Carta a Macri devela lo que realmente piensa Cristina

“¿Qué es lo que querés inventar? ¿Pretendes hacerle creer a los argentinos que el país está mal y a ellos les va peor… por mi mamá?”, se queja la hija de la señora Wilhelm. Tiene derecho a hacerlo.

Por Pablo Esteban Dávila

2016-11-15_cristinaComo corresponde a un escándalo desatado por la distribución postal de correspondencia del Correo Argentino, la expresidente Cristina Fernández defendió a su madre a través de una carta. Lo hizo, por cierto, con una misiva virtual, a través de las redes sociales y no utilizando la empresa estatal, pero no obstante con un destinatario específico: su sucesor en el cargo, Mauricio Macri.
La nota tiene su marca en el orillo por todas partes. Es agresiva, punzante, arbitraria y (lo que no deja de ser un clásico) ignora olímpicamente los argumentos de la acusación que Elisa Carrió formuló en contra de Ofelia Wilhelm y que el periodista de Clarín Nicolás Wiñazki investigó en las últimas semanas. Para ella no hay mejor defensa que un buen ataque, aunque se encuentre dirigido a la persona equivocada.
Cristina centra su furia en contra de Macri pese a que, como es notorio, el presidente no ha intervenido públicamente en el asunto. Su ensañamiento probablemente se deba a que, cuando ella hubo de ocupar el sillón de Rivadavia, tuvo pretensiones totalizantes en donde todo lo que ocurría en el país se debía a su impronta personal o a las reacciones que aquella generaba. “El Estado soy yo”, decía Luis XIV. Más de trescientos años después, los Kirchner pensaron igual. Nada podría suceder sin que el presidente lo supiera, lo autorizara o lo hiciera. Esta idea era transparente para cualquiera que los conociese un poco.
“¿Qué es lo que querés inventar? ¿Pretendes hacerle creer a los argentinos que el país está mal y a ellos les va peor… por mi mamá?”, se queja la hija de la señora Wilhelm. Tiene derecho a hacerlo. Vivimos en un país libre, pese a los esfuerzos en sentido contrario que primero Néstor y luego Cristina hicieron durante sus mandatos. Sin embargo, hubiera sido más sensato quejarse de Carrió y no de Macri, de quien no se le conocen denuncias en su contra.
Carrió es un electrón libre dentro de la teoría atómica del macrismo. No gira alrededor del núcleo presidencial. Hace lo que quiere y, en sentido estricto, el gobierno sólo intenta mitigar los daños que ella produce, no anticiparlos. Suponer que Macri instruyó o influenció, de alguna manera, a la diputada para que denunciara a la madre de Cristina es no conocer a ninguno de los dos personajes.
La expresidente, por supuesto, soslaya estas sutilezas. No es posible pedirle objetividad ni, mucho menos, algún tipo de análisis riguroso. Le pega a Macri porque es mucho más redituable hacerlo contra el hijo de Franco (que también la liga) que contra Carrió, la verdadera autora de la denuncia. Además, en su precaria interpretación del mundo, ella es la víctima de una enorme conspiración cósmica de las fuerzas del imperialismo, una volteada en la que han caído Dilma, Lula y, con algo de suerte, también Nicolás Maduro. ¿Cómo atacar a otro que no sea el presidente, el imaginado numen de todo lo que ocurre en Argentina?
La carta, amén de arbitraria, contiene sin embargo párrafos para el deleite. Uno de ellos es el argumento de la ancianidad: “Macri, mi mamá tiene 87 años (…)” se lamenta. ¡Qué clase de desalmado acosaría a una mujer de tan avanzada edad! Dicho en abstracto parece una barbaridad. Sin embargo, los Kirchner no dudaron en perseguir a octogenarios sospechados de haber participado en la represión ilegal tras la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida en 2003. Como se sabe, una enorme mayoría de aquellos gerontes fue condenada al cabo de juicios extensos y, los que sobrevivieron, purgan condenas por el resto de lo poco que les queda de vida. Que sean viejos no quiere decir que sean impunes; la propia Cristina lo sugirió en infinidad de ocasiones. No se advierte por qué no podría aplicarse este principio, perfectamente justo, a cualquiera que se sospeche que haya cometido un delito y más allá de su linaje.
Otro párrafo interesante sigue a continuación de aquél argumento. Su mamá es perfectamente irreprochable porque “hace más de 50 años que vive con mi hermana en el mismo barrio y en la misma casa”, un símbolo de su honorabilidad. Es extraño que la justificación provenga de una señora cuya propia familia se ha hecho famosa por la multiplicación de su patrimonio inmobiliario a lo largo de los años. Si cambiar de casa podría ser un indicio de corrupción, ¿por qué Cristina se indigna entonces cuando se la sospecha de negocios turbios por tener tantas propiedades? Ella misma sugiere la pista. La tarea de la Justicia se hará más sencilla en adelante.
Continúa Cristina con su invariable convicción sobre que es una perseguida política. “Macri si no te alcanzan las ‘causas’ judiciales que ya inventaste, si no te alcanza con perseguir a mi hija, ajustá un poco más las clavijas en Comodoro Py, seguro que a Bonadío o algún otro más arriba, algo se les va a ocurrir”, le aconseja con malicia al presidente. Ella conoce bien del arte de apretar a los jueces para que fallen (o se abstengan de hacerlo) en sintonía con los deseos del poder político: lo hizo muchas veces. Tal vez por eso no tenga un gramo de dudas sobre que, detrás de las decisiones de cualquier Juez, se esconde el largo brazo del Ejecutivo nacional, tal como fue siempre su ideal operativo.
Cualquier dirigente razonablemente informado sabe que, aunque Macri quisiera hacerlo, está bastante lejos de moverse con cintura en el mundo de la justicia federal. Su supuesto operador, Daniel Angelici, fue preventivamente relevado de este tipo de tareas debido a, precisamente, una de las filípicas de Carrió (afirmó que el presidente de Boca era “un delincuente”). Es decir que Cristina acusa a Macri de perseguirla a través de una justicia obediente cuando su influencia sobre Tribunales se encuentra sensiblemente mermada por culpa de la diputada, a quien ella ignora como la autora intelectual de la acusación contra Ofelia. El galimatías se enrosca sobre sí mismo, a la usanza de un vórtice que deglute cualquier tipo de raciocinio.
Quizá hubiera sido más honesto acusar directamente a Macri de impericia, de haber engañado a los argentinos en el debate presidencial (“el día nacional de la mentira”, en palabras de Cristina) o de connivencia con los sectores concentrados, tal como gusta de llamar el kirchnerismo a todo aquello que no se presta dócilmente a sus designios. Una misiva semejante hubiera sido políticamente aceptable y, de seguro, habría movido a una reflexión sincera a quienes todavía adhieren al credo de la liberación nacional y ese tipo de sandeces. Pero batir el parche sobre que detrás de la acusación contra la cooperativa “El Aldabón” (que la señora Ofelia integraba) se encuentra el presidente en persona, a la usanza de un titiritero que mueve los hilos detrás de un biombo más o menos traslúcido, es demasiado arriesgado. Revela más sobre el pensamiento íntimo de Cristina acerca de lo que es en realidad la política y la corrupción, que sobre las tentaciones de Macri por perseguirla a lo que dé lugar. Debería contar hasta diez y después escribir. No al revés. Tal vez así se ayudaría más a sí misma y a su madre.