Ajedrez, pasión de multitudes

Subo a un taxi en el centro de Córdoba, no alcanzo a acomodarme en el asiento y el conductor gira su cabeza y me pregunta: ¿”Sabe cómo va la partida?”. No dijo “el partido”, sino “la partida”.

Por Daniel Gentile

boris-spassky-bobby-fischerSubo a un taxi en el centro de Córdoba, no alcanzo a acomodarme en el asiento y el conductor gira su cabeza y me pregunta: ¿”Sabe cómo va la partida?”. No dijo “el partido”, sino “la partida”. No se refería a la selección nacional en un Mundial de fútbol, sino a un match de ajedrez. Concretamente, al que disputaban en Reykiavik, la capital de Islandia, el campeón del mundo, el soviético Boris Spassky, y su desafiante, el norteamericano Robert James Fischer.
La escena, probablemente de setiembre de 1972, hoy parece increíble. El match Fischer-Spassky, pero más aún el ajedrez, acaparó la atención del mundo durante más de dos meses. Era primera plana en todos los diarios, revistas, radios y canales de televisión. No sólo desplazó al fútbol, al automovilismo, al tennis y a todos los deportes, sino a toda otra noticia. Es cierto que, en tiempos de la guerra fría, aquel match era algo más que ajedrez. Era la contienda entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Entre el mundo libre y el bloque comunista. Sin embargo, la política no fue lo más importante. Una prueba de ello es que Fischer tenía hinchas soviéticos y Spassky simpatizantes occidentales.
Fue el momento de la pasión por los trebejos. El taxista de mi anécdota probablemente sólo conocía el movimiento de las piezas. Seguro que los conocía, porque nadie se privó en ese tiempo de indagar en el misterio de las sesenta y cuatro casillas. A su pregunta “¿cómo va la partida?”, yo no podía contestarle “terminó el primer tiempo 0 a 0”. El quería saber cómo estaba la posición según la opinión de los expertos.
En Córdoba, las radios seguían las partidas jugada a jugada y cada una tenía sus analistas. La memoria puede engañarme, pero me parece que en LV2 comentaba Luis Marcos Bronstein, en Radio Universidad Héctor Luis González y Julio César Saadi, y en LV3 un hombre de la casa, Enrique Yantorno, jugador de primera categoría, acompañado por Amelia Pérez de Navas, aficionada española radicada en nuestra ciudad. Tal vez el presupuesto no alcanzaba para pagar a un Maestro, pues las acciones de los ajedrecistas profesionales se cotizaban alto.
En el Cine Teatro Real podían seguirse las partidas en un tablero mural, también con análisis de jugadores avezados. No era fácil conseguir ubicación.
Terminó el match con el resultado conocido. Ganó Bobby Fischer. Un hombre derrotó a un imperio.
Terminó el match pero no la pasión. A los pocos días, La Voz del Interior organizó un torneo de aficionados, con casi setecientos participantes. Allí debutó una generación que estaría llamada a hacer historia en nuestro ajedrez. Guillermo Soppe, que por entonces era un niño de doce años, con el tiempo llegaría a ser Maestro Internacional y dos veces campeón argentino. Ningún cordobés llegó tan lejos como él. Es el más genuino representante de la generación cordobesa de “los hijos de Fischer”.
A fines de ese año 72 se jugó el Torneo Mayor de la Unión Cordobesa, y noche a noche un amplio local de la Avenida Colón se colmaba de público.
La pasión por el ajedrez duró varios años más. ¿En qué momento comenzó a decaer el interés por este deporte? ¿Qué fue lo que nos trajo a este presente en que los medios no le dedican más de dos líneas o un minuto de aire? ¿La falta de apoyo de la prensa es causa o efecto? No lo tengo claro. Sí estoy convencido de que no es un fenómeno local o nacional sino mundial. Al mundo de hoy poco le importa el ajedrez.
Sin embargo, este deporte tiene todo lo necesario para convertirse en un gran espectáculo. Estética, emoción y pasión. No es un juego pacífico. Es violencia intelectual sublimada. Me entenderá cabalmente quien, aún sin saber mucho del juego, haya sido testigo del vértigo final de una partida con mutuos apremios de tiempo, cuando cada movimiento parece una estocada.
La potencialidad del ajedrez como deporte de masas no ha sido debidamente explotada. Por alguna razón que no alcanzo a entender, no se organizan torneos blitz de Grandes Maestros en cadenas de televisión internacionales. Sin duda, serían mucho más atractivos que un campeonato de poker o de golf.
El ajedrez exige cálculo e inspiración, pero también cierta dosis de agresividad. Borges diría “el álgebra y el fuego”. Componentes que le dan casi ilimitadas posibilidades para atraer multitudes.
Sueño de tanto en tanto que el mundo vuelve a apasionarse por el increíble e inabarcable universo de las sesenta y cuatro casillas. Imagino entonces que, como hace décadas, muchos chicos sueñan con ser Grandes Maestros.