Sin recambio

El jueves pasado se supo que el trovador canadiense Leonard Cohen había fallecido el 7 de noviembre a los 82 años. Y ante la fatalidad de su pérdida, como la de otros de sus contemporáneos, percibimos que no es sólo una camada gloriosa la que está llegando a su ocaso.

Por J.C. Maraddón
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ilustra-leonard-cohen-1Muchos le echan la culpa al 2016. Dicen que es un año maldito y que eso explica las sucesivas muertes de figuras musicales. Por supuesto, la superchería suele extenderse con facilidad y la explicación que vino de ella le resultó suficiente para muchos. Pero cabe pensar que existe otra explicación. Que hay una razón que no tiene que ver con un año en particular ni con supersticiones de ningún tipo. Que se pueden encontrar causas que no responden a mufas ni a maldiciones, sino que se emparentan con el sentido común. Y aunque estos motivos no tengan tan buena prensa, tal vez sean más razonables.
Hace unos cincuenta años, el planeta entraba en una ebullición cultural de la que muy pocos quedarían afuera. Básicamente, los que no pudieron ingresar en ese estado de entusiasmo colectivo se vieron privados de hacerlo por una cuestión de edad. Porque se trató, en lo profundo, de un movimiento juvenil, que capturaba a las mentes y a los corazones que todavía no habían caído bajo las embestidas de la rutina y el desencanto. Aquellos que eran capaces de abrir su pensamiento a nuevas formas de ver las cosas y que no dejaban de abrigar esperanzas en el futuro, esos fueron los convocados.
Fue un periodo tan intenso como breve, que dejó una huella muy profunda en la cultura occidental, para desde allí esparcirse por cualquier espacio donde le dieran una mínima chance. La prueba de su poderío reside en que actualmente, medio siglo después, todavía seguimos siendo iluminados por el brillo de ese fuego que se resiste a apagarse. Algunos le llaman rock, pero darle una denominación sería acortar el radio de su influencia a un género musical, cuando en realidad se trata de un fenómeno que abarcó a todas las artes y que se extendió a la política.
Por supuesto, hubo un conglomerado de nombres propios que se ubicó a la vanguardia de esta eclosión y que le puso el pecho a las balas. Algunos no sobrevivieron y fueron considerados mártires, mientras que otros se recibieron de héroes y usufructuaron esa fama por el resto de su vida. Se trataba de una causa colectiva, pero hubo algunos que destacaron por encima del resto y que se llevaron los laureles. Y hubo otros que se limitaron a proteger el legado y a hacerse cargo de la antorcha que se iba pasando de generación en generación.
Pues bien, muchos de aquellos que estuvieron en la primera fila de la batalla en aquellos años, están llegando por estos días a la vejez. Y las mismas normas de la naturaleza que nos llevan a crecer y desarrollarnos, también nos llevan después a perecer. Por más que los consideremos semidioses y que pensemos que nos acompañarán por siempre y para siempre, a ellos también los comprenden las generales de la ley. Y cuando llega el día en que debemos despedirlos, nos sentimos desprotegidos y nos invade la sensación de que se vino abajo ese castillo de utopías de los años sesenta.
Ese fue el efecto de la noticia que recibimos el jueves pasado, cuando se supo a través de la prensa que el trovador canadiense Leonard Cohen había fallecido el 7 de noviembre a los 82 años. Cohen era uno de aquellos padres fundadores que supimos admirar. Y ante la fatalidad de su fallecimiento, como el de otros de sus contemporáneos, lamentamos no avistar un recambio acorde a las circunstancias. Y percibimos que no es sólo una camada gloriosa la que está llegando a su ocaso. Nos carcome la sospecha de que, además de su presencia, lo que vamos a extrañar es esa esperanza juvenil que, 50 años después, parece comenzar a marchitarse.