Lo que el público quiere es can-can

En una función de una compañía teatral española en Córdoba, en 1874, la platea aplaude efusivamente a la señorita que desarrolla un intermedio de baile. Un diario sale a tratar de poner las cosas en su lugar.

Por Víctor Ramés
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El can-can ya era un baile “licencioso” en la segunda mitad del siglo XIX.
El can-can ya era un baile “licencioso” en la segunda mitad del siglo XIX.

En julio de 1874 visitaba Córdoba la Compañía Dramática Española bajo la dirección del primer actor D. Vicente Jordán, presentando en su repertorio un “drama de costumbres sociales en tres actos” (El tanto por ciento), un intermedio de baile (El solo inglés u otra danza), una zarzuela en un acto (Buenas noches, señor Don Simón), un drama en nueve cuadros (El jorobado), y petipiezas como El cura de aldea y Las travesuras de Juana. En base a un editorial publicado el 5 de julio por el diario La Carcajada, se puede deducir que en alguna -o algunas- de las funciones locales, el interludio de baile femenino ha despertado la ovación entusiasta de la platea masculina, introduciendo un tono de escándalo que los chismes del pueblo habrán echado a circular. La Carcajada se hace eco de esos comentarios, que parecían asignar una sombra de inmoralidad al baile, y se ocupa de diferenciar la indecencia de un baile como el can-can francés de la honestidad de los bailes españoles incluídos en las funciones teatrales.
La polémica que sale a cortar La Carcajada permite sobre todo ver las resistencias que despertaba el can-can, que en esa época representaba la avanzada de una danza escandalosa. Esto no sorprende, ya que el can-can nació con vocación de escándalo alrededor de 1830, incorporando a comienzo un componente acrobático por bailarines de ambos sexos, que poco a poco fue ganando en exclusividad femenina y acabó por representar esas piruetas “licenciosas” en que las bailarinas mostraban las prendas íntimas de entonces, que distaban de ser mínimas. Esto último alcanzaría su apogeo en el cabaret años más tarde, pero en 1874 ya existía un prejuicio generalizado sobre el cancán.
Es ilustrativo citar antes una pequeña viñeta de La Carcajada en la cual se hace referencia al can-can no como danza, sino como música, en 1873, probablemente refiriéndose a un ritmo seguramente similar al del famoso galop infernal de Jacques Offenbach acuñado como ícono musical del can-can francés.

“Dele Can-Can
Seríamos unos injustos si no le prodigáramos un aplauso a nuestra banda de música.
De algún tiempo a esta parte nos viene obsequiando con unos trozos tan hermosos de can-can, que a más de un viejo lo hemos visto reanimarse en la retreta.
Aplaudimos de todo corazón la idea de nuestros músicos, porque en noches tan frías, nada más justo que tocar aquellas piezas que a uno le hacen circular la sangre.,
Que siga el can-can.”
No obstante, cuando se trataba de la danza, que algunos cordobeses habían conocido en locales de Buenos Aires -pues no había sido traído a la Docta hasta aquella fecha-, la aceptación no era tan amable. El planteo de la Carcajada sobre ese comportamiento anómalo del público en 1874 queda expuesto en la nota referida, de la que se extractan algunos párrafos.

“El baile en el teatro
Es cosa nueva el baile teatral?
No.
Hay algo de inmoral en el que ofrece la Compañía Dramática que dirije el Sr. Jordan?
Creemos que no.
Puede aplicarse a él lo que se ha dicho y escrito sobre el can-can?
No.
El baile español es completamente distinto del baile francés.
Puede que en sus evoluciones asome una pantorrilla, y la pierna se alce a una altura más o menos regular. Pero esto no constituye un escándalo.
La bailarina sale en traje de carácter.
No puede salir embolsada: y entonces, si algo hay que no guste a una parte del público asistente, al bello sexo, no es precisamente que el traje sea licencioso o llame al desenfreno, sino que la aptitud de otra parte del público se exita de tal modo, que sale de sus casillas y no guarda el respeto que se debe a sí mismo y lo que debe al lugar en que se encuentra.”
En defensa de la cultura teatral de Córdoba, el redactor del diario se remonta a más de quince años atrás, para citar referencias de la venida de compañías que traían números de danza:
“No es nuevo en Córdoba el baile. Desde que estuvo aquí la Compañía Rodenas hubo cuerpo coreográfico, y cuando en 1859 estuvo la Compañía que dirigía el Sr. Mendoza, en la que había un cuerpo de baile que dirigía el Sr. Casas y la primera bailarina era la Señora Landelle, francesa.
En todas esas ocasiones, el baile se dio sin que se dieran muestras de reprobación de ningún género, y las bailarinas eran apenas aplaudidas a la terminación de la danza.”
Esa tradición que había incorporado el público, sin embargo, parecía desmentida por sus recientes efusiones en la sala ante el número coreográfico. Se pregunta el editorial por qué en el pasado “no habían esas manifestaciones tumultuosas, siendo en baile lo mismo que hoy?” El texto afirma que el público local “no es un niño que recién va a asistir a los espectáculos públicos. Los conoce y demasiado, como conoce el baile español y tiene más o menos noticias de lo que es el can-can francés.”
Y entonces señala La Carcajada que el tono deshonesto ha sido puesto por el comportamiento del público, no del baile que se ha visto en el teatro. Dice el editorialista, “Lo que para nosotros hay condenable, es que se aplauda de un modo tan sospechoso cada evolución de la artista y que se la obligue en cierto modo a hacerlo con repetición.
Un teatro no es menos que un salón social, y así como en este no es lícito a nadie ultrapasar los límites de la decencia, así también no es posible dar rienda suelta a las pasiones en un teatro.
Por consiguiente, más que condenar el baile, tal como se da en nuestro teatro, es digna de censura la inmoderación por parte del público de platea que seguramente sale de sus casillas.”
La conclusión del artículo no se puede desmentir por completo en la actualidad, más de 150 años después, cuando afirma que “hay que estimular al público a que se dé cuenta de lo que hace, porque el mal no está en el baile, sino en la imperfecta educación social, que se pierde cada día más que día llegará que saldrán de las filas del pueblo danzantas más provocativas que las que hoy causan tantos escrúpulos y hacen extraviar el juicio, condenando al que debe ser absuelto y absolviendo al que debe ser condenado.”