Tinelli y “la Gran Trump”

Entonces, ¿qué hacemos? Una posibilidad es la actual: todo el país paga los salarios, las ganancias empresarias y los impuestos para una industria completamente artificial.

Por Gonzalo Neidal
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2016-11-22_tinelliAyer se rieron un poco de Marcelo Tinelli en las redes sociales.
Ocurre que el exitoso conductor televisivo tuvo un brote de nacionalismo industrialista y emitió un tuit con el siguiente texto:
“Amo la industria argentina. Amo que la gente tenga laburo, que se generen nuevos empleos, que abran fábricas. Lo mejor está en casa”. Hasta ahí, todo bien. En realidad, todos deseamos que a nuestra industria le vaya bárbaro, que se abran fábricas por todos lados, que esas fábricas ocupen mucha gente y que todos seamos felices.
Pero sucede que Tinelli publicó su tuit desde un iPhone, o sea, un teléfono importado de alta gama, producido por la empresa norteamericana Apple y seguramente fabricado en algún país del sudeste asiático, con componentes producidos en diversidad de otros países. Globalización al palo para defender la industria nacional.
Que Tinelli ame la industria nacional pero omita comprar un teléfono producido en Tierra del Fuego, revela con claridad uno de los problemas que tenemos. Y que tiene Donald Trump. La dificultad consiste en verbalizar amor por las radicaciones industriales pero, a la vez, sucumbir ante la conveniencia de los productos importados. Ya sea por calidad, por precio, por diseño o por todo eso junto. El nacionalismo “vintage” necesita una adaptación a los nuevos tiempos.
En el caso de los EEUU, ellos crearon estas industrias y luego las trasladaron a diversos países en búsqueda de mejores costos. Traerlas de vuelta a su país –si esto fuera realmente posible- significará perder competitividad, resignar mercados en todo el mundo y hacer pagar a los propios ciudadanos norteamericanos un precio mayor.
Argentina, en cambio, nunca tuvo estas industrias de alta tecnología. Apenas si ensamblamos algunos productos en Tierra del Fuego. Nosotros, además, castigamos las importaciones de estos bienes con altos impuestos, a diferencia de Chile y otros países que pueden acceder a ellos a precios internacionales.
Entonces, ¿qué hacemos? Una posibilidad es la actual: todo el país paga los salarios, las ganancias empresarias y los impuestos para una industria completamente artificial. Mientras tanto, sólo Tinelli y un puñado más de personas pueden acceder a un iPhone u otros productos de alta calidad, a precios bajos.
La otra posibilidad es que se sincere la situación, que dejemos de simular que producimos estos bienes y que nos abramos a la importación para que todos podamos tener alta tecnología a precios razonables.
Con el dinero que nos ahorráramos podríamos comprar otros bienes y beneficiar a otros comercios e industrias para las que sí somos eficientes.
Este debate ya lo hemos tenido varias veces a lo largo de la historia. Nos vuelve una y otra vez.
Quizá nos convenga amar aquellas industrias que verdaderamente podemos tener.