Cosifiquémonos los unos a los otros

Un muchacho joven y apuesto sonríe con estudiado glamour desde la pantalla de la PC o el celular, ilustrando la publicidad que en las redes sociales se difunde bajo el slogan “Adoptá un chico”.

Por Daniel Gentile

adopta-un-chicoUn muchacho joven y apuesto sonríe con estudiado glamour desde la pantalla de la PC o el celular, ilustrando la publicidad que en las redes sociales se difunde bajo el slogan “Adoptá un chico”. Y un poco más abajo, un epígrafe que aclara: “La boutique de citas on line donde ellas deciden”.
Se trata, evidentemente de una oferta para mujeres que buscan una relación de alguna clase con un hombre joven. Las condiciones del vínculo que se ofrece, incluso las económicas, se ignoran y no tengo el menor interés en averiguarlas.
El aviso se muestra reiteradamente, sin pena ni gloria, como uno más. Y en realidad es eso. Un aviso publicitario entre tantos en ese océano que es Internet.
Sin embargo, es inevitable pensar qué pasaría si la oferta fuera inversa. “Adoptá una chica”. Con la foto de una muchachita joven y linda.
Es difícil que hoy por hoy ello ocurra, pero podemos aventurar algunas de las consecuencias que tendría semejante publicación.
Las organizaciones feministas y de derechos humanos reaccionarían de manera furibunda contra un acto de flagrante “cosificación de la mujer”, algunos fiscales federales intervendrían de oficio para rastrear con tecnología de última generación a los responsables de la aplicación para investigar un presunto caso de trata de personas, el INADI –la policía del pensamiento y Gestapo de la corrección política- se pronunciaría de manera enérgica por el carácter discriminatorio de la publicidad, centenares de periodistas en todo el país comentarían el hecho en tono indignado, se vincularía el aviso con los casos de violencia contra la mujer (casi como una relación causa-efecto), y los medios hegemónicos redactarían editoriales similares a los posteriores a las marchas “Ni una menos”. Los mismos medios que con un brazo protegen a los que en esas manifestaciones insultan al gobierno y con el otro sostienen a los insultados.
El hedonismo, la atracción física que ejercen las mujeres hermosas sobre la mayoría de los hombres, la exacerbación de los sentidos que genera la mujer en el hombre hasta convertirse en objeto del deseo, la exaltación renacentista de la belleza femenina, son fenómenos que tienen su origen en la naturaleza, aunque hayan sido elaborados culturalmente a lo largo de milenios. El ser humano ha hecho del sexo un culto, un arte. Lo mismo ha ocurrido con la alimentación, y por eso existe la cocina gourmet. Estas creaciones culturales nos diferencian, y nos ponen por encima, de otras especies animales. Sin embargo, el hedonismo en el ámbito del sexo recibe, en la jerga de la ideología feminista, el nombre de “cosificación de la mujer”.
Como el feminismo es un movimiento que cuenta con un enorme poder en el mundo occidental (donde, paradojalmente, la mujer hace largo tiempo goza de los mismos derechos que el hombre), sus dogmas van paulatinamente convirtiéndose en leyes, y específicamente en prohibiciones.
Así, de las campañas para la “descodificación” de la mujer derivan las llamadas “leyes de trata” que criminalizan la intermediación en la oferta sexual femenina; también la restricción de la llamada “publicidad sexista”, la paulatina desaparición de los concursos de belleza, los proyectos para penalizar el piropo, equiparándolo al acoso, etc. El mismo móvil “descosificador” determina la impugnación de los llamados “estereotipos de belleza femenina”; se pretende, casi por ley, que los hombres cambien sus preferencias a la hora de decidir qué estética prefieren en el sexo opuesto.
Sin embargo, como las imposiciones que surgen del dogma feminista son unidireccionales, no hay restricciones ni prohibiciones que limiten a las mujeres cuando se relacionan con hombres, ni siquiera en el ámbito del mero deseo.
Arrasado por la nueva dictadura, ha desaparecido el cabaret, icono de la cultura, aquel hermoso y nostálgico ámbito en el que, entre tango y tango, un ramillete de lindas chicas se desnudaba con alegría para deleite de Don Abraham y sus amigos. Pero existe, sin cuestionamientos, el cabaret para mujeres, donde el show está a cargo de stripers masculinos de exuberante musculatura que, por razones que se ignoran, no son considerados como potenciales o actuales víctimas de trata.
Tampoco son cuestionados los concursos de belleza masculina, y los jóvenes modelos galardonados por su prestancia no son protegidos del acoso de las mujeres. No se habla –y no se sabe por qué- de la cosificación del varón, y no hay movimientos para obligar a las mujeres a que, entre un hombre atlético y uno obeso, se decidan por el segundo.
Sería absurdo que, para restablecer la justicia, se promovieran para las mujeres que se relacionan con hombres, restricciones, prohibiciones o sanciones análogas a las que se han impuesto para los hombres que pretenden relacionarse con mujeres. Resultaría ridículo iniciar el movimiento de “descosificación del varón”. Mucho mejor sería volver a vivir en libertad. Retornar a los buenos viejos tiempos, dejar que vuele el deseo sin límites y que podamos cosificarnos con entusiasmo los unos a los otros.