El crepitar de la hoguera

En vez de apuntar a cuestiones de fondo, los funcionarios políticos y judiciales que primero prohibieron y luego autorizaron el concierto que dará Kraftwerk en el Luna Park, terminan enredados en discusiones -ajenas- acerca de géneros musicales y sus respectivas maneras de consumo.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra-hutter-bailandoLa noticia se esparció primero por los portales de noticias de la Argentina y después recorrió el mundo. Y es que, por más que su nombre no resulte familiar para la mayoría de la gente, el grupo Kraftwerk representa mucho en la historia de la música contemporánea internacional. De hecho, se los considera entre los pioneros de la electrónica, y eso basta para que cualquier novedad importante vinculada a ellos sea reproducida por la prensa especializada. Que la Dirección de Habilitaciones y Permisos de la Ciudad de Buenos Aires no autorizase la actuación de Kraftwerk en el Luna Park, desató el escándalo.
El argumento por el cual no se permitía la realización del concierto era su supuesto encuadramiento dentro de lo que el Gobierno porteño denomina “eventos masivos de música electrónica”. Y después del luctuoso episodio ocurrido en abril en la fiesta Time Warp, donde murieron cinco personas, se resolvió impedir que se organicen eventos de estas características, en vez de investigar las causas profundas que llevaron a la tragedia. Por eso, cuando el viernes pasado la Justicia se expidió ante un recurso de amparo presentado por los organizadores, autorizando la performance de Kraftwerk, pareció que las cosas volvían a ponerse en su lugar.
Sin embargo, de la lectura de lo resuelto por el juez Lisandro Fastman, se entiende que no se pone en cuestión la medida de prohibir las fiestas de música electrónica, sino que se señala lo incorrecto de incluir la presentación de Kraftwerk dentro de ese rubro. Y para justificar que el espectáculo del grupo alemán, anunciado para el 23 de noviembre, no entra dentro de esa categoría, se enumeran sus pergaminos artísticos, remarcando que su propuesta sonora no está necesariamente asociada al baile ni a los rituales que suelen rodear a las raves; como, por ejemplo, el consumo de drogas.
Es decir, se presupone que el público que va a ver a Karftwerk no necesita de esos estímulos artificiales, mientras que la asistencia a una fiesta electrónica sí lo requiere. Y se regula algo tan sensible como el circuito cultural, partiendo de preconceptos que para nada ayudan a revertir las conductas que se pretende sancionar. Suena casi tan retrógrado el impedimento de la velada en el Luna Park, como la posterior venia que se le otorga porque consistirá “en un espectáculo de luz y sonido, en el que el público no interviene en forma activa, sino como espectador”.
En vez de apuntar a cuestiones de fondo (que van desde la abulia generacional que afecta a muchos jóvenes hasta lo que el fiscal de la causa Time Warp describió como “un dispositivo de venta de drogas que tomó un cariz dramático” en ese evento), los funcionarios políticos y judiciales terminan enredados en discusiones acerca de géneros musicales y sus respectivas maneras de consumo. Ver a Kraftwerk, nos dicen, no será algo condenable, en tanto los que se hagan presentes no se comporten como si estuvieran en una rave. Pero, claro, no existen precisiones acerca de los detalles de ese comportamiento.
De la historia ya escrita y documentada del arte contemporáneo se infiere que, sin Kraftwerk, difícilmente hubiera existido lo que entre fines del siglo pasado y comienzos de éste se denominó música electrónica. Y, por ende, tampoco habría habido fiestas que generan diversión ni fiestas que devienen en tragedias. Si los encargados de darnos los permisos son tan poco criteriosos como lo parecen, entonces, que condenen a Kraftwerk nomás como culpable de las consecuencias que su invento ha acarreado. Cuando se ignora, se apela a la demonización como instrumento de castigo. Y en vez de música, lo que se oye es el crepitar de la hoguera.