En busca del humor inofensivo

Apenas una década después del estreno del falso documental de Borat, en noviembre de 2006, la comicidad de aquel desopilante personaje oriundo de Kasajistán que interpretaba Sacha Baron Cohen, resulta indefendible frente a la corrección política que se pretende establecer hoy.

Por J.C. Maraddón
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ilustra-borat-inmigranteLos designios del humor son insondables, sobre todo en una época como la que vivimos, en la que la corrección política imperante va estableciendo nuevas pautas morales que condicionan ciertas manifestaciones públicas. Y reírse de algo o de alguien es una actividad que puede llegar a ser fuertemente censurada, si el objeto de la burla entra dentro de lo que se considera intocable. Pero, por otro lado, los militantes de la comicidad señalan que en el arte de causar gracia todo debe estar permitido, incluso aquello que parezca sacrílego, impertinente o soez. Y en esa disparidad de criterios yace una polémica sin fin.
Es casi imposible determinar, de manera unánime, qué puede ser risible y qué otras cosas están más allá de cualquier chiste, por la propia solemnidad que su mención implica. Las religiones, ciertas enfermedades, las tragedias, se cuentan dentro de las temáticas que las normas de comportamiento de todos los tiempos consideraron exentas de cualquier abordaje humorístico. Sin embargo, los cuentos sobre curas, médicos y velorios se inscriben dentro de los más populares del repertorio universal, y del acervo cordobés en particular. Tal vez porque, precisamente, la prohibición es la que los vuelve más atractivos.
Como público, somos capaces de reírnos de cualquier cosa. Hasta que nos tocan alguna fibra íntima. Entonces, saltamos como leche hervida y apostrofamos al cómico que osó agarrársela con aquello que más nos duele. Se acaba nuestra prédica en favor de la libertad de expresión, la tolerancia y la paciencia. Y embestimos contra el atrevido que se tomó para el churrete un asunto que, según nuestro punto de vista, no merece ese tratamiento. Lo que demuestra que, en la mayoría de los casos, la pertinencia del humor depende muchas veces de subjetividades. Y, entonces, resulta complicado teorizar y generalizar sobre un problema que dista mucho de recoger juicios unánimes.
Las reivindicaciones más recientes sobre los derechos de minorías y de sectores históricamente marginados, que se corresponden con las campañas contra la homofobia, la xenofobia, el bullying y la violencia de género, repercuten sobre esta determinación del campo de acción del humor y lo acotan hasta asfixiarlo. Tal vez sea eso lo que se merece, después de años de bromismo hacia los más débiles. Pero lo concreto es que los profesionales de la comicidad se debaten hoy entre la presión de lo políticamente correcto y el impulso natural a la risa, que -en no pocas oportunidades- rompe con todos los códigos y las convenciones.
Hace diez años, irrumpía en el panorama del humor internacional un personaje creado por el actor inglés Sacha Baron Cohen. Si bien el artista ya lo venía interpretando en su país, en 2006 se produjo el estreno mundial de la primer película de Borat, ese periodista oriundo de Kasajistán que tan gracioso resultaba en aquel momento, con sus mostachos demodé y su cocoliche inentendible. En plena ola inmigratoria de exiliados de los países antiguamente integrados a la Unión Soviética, Borat representaba a ese ciudadano migrante que, a duras penas, intentaba adaptarse a una sociedad muy distinta de aquella en la que se había criado.
Aunque Sacha Baron Cohen aprovechaba el exotismo de su alter ego para señalar también muchas de las incoherencias de Occidente, la caracterización que hacía de este euroasiático ponía énfasis en los componentes bizarros de Borat para lograr un efecto humorístico. Apenas una década después de la avant premiere de ese falso documental, en noviembre de 2006, aquel desopilante hombrecito resulta hoy indefendible frente a la avanzada de los que reclaman por un humor inofensivo. En un planeta en el que los inmigrantes mueren hacinados en precarias embarcaciones que naufragan frente a las costas europeas, reírse con Borat cuesta mucho más.