Un rebelde tardío para un outsider sin proyecto

Como los memoriosos probablemente recuerden, en un principio el PRO intentó aquí organizarse como un partido totalmente nuevo, sin que tuviera que tributar ningún tipo de concesión a estructuras preexistentes. La intentona, sin embargo, terminó en un silencioso fracaso.

Por Pablo Esteban Dávila

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Héctor Baldassi y Javier Pretto.

Desde un punto de vista estructural, el PRO es una cosa rara. Es, sin que sus propios integrantes lo desmientan, una manifestación de la antipolítica, un resabio exitoso de la crisis de representación que se manifestó en toda su virulencia allá por 2001. Sin embargo, muchos de sus dirigentes vienen de la política y su linaje llega hasta los primeros años de la década del ’90. Este fenómeno determina que, entre sus filas, coexistan existan dirigentes de larga trayectoria política con otros que, en términos estrictos, son recién llegados.
En Córdoba, esta contradicción es mucho más fuerte debido a la particular historia de la fuerza, muy diferente a la de otros distritos. Como los memoriosos probablemente recuerden, en un principio el PRO intentó aquí organizarse como un partido totalmente nuevo, sin que tuviera que tributar ningún tipo de concesión a estructuras preexistentes. La intentona, sin embargo, terminó en un silencioso fracaso: hacia 2013, y después de múltiples ensayos, el macrismo no había podido presentarse a ninguna elección y sus conductores eran decididamente desconocidos para el gran público.
Fue en aquel año cuando se produjo el hecho decisivo. Emilio Monzó, quién por entonces oficiaba de armador territorial de Mauricio Macri, se contactó con la dirigencia de la UCEDE que, contra todo pronóstico, insistía en mantener su partido en pie a despecho de pasadas dificultades. Tras discusiones fluidas se llegó a un entendimiento: parte de la dirigencia ucedeista migraría hacia PRO y el partido amarillo se afincaría en la histórica casona de Deán Funes 228. Ambas fuerzas mantendrían una alianza permanente, en donde la marca que predominaría sería la porteña.
A resultas de tal entendimiento, Javier Pretto (quien era el presidente de la UCEDE) pasó a fungir como el líder del PRO. Al poco tiempo comenzaron a verse los resultados. En las elecciones legislativas de 2013 la fuerza logró que Héctor “la Coneja” Baldassi se transformara en diputado nacional por Córdoba y, un par de años después y ya en alianza con el radicalismo, la coalición resultó determinante para que Macri llegase a la presidencia de la Nación. Nadie en su sano juicio podría censurar como ineficaz la primitiva visión de Monzó y la UCEDE para explotar las sinergias entre una y otra fuerza.
Pero Baldassi sí lo hizo. Argumentando que Pretto tiene un pasado oscuro a raíz de su paso por el ENINDER, decidió confrontarlo en ocasión de la renovación de las autoridades del PRO. Pese a que el exárbitro no logró entusiasmar a casi nadie detrás de sus tirrias (él mismo no era afiliado al partido), obligó a las autoridades nacionales a intervenir en la vida interna de su filial cordobesa. Días atrás –y tal como Alfil lo publicara– se llegó a un entendimiento: Pretto asumiría nuevamente como presidente para inmediatamente renunciar o pedir licencia para desempeñar un cargo importante a nivel nacional. Con ello, Baldassi vería removido el supuesto obstáculo para una política “impoluta” y el exintendente de La Carlota podría argumentar que sus nuevas responsabilidades representaban un salto de calidad para su carrera pública.
Las dos eran mentiras piadosas, y tanto Baldassi como Pretto lo sabían. El primero, porque lograba que alguien a quien él había señalado como indigno del PRO desapareciera del escenario, aunque sin recibir nada concreto a cambio. El segundo, porque el supuesto “honor” nacional con que se lo obsequiaría significaba dejar de comandar un distrito que, se supone, es uno de los más importantes del país.
