Estrategias contra la violencia de género

Un chico apenas entrado en la adolescencia (once o doce años) es amonestado en la escuela. Citados sus padres, concurren al establecimiento, ubicado en la ciudad de Córdoba, donde se les informa que se hijo incurre en reiteradas desobediencias.

Por Daniel Gentile

2016-11-22_semaforoUn chico apenas entrado en la adolescencia (once o doce años) es amonestado en la escuela. Citados sus padres, concurren al establecimiento, ubicado en la ciudad de Córdoba, donde se les informa que se hijo incurre en reiteradas desobediencias. En la clase de manualidades le han suministrado un par de agujas para que aprenda a tejer. El muchachito se niega porque esa es una tarea de mujer y él tiene plena conciencia y orgullo de su varonía. La maestra le explica que los tiempos han cambiado, que ésta es la época de la igualdad entre los sexos, y que finalmente tejer no lo hará menos hombre. En algo la docente tiene razón. Tejer no lo hará menos hombre, ni bordar ni cocinar. Ni aprender mecánica incrementará su virilidad. De hecho, algunos de los mejores chefs del mundo son hombres y hay mujeres que han alcanzado lugares destacados en el manejo de automóviles de competición. Hay algo mucho más hondo que está en juego. Si agacha la cabeza, será menos libre. Eso probablemente no alcanza a razonarlo, pero lo intuye. Nadie puede obligarlo a hacer algo que contraría un mandato íntimo, cargado, seguramente, de milenios de formación cultural que lleva en la sangre. Él sabe que su masculinidad está en sus genitales, pero no sólo allí. También está en su voz, que está dotada ahora un tono diferente y difiere de las de sus compañeras. Hay cosas más o menos superficiales y más o menos profundas que marcan su condición de hombre, y que está dispuesto a hacer respetar. Hay una forma de hablar, de decir, una forma de andar, que definen su sexo. También hay una forma de vestirse, y es cierto que la ropa, así como una manualidad, no lo hace tampoco ni más ni menos hombre. Pero por alguna razón muy valedera no se pondría una falda. Tampoco caminaría moviendo las caderas. (Pensándolo bien, alguien podría decir que por esa cadencia no sería menos hombre).
No le gusta pelearse con sus compañeros, y aunque no es cobarde carece de toda vocación de violencia. Y no por eso es menos hombre. Ni siquiera le agrada discutir o gritar. De hecho, no comprende a algunos de sus compañeros y compañeras que tienen una sorprendente facilidad para ofender y para insultar. Él no sabe hacerlo e incluso le cuesta responder al agravio. Nada de eso menoscaba su virilidad. Pero si pretenden obligarlo a hacer algo que afecta sus convicciones, lo percibe como una violencia. Lisa y llanamente, como una violación. Entonces, se resiste. Tiene derecho.
El chico de mi historia siente una poderosa atracción física por sus compañeras, sobre todo por algunas. Posee un exquisito sentido para apreciar la belleza femenina. Sabe, por supuesto, que se trata de la fuerza del sexo, al que imagina pero aún no ha vivido. No ignora que en la relación sexual hay un sujeto activo y otro pasivo. Tampoco, que lo normal (digamos lo habitual) es la relación entre hombre y mujer. Y que el rol activo generalmente corresponde al varón y el pasivo a la mujer. Intuye, porque es inteligente, que la palabra “penetrar” viene de pene. De tanto escuchar historias ajenas, ha comprendido que el sexo suele requerir de un mínimo de violencia consentida, como parte del juego. El pene es un arma. Por algo le han contado que el rito está cargado de gestos, palabras, gritos y gemidos. Sospecha que ese juego no fue inventado por sus padres ni por sus abuelos, sino por la naturaleza. Para los creyentes, Dios. El Autor del juego y el Autor de los protagonistas del juego. Siente que cuando le toque debutar sabrá disfrutarlo y merecerlo, y está convencido de que a pesar de que la puesta en escena exige, de un modo lúdico, ese ritual vigoroso, él nunca será un hombre violento y menos con su compañera, a la que por sobre todo querrá proteger. No será violento porque no está en su esencia, y menos con su mujer, como no lo fueron su padre ni su abuelo y como no lo son la mayoría de los machos humanos. Y siente hondamente que para no ser violento no necesita cambiar sus hábitos, ni vivir su masculinidad como una culpa. Por eso, aunque tejer no lo haría menos hombre, hizo muy bien en resistirse. Nadie puede obligarlo. Sin embargo, estos nuevos deberes que se imponen a los niños y adolescentes varones en las escuelas parecen ser parte del plan para erradicar la “violencia de género”. Por algo los políticos y los medios nos repiten a diario que detrás de cada femicidio hay una cultura que cambiar y que ello llevará mucho tiempo. Lo están poniendo en práctica.
Recuerdo también que hace dos años una concejal de la ciudad de Córdoba propuso y logró que se implementaran los semáforos “igualitarios”, con la figura de una mujer. Se basaba el proyecto en tres argumentos: La “visibilización” de las mujeres, un consecuente avance en la lucha contra la violencia que padecen, y finalmente lo escasamente oneroso de la iniciativa. Mejor dicho, costo cero. Se hizo. Allí tenemos, pues, una nueva arma en la lucha contra los femicidios.
En el mismo momento en que ese monstruo que es el Estado dicta leyes, crea tribunales y fiscalías especiales, y en el ámbito administrativo y hasta privado proliferan organismos con el rótulo “de género”, el feminismo se anota una victoria. Esta ideología, que es uno de los nuevos rostros del marxismo, como es evidente no respeta ni a los niños en aras de la construcción de los nuevos sujetos de su revolución, que cayó y no cayó con el muro de Berlín.
Esta nueva izquierda tiene, para sus fines tácticos, la enorme ventaja de que no parece izquierda. Su jerga en nada se parece a la del comunismo ni a la de los viejos socialismos. No se habla de obreros, de patrones, de salarios, de medios de producción, ni siquiera de burguesía. A casi nadie le cae mal una jeringoza que abunda en vocablos como “patriarcado”, “heteropatriarcado”, “heteronormatividad”, “políticas de género”, “cosificación de la mujer”, “ni una menos”, “machismo cultural”. Es más, son palabras que suenan muy cultas y hasta parecen llenas de propósitos nobles.
Mientras tanto, el pobre muchachito de mi anécdota (que es absolutamente verídica), ha quedado atrapado en medio de las estrategias implementadas para luchar contra la “violencia de género”. Tejer por obligación (lo que es grave) y obedecer las instrucciones de un simpático y novedoso semáforo (lo que no es para nada grave pero sí absolutamente superfluo).