son los únicos que aceptan este doble canon. También lo hace una amplia gama de intelectuales y dirigentes políticos que no se atreven siquiera a comparar a uno y otro dictador, cediendo así al chantaje izquierdista según el cual hay dictaduras buenas (las revolucionarias, las que se hacen para redimir a los pobres) y dictaduras malas (las que se imponen para implantar o restituir el orden y defender el sistema de propiedad privada y mercado).
Claro que hay matices. Todo el kirchnerismo, por ejemplo, vivió la muerte de Fidel Castro como la de un compañero de lucha. Pero esto se extendió, con diversos tonos, a todo el peronismo. José Luis Gioja tuvo la osadía de respaldar su dolida adhesión al duelo en una frase de Perón. No viene mal recordar que Perón apoyó también a los Montoneros, a quienes después propuso “exterminar uno a uno para bien de la república”.
Es políticamente incorrecto no emitir un comunicado de congoja por la desaparición de Castro. Así lo han entendido el grueso de los políticos argentinos y también una parte de los intelectuales, analistas políticos y medios de comunicación social que no comulgan con el socialismo ni con el populismo pero que terminan rendidos ante la posibilidad de que se los tilde de reaccionarios si condenan el régimen cubano.
Esa seducción por el fracaso llegó incluso al gobierno nacional, cuya Canciller emitió un comunicado poco feliz, casi afectuoso, hacia el representante de un régimen dictatorial. Malcorra ratifica que quizá no sea ella, con su intención semi-progre siempre presente, el canciller más adecuado para Macri en esta etapa.
Del mismo modo se pronunció la vicepresidenta Gabriela Michetti, que extendió sus condolencias “a todo el pueblo cubano”. Es probable que los cubanos en el exilio y los emigrados en precarias balsas durante todos estos años no estén excesivamente dolidos por la muerte de Castro.
Llamó la atención que se sumara a esta muestra de corrección política alguien como Juan Manuel Urtubey, generalmente prudente y a quien nadie le reclamaría si omitiera gestos de aprobación hacia un régimen dictatorial.
Lo de San Luis es, sencillamente, desopilante. La declaración de tres días de duelo es una exageración propia de un gobierno que ya ha dado muestras de pintoresquismo en otros aspectos. Los regímenes –sean feudales o socialistas- que duran demasiados años suelen llegar a desproporciones como éstas.