Córdoba, La Rioja de Macri

Desde el comienzo de su mandato, el presidente tuvo que adoptar medidas antipáticas que, en los hechos, retrajeron el consumo y despertaron parte de la inflación que el kirchnerismo tenía narcotizada.

Por Pablo Esteban Dávila

macri-schiaretti-hernandoMauricio Macri se siente cómodo en Córdoba. De eso no hay dudas. El pasado viernes estuvo en Las Varillas, donde manejó el tractor número 15.000 de la fábrica local Pauny, y luego en Hernando donde, en un acto en la plaza de la ciudad, bailó con el gobernador Juan Schiaretti al ritmo de Gilda frente a una verdadera multitud. Segundos antes había dado el gusto de chicanear al intendente Gustavo Bottasso diciéndole que estaba “ofendido” porque los organizadores de la Fiesta Nacional del Maní habían contratado a Axel y no a él para amenizar la noche de gala. A diferencia de Riquelme, él es un tipo feliz. Al menos por estas tierras.
Las razones por las cuales el presidente elige cada vez que puede a la provincia son bastante simples de entender. Aquí nadie le cuestiona nada. Todo el mundo, en mayor o menor medida, le brinda afecto y comprensión. Incluso el peronismo local, nominalmente opositor, le obsequia gestos amables y un razonable acompañamiento en las grandes políticas que pretende llevar adelante. Si a esto se le suma el hecho que, cuando se encuentra de visita por elinterior provincial, le es posible observar comunidades industriosas, con una agenda diferente a la del negocio con el Estado o los reclamos del empleo público, su alegría debe ser completa. Es un hecho que, para Macri, Córdoba está siempre de temporada. ¿Tendrá algo que ver Gustavo Santos, su ministro de Turismo?
Esta relación no es amor de un verano. Desde que, hace un año atrás, obtuviera en el distrito los votos claves para llegar a la Casa Rosada, ha pasado mucha agua bajo el puente. Desde el comienzo de su mandato, el presidente tuvo que adoptar medidas antipáticas que, en los hechos, retrajeron el consumo y despertaron parte de la inflación que el kirchnerismo tenía narcotizada con sus insólitas tarifas de servicios públicos. En muchos sectores estas políticas provocaron malhumor y tensiones manifiestas. Sin embargo, en Córdoba, a pesar de la complejidad de su entramado social y una vida política alejada del clientelismo, su imagen estuvo siempre alta, impertérrita ante los inevitables problemas del poder. Huelga decir que no le ocurre lo mismo en otros lugares.
Algunos se divierten haciendo la analogía con La Rioja de Carlos Menem. Para el expresidente, su provincia era una suerte de Arcadia, un santuario. Allí tenía sus amigos, sus viñedos en Anillaco y, entre otros activos, una opinión pública que lo veneraba. Cuando los problemas aconsejaban tomarse un respiro, La Rioja era el lugar en donde podía reencontrarse con la tranquilidad que ofrecía la palmada en el hombro, las felicitaciones fáciles o la comprobación de su carisma intacto. En los noventa, aquella devoción mutua entre Menem y su tierra dio origen a infinitas chanzas y humoradas. Mucho de esta sintonía puede advertirse en Macri respecto a Córdoba.
No obstante, puede que la semejanza sea simpática, pero no necesariamente completa. Hay diferencias importantes entre una y otra situación que, paradójicamente, confieren mayor calidad a los vínculos presidenciales con Córdoba que los que tenía Menem con su Rioja natal. Una de ellas es, precisamente, que Macri no es cordobés. No nació ni residió en la provincia. Tampoco tiene aquí una familia que haya visitado asiduamente en el pasado. La suya es una relación de amistad, derivada de otra inicialmente política.
Tampoco puede decirse que el distrito sea oficialista. Por el contrario, Unión por Córdoba mantiene su hegemonía local sin que se adviertan grandes amenazas de parte de Cambiemos, la coalición macrista. En su época, sucediese lo que fuere a nivel nacional, Menem sabía que en La Rioja siempre tendría un gobernador amigo (hasta que Ángel “Didí” Mazza rompió la tradición), pero con Macri ocurre algo distinto: pese a ser el presidente gracias a los votos cordobeses, la provincia es, estricto sensu, opositora. Esta dislexia política podría constituir un quebradero de cabeza para un filósofo o, posiblemente, para un politólogo, pero el presidente lo asume con una mezcla de regocijo y confort dignas de encomio.
También lo hace, por supuesto, Schiaretti, dueño de un pragmatismo ilustrado. Ambos comprenden que la provincia puede ser macrista o peronista en forma intermitente a condición que las propuestas sean moderadas y centristas. Si estos ideales son encarnados por Unión por Córdoba a nivel local, pues los votos serán para ella. Si, en los compromisos nacionales, los representase más convenientemente el macrismo, entonces se votará a Cambiemos. No existe contradicción aparente entre uno y otro comportamiento, algo que se calibra milimétricamente tanto en la Casa Rosada como en el Centro Cívico.
La Rioja de Macri es, por lo tanto, opositora en lo político y ajena en sus raíces familiares pero, a efectos prácticos, tiene los mismos beneficios balsámicos que aquélla los tuvo para Menem. Cierto es que ha transcurrido apenas un año y que falta un trecho largo hacia adelante, pero la resiliencia del fervor macristadel cordobés promedio parece no tener fin. No es un dato menor o que pueda resultar ajeno a quienes miran el mediano plazo electoral.
A este respecto, hay dos observadores que demuestra el mayor interés por el devenir de esta realidad. Uno es la versión local de Cambiemos; el otro, José Manuel de la Sota. La alianza macrista se pregunta cómo puede hacer para trasladar la simpatía con que se le prodiga al presidente a sus intereses para el próximo año. Hasta ahora no le ha ido bien. Para colmo, los gestos de buena convivencia que el presidente prodiga al gobernador desorientan a sus dirigentes más encumbrados, que no aciertan a definir una estrategia para golpear convincentemente a Schiaretti. ¿Cómo criticarlo abiertamente cuando el propio presidente le dedica visitas edulcoradas en cada oportunidad que puede?
El exgobernador, por su parte, se interroga sobre los ejes de su próxima campaña legislativa. Él quiere ser presidente y, para ello, debe diferenciarse de quien actualmente desempeña esta tarea. El cómo hacerlo sin romper el idilio cordobés es la cuestión. De la Sota es, en propiedad, quien mejor ha interpretado la sociología mediterránea desde Eduardo César Angeloz y, por tal motivo, es un sagaz epistemólogo de las preferencias locales. Tiene, por lo pronto, el menudo desafío de convencer al electorado de que votarlo a él es poner un buen amigo del presidente en el Congreso para relevarlo cuando llegue el turno. Suena fácil decirlo… ¿será igual de sencillo entenderlo? La complejidad del desafío nos regresa al punto de partida. Una sociedad con vocación centrista puede ser tan difícil de satisfacer como otras muchos más polarizadas. Las reiteradas visitas del presidente, a pesar que no es una jurisdicción del palo, así lo prueban.