Pero, cuando el pacto parecía materializarse, Pretto decidió que no cumpliría su parte. Cansado de que Baldassi continuara agrediéndolo (el referí desea en serio sacarle la roja y mandarlo al vestuario), comunicó que por el momento no se tomará licencia ni nada que se le parezca. Las consecuencias del plantón todavía no se han visto, pero se supone que serán serias. Aunque la rebeldía llega tarde (Pretto no debería haber aceptado jamás la posibilidad de un paso al costado) el simbolismo no deja de ser atractivo para todos aquellos que no creemos en las tonterías de la “nueva política”: un dirigente tradicional le avisa a un outsider sin proyecto que no se saldrá fácilmentecon la suya, y menos por la extorsión.
Este alarde de resistencia desnuda dos flaquezas en esta interna no resuelta. Baldassi no sabe exactamente qué hacer en términos políticos y Pretto no cuenta con una urdimbre local lo suficientemente densa a su alrededor para desafiar abiertamente a todo el establishment amarillo. Baste decir que uno de los diputados nacionales de la fuerza es bonaerense para comprender la fragilidad de la red de apoyos que rodea al presidente.
Es un hecho que “la Coneja” no tiene nada que se asemeje a un proyecto de poder, excepto renovar su banca el próximo año. Más allá de que su lucha contra el actual presidente se encuentre revestida de moralina y de una supuesta renovación milenarista, poco se conoce de su pensamiento profundo. Muchos sostienen que, en su caso, incluso hablar de tal cosa constituye un verdadero oxímoron.
Pretto tampoco la tiene tan fácil. En su lucha por permanecer frente al PRO dejó de lado a muchos de sus compañeros de ruta de la UCEDE. Tal como se ha sostenido en esta columna, el mote de “ucedeístas” poco se compadece con la realidad. En la actual conducción no hay muchos que provengan de aquel tronco originario. Si diera un paso al costado, tal como estaba planificado, sus sucesores decretarían rápidamente su olvido. A Baldassi no lo sigue nadie, pero tampoco parece que hubiera centenares de prettistas dispuestos a seguir su sacrificio.
Esta dialéctica, en el fondo, dista de ser edificante. Ilustra hasta qué punto el oficialismo nacional es, en Córdoba, un conglomerado de personas sin muchas cosas en común, con excepción de un generalizado (y obligatorio) respaldo al presidente Macri. Fuera de ello, no aparecen liderazgos claros, ni alternativas internas con algún programa atractivo; es, simplemente, más de lo mismo, precisamente de aquello que Baldassi y los de su clase prometían exorcizar con su novedosa participación política.
¿Sentirán los mandamases del PRO nacional que Pretto los está desautorizando? Tal vez sí pero, a poco de reflexionar, quizá les esté haciendo un favor. Debido a esta rebeldía, Humberto Schiavonitiene la oportunidad para llamar a Baldassi al orden. De decirle, tan firmemente como pueda que, en política, si se quiere un espacio de poder debe disputárselo sin tantas vueltas. Que la próxima vez arme una lista como manda la carta orgánica del partido y que plante bandera. Que si quiere sacar a los supuestos corruptos de la fuerza tiene todo el derecho de hacerlo, a condición que él también se someta a las reglas de juego. Que se puede ser líbero una vez, pero no para siempre y menos cuando se integra un gobierno nacional que se está jugando todo por el todo cada día que pasa. Que se deje, en pocas palabras, de lloriquear desde el banco de suplentes.
Pase lo que pase, el PRO cordobés no parece ser la renovación que prometía. Sus prácticas políticas no se distinguen demasiado de otras fuerzas y no son pocos los que suponen que, sin el anabólico del poder nacional, su futuro estaría en entredicho. Quizá su actual crisis decrete su mayoría de edad. O quizás, simplemente, demuestre hasta qué punto los partidos que se estructuran en base a egos y zancadillas tienen pronóstico reservado.