Crónicas brujas, locas y curiosas

En ocasiones, la calma chicha de la pequeña ciudad era interrumpida por algún suceso que resaltaba y daba a los vecinos tema de conversación. Aquí se agrupan tres hechos que no pasaron desapercibidos al oficio de los buscadores de noticias.

Por Víctor Ramés
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“Perro ladrando a la luna”, óleo del mexicano Rufino Tamayo, 1942.
“Perro ladrando a la luna”, óleo del mexicano Rufino Tamayo, 1942.

Los relatos que hoy dan cuerpo a la página poseen cada cual su perfil definido, aunque tienen en común el hecho de que en su tiempo llamaron la atención de la vecindad y alteraron por un rato el curso más o menos predecible de los días. La vida sin esos pequeños acontecimientos, tendía a volverse aburrida en la Córdoba de fines a principios de siglo.
Se trata de sucedidos de diversa naturaleza. Tienen tal vez un toque bizarro, curioso, e incluso gracioso, aunque algunos rozan también el terreno de la pequeña tragedia, sobre todo ante la mentalidad de la época.
El primer caso tiene ingredientes de brujería y maldición, al que el cronista del diario mira como comedia. Ocurre en la actual calle Rivera Indarte y lo cuenta El Progreso a comienzos de marzo de 1874.

“Mujer embrujada
El sábado en la noche a eso de las doce, los vecinos todos de la calle Unión, a la altura de la Barraca de Lastra, fueron despertados a los gritos espantosos que daba una mujer pidiendo socorro.
Aquella desgraciada hacía oír gritos desgarradores que pusieron en pie todo el barrio, bajo la idea de que tenía lugar una gran catástrofe.
¿Qué sucedía?
Un grupo de más de 20 personas entre hombres, mujeres y muchachos, se presentó a la vista de los vecinos que habían dejado su lecho; ese grupo lleva una mujer que profería esos alaridos como una poseída.
La calle se llenó de jente sorprendida en altas horas de la noche.
Aquella desgraciada mujer despedazaba sus ropas, se tiraba de los cabellos y se retorcía en los brazos de los que la conducían.
Un artesano bastante formal por su porte en traje y su modo de expresarse, explicó lo que sucedía a los absortos vecinos espresándose en estos términos:
«Esa mujer es la esposa de Fulano a quien le han hecho daño con brujerías antes de ayer, y la bruja que le ha hecho mal de ojos, es una vieja santiagueña venida en una tropa de carretas y a quien le han pagado para embrujarla por celos, etc. etc.»
La procesión conduciendo la embrujada, o la hecha daño, pasó; los gritos siguieron oyéndose hasta por 2 ó 3 cuadras más.
No se necesitó más explicación para saber a qué atenerse,
¡Y que nunca en estos tiempos hayan semejantes escenas de embrujadas!…”.

El suceso próximo adelanta el calendario hasta 1900: un gringo que se brota en un viaje en tren. También, pobre hombre, dónde había venido a parar. La Libertad lo refiere:

“Un loco
El sábado pasado los vecinos de Jesús María fueron alarmados por un pasajero llegado en el tren directo que vino del norte, el cual con sus maneras y gritos desordenados demostraba que había sido atacado de enagenación mental.
Lo más sesible era que según podía verse a primera vista, tratábase de una persona de buena sociedad.
Lo sucedido pasó así:
Cuando llegó el tren directo, nuestro hombre exigió que se le bajase su equipage. Los guardas y empleados buscaron tal equipage, pero no lo encontraron por ninguna parte.
Pedidos los boletos al susodicho sugeto, resultó que iban con pasage a Villa María.
Se le dijo que la estación donde debía bajarse quedaba más adelante, pero el demente se aferró diciendo que allí era el punto de su destino y debido a esta circunstancia pudo verse que dicho sujeto no estaba en su entero juicio.
Este dijo llamarse N.. N… alemán de nacionalidad, al mismo tiempo que se ponía a gritar con todas las fuerzas de sus pulmones y como el tren siguiera viaje en ese momento se puso a correr para alcanzarlo. El tren paró, pero N.. N… no quiso subir, volviendo a insistir que se le bajase el equipaje.
Viendo lo que pasaba intevino la policía y el tren se puso en marcha nuevamente,.
Aquí recién fue lo bueno: N… N… se puso a gritar nuevamente con todas las trazas de un loco furioso, llegando hasta derribar de un golpe de puño a un vigilante. En seguida N… N… sacó grandes rollos de dinero que tenía guardado en los bolsillos y empezó a romperlo y tirarlo en todas direcciones.
La policía condujo a N…. A lugar seguro y en los momentos que este estuvo más calmado dijo ser de Buenos Aires y que venía de Salta donde acababa de realizar un negocio de mulas.
En cuanto al dinero que N… arrojó a la calle, algo ha sido recaudado, pero aún faltan billetes de cien pesos que según se dice en diferentes fracciones están en poder de unos pilletes que fueron al lugar del suceso.
La policía de Jesús María ha remitido ya a esta al mencionado demente, el cual se alojaba en la cárcel de detenidos, habiendo sido necesario aplicarle la camisa de fuerza, pues, por momentos, N… se pone completamente furioso.”

La última crónica, otra vez de 1874 y de El Progreso, prácticamente no requiere de comentarios, porque todos los elementos se despliegan en el mismo curioso relato:

Caso singular
Ayer ha sido teatro de una escena muy singular una casa de los barrios del Sud.
(…)
El dueño de la casa fue sorprendido por una gran revolución.
Sus puercos y sus gallinas parecían presas de un frenesí inexplicable.
Todos esos animales gritaban de un modo singular, saltaban, hacían cabriolas y bailaban que era un contento. Los cerdos agasajaban a los gallos y querían trepar por la escala del gallinero; los pollos danzaban una ronda infernal.
Al ver este espectáculo, el dueño del fondo quedó con los ojos y boca desmesuradamente abiertos, y no pudo menos que santiguarse; su mujer daba espantosos gritos y los muchachos hacían coro.
Era aquello una batahola, una bulla capaz de aturdir a un sordo.
Algunos vecinos acudieron y quisieron restablecer el orden; los cerdos pasaban por entre las piernas; los habitantes del gallinero les segaban volando por sobre sus cabezas para correr en seguida y saltar de lo lindo.
Los vecinos no sabían qué pensar, hasta que uno de ellos, buscando la causa de tan estraño suceso, encontró en la despensa, que estaba abierta, y debajo de la llave de una pipa de aguardiente, una palangana con cebada que con el líquido que destilaba la llave se había hinchado.
Los moradores del corral, habían tragado con la cebada una buena dosis de aguardiente; gallos, pollos, gallinas, patos, todo el mundo se había emborrachado.”