Retratos de mujeres al cliché

Aquí concluye una suerte de trilogía, en base a material recogido en el diario La Carcajada, textos donde los personajes femeninos parecen obligados a representar el estereotipo de su género.

Por Víctor Ramés
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Carbonilla de Francisco de Goya: “Dos mujeres en la iglesia”.

En lugar de simplemente aplicar el término “estereotipo”, en este caso es sensato detenerse a ver lo que significa, porque en esa palabra se concentran muchas lecciones sobre cómo funcionan nuestros (pre)juicios sociales. Un estereotipo es un juicio preestablecido sobre personas o grupos de personas, juicio aceptado por la mayoría como una especie de etiqueta con que se identifica algo, en base a una simplificación, a una reducción. Aplicar estereotipos es reproducir un juicio automatizado por el “sentido común”, por la costumbre, por el uso. Reconocer un “estereotipo” es, en cierto modo, tener conciencia de los prejuicios en que se basa. Con eso en mente, se trata de leer los retratos que hace un diario de la década del 70 del siglo XIX de la mentalidad femenina, echando mano a atributos o características asignadas a las mujeres. Los comportamientos femeninos parecen reforzar el prejuicio, el cliché. Ellos confirman que la caracterización es correcta.
El diario La Carcajada –como muchas otras publicaciones de su época- es objeto de análisis porque ilumina con material textual la mentalidad vigente y los juicios sobre cómo son y cómo actúan las mujeres. Por supuesto, había muchas mujeres que se comportaban según esos valores, porque ese es precisamente el objeto del estereotipo; ellas eran quienes debían adecuarse a patrones o modelos de cualidades o de conducta. Los textos en los márgenes de La Carcajada de los años setenta de hace dos siglos, se mueven a sus anchas en el prejuicio generalizado, y se dirigen a lectores y lectoras que en general debían compartir esos códigos de valor.
Un breve diálogo explora el absurdo de buscar marido en una oficina, como se busca un jardinero o un carpintero, y se formula el matrimonio como una contratación. Lo publicaba La Carcajada en 1875:
“-¿Se puede entrar?
-Sí, adelante, ¿qué se le ofrece?
-Vengo a verlo para ver si quiere encargarse de buscarme un hombre.
-Está bien, señora. ¿Y para qué clase de trabajo?
-Para el trabajo de ser marido.
-Quiere Vd. casarse?
-Ya o creo, y qué mujer es la que no desea esto?
-Y cuanto paga?
-Doy casa, comida, ropa limpia y además ocho o diez pesos por semana para cigarros.
-Y qué condiciones exige Vd.?
-Una sola: la de que mi marido haga cuanto yo le diga.
-Está bien, señora, ahora mismo voy a hacerle la diligencia.”
Se encuentra un texto interesante escrito en 1871 por una colaboradora (el diario se ha referido antes a ella) que firma “Eloísa”, quien se proponía contar “desde dentro” de la mentalidad, aunque con tono claramente crítico, el comportamiento generalizado de las jóvenes que asistían a misa. El templo –el mundo todo- era un teatro para el chisme, para el flirteo, para observar y ser observados.

“Nuestras bellas en la iglesia
(Colaboración)
Como que pertenecemos al sexo y tenemos conocimientos prácticos de la manera como estamos en la Iglesia, vamos a permitirnos hacer notar ciertas faltas de respeto al lugar en que se está.
Vamos adelante.
Entran dos señoritas a la iglesia lujosamente vestidas, pero al entrar, no se fijan tanto en la pila de agua bendita que está en la entrada como en arreglarse bien el tontillo o el promontorio que llevan en la cabeza.
Una dice: -Niña, toma agua bendita.
-Déjate de agua bendita dice la otra, que allí está Aguayo y no quiero me vea con el peinado y el tontillo mal arreglado.
Pasan y se hincan después de haber hecho mil coqueterías y dicen:
-Por la señal, de la santa… Ché Petronila, ve el peinado que se ha puesto Aurora… Cruz de nuestros etc.
-Otra- Yo pecadora me confieso a… Manuela, fijate en la cabeza de Oswaldo… Dios todo Poderoso… qué buen mozo está Pancho Álvarez.
-Santa María, madre de Dios, ruega… vedlo a Méndez Paz… señora por nosotros… cómo se fija en vos Antenor.
-Creo en Dios Padre, todo Poderoso… Manuela no se me ha descompuesto el peinado? … Creador del cielo y de la tierra… qué dices?
-Que te fijes en Manuel Serna.
Dios te salve reina y madre… a que está fulana aquí por lo que lo veo a Eschavoni?… Madre de misericordia, vida y cuando te decía que aquí había de estar… dulzura, esperanza nuestra, Dios te salve… Cleto Peña no mira para el altar por ver si ve… a ti señora llamamos…
He aquí de la manera como están nuestras bellas en misa.
Y no será posible de algún modo cortar este mal?
Que lo diga Echenique, que es el conocedor profundo del femenino sexo.
Eloisa.”
Otra viñeta a propósito de cómo se comportaban las jóvenes cordobesas sitúa a algunas de ellas en la esquina donde también se encuentra un café, en 1872, parloteando ante –se supone- los oídos de un redactor:
“En la esquina de Roncoroni.
-Entremos, niñas a la confitería de Cometa.
-No me parece que es muy propio.
-Dejate de zonceras, Cometa es muy amable y además no nos está prohibida la entrada… Mirá cuanta monada se ve en esa vidriera que está cerrada.
-Ay!…
-Porqué suspiras?
-Cuándo llegará el carnaval!…
-Y para qué?
-Toma! Para que nos obsequie con todas esas cosas.
-Che! A quien le tocará ese precioso costurero?
-Ay! Siquiera fuera a mí.
-No lo creas, ese me tocará a mí.
-Qué, si tu novio no es capaz de gastar más de 2 reales.
-Y el tuyo es un pijotero.
-Pero el mío es buen mozo.
-Sí, pero empleado del gobierno, Já, já, já!
-Las niñas se amostazaron y no pudimos oír más.
Menos enojos, Señoritas, y menos envidia; y a quien San Juan se la dé, San Pedro se la bendiga.”
La última viñeta es de 1875 y le da cuerda al estereotipo de la muchacha que suspira por conseguir un novio, y cuya madre más bien la desalienta sin piedad:
“-Mamá, y será posible que cumpla los veinte sin encontrar eso que Vd. tiene?
-Qué cosa hija?
-Pero eso, mamá, que vd. se enoja tanto cuando viene tarde.
-Y qué cosa es, hija, explícate
-Mi papá, mamá.
-Acabáramos! Con que ya tu también estás pensando en marido? Me gusta la frescura!
-Y qué quieres, mamá; tengo ganas de tener marido.
-Ay, hija! Dios te ha dado una cara tan quien sabe cómo y una fortuna tan escasa, que creo que te vas a tener que quedar con las ganas. Hoy los maridos cuestan fortunas.”