Casorios, barrios malos y sombreros

La búsqueda en las columnas jocosas de “La Carcajada” aporta más viñetas de esas que el diario dedicaba a zaherir actitudes, valores y modas de los cordobeses y cordobesas.

Por Víctor Ramés
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Grabado francés de 1819 sobre la moda masculina en sombreros.
Grabado francés de 1819 sobre la moda masculina en sombreros.

La revisión de la “letra chica” del diario La Carcajada, en busca de anotaciones jocosas –a veces en forma de diálogos- que ese periódico dedicaba a las costumbres y los valores de la vida cotidiana cordobesa, sigue rindiendo frutos. El formato fue empleado con frecuencia por el medio creado y dirigido por Armengol Tecera, en su etapa de los años ’70 del siglo diecinueve. Más tarde, la publicación de a poco fue dejando de lado ese tipo de material, y reemplazándolo por otras formas de comentar.
Algunas viñetas aquí reunidas prolongan una selección publicada anteriormente, sobre la ansiedad de las jóvenes cordobesas por un amor y un matrimonio, y la de los jóvenes y señores por otro tipo de planes. En primer lugar, aquí van ejemplos de esa fijación atribuida a las mujeres (en el sentido de que se las identifica con ese comportamiento, aunque también se trata de valores existenciales que les eran inculcados), en cuanto promotoras de una unión estable de pareja. En primer lugar, óigase a una niña pulseando con su madre por asistir a la retreta:

“-Mamá: quiero que me lleves esta noche a la retreta.
-Déjate niña de tonteras; tan luego cuando tengo que hacer mi examen de conciencia para confesarme, se te ocurre ir a la retreta.
-Pero mañana lo harás, mamá.
-Mañana! Con que Dios sabe tenga tiempo de hacerlo en toda la santa noche.
-Jesús! Qué examen tan largo.
-No es el examen el que me ocupa, sino los temas de que debo conversar en el confesionario.
-Ten presente, que si no me llevas esta noche a la retreta como quedaste comprometida con aquel que sabemos, de seguro que no vuelve más a casa y yo me quedo en la luna.
-Jesús niña! Me dan calambres con solo imaginarme que tú te puedes quedar como dices. Vamos inmediatamente a la linda retreta que nos proporciona mi compadre Antonio aunque mi proyecto de examen quede ni más ni menos que la intervención de Santiago.”

El diálogo siguiente gira en torno a la desdicha de una joven por la desaparición de un candidato:

“-Niña, no llores! –No ves que pueden creer alguna cosa?
-Qué no he de llorar! Si lo que me acuerdo de ese ingrato, de ese pérfido, de ese mentiroso, me dan tentaciones de tirarme por el balcón.
-Quién es ese pérfido, ese ingrato, que no lo conozco?
-Cuál ha de ser, sino ese oficial que vd. Misma me decía que le escuchara lo que me decía y que ya se ha mandado mudar sin despedirse siquiera.
-y qué importa eso, acaso vos puedes estar apasionada en tan pocos días?
-Allí tiene vd., lo que no me ha sucedido con Gregorio Maidana que hace un tiempo me visita, me ha acaeció con este otro.
-Qué quieres hija, no hay más que tener paciencia y barajar.”

La perspectiva masculina, por su parte, puede fastidiarse con la falta de diversiones en la ciudad, donde las mujeres siempre quieren mucho más que divertirse. Sobre todo, que el hombre “se ponga la casaca” para matrimoniarse.

“Ola! Chico, qué andas haciendo a estas horas y tan triste?
Ya lo ves, tomando el fresco.
-Yo te hacía q’ estuvieras en alguna parte acortando la noche.
-Dónde? En córdoba no hay baile, no hay teatro, maromas, no hay retreta, no hay… pero qué diablos, si en Córdoba no hay sino beatas y frailes.
-No exajeres, chico, que si es verdad que nada de esto tenemos, en cambio contamos con un bello sexo más agradable y simpático que una noche de primavera y con luna.
– Puede que sea, pero el bello sexo de Córdoba es temible.
-Y por qué?
-Por las tendencias que tiene a la casaca que, como tú debes comprenderlo, no es cosa que nos conviene a muchos.
-Hombre, tienes razón, porque hasta a las viejas son afectas a esta fruta.”

En otras ocasiones, La Carcajada se divierte dirigiendo alusiones a determinados personajes, por algún defecto, su indumentaria, algún pecadillo u otras cuestiones. En la siguiente selección, el cronista del diario –cuya imprenta estaba en la calle Constitución, en el barrio de San Roque, donde también abundaban los burdeles- comenta el paso de uno u otro por las cercanías de esas calles del pecado:

“Ola! Dr Cardozo, Vd. por estos barrios y a estas horas? ¿Qué tiene que hacer por la calle Santiago del Estero?
Algún asunto jurídico ¿no es cierto?
Sin embargo, mi querido doctor, para andar por estas calles es bueno munirse de un rosario o reliquia para salvarse de las malas tentaciones.”

El mismo tópico rige esta otra cita dirigida a un colega periodista: “Vaya nomás D. Amado Ceballos, ya sé que anda en la güena por la calle Constitución. No sé qué suerte tienen estos redactores para que los quieran tanto las niñas.” Y otro cordobés todavía cae bajo la “sanción” de La Carcajada, por dirigirse a otro barrio del pueblo:

“-Adiós, ché Conil. Ya te veo que vas muy de prisa ¿y para dónde?
-Voy a hacer una diligencia.
-Sí, ya lo creo; siempre tú y Gigena tienen que hacer diligencias por el barrio de la Merced. Descuidate nomás y que de repente te asuste la viuda que anda saliendo.”

Para concluir, van tres menciones que aluden al uso del sombrero, una prenda hoy en desuso, pero fundamental en aquella época:

“Por Dios, Francisco Álvarez, todo puedes hacer menos gastar tanto en sombrero.
Cuando vinisteis de Buenos Aires trajisteis uno, que a juzgar por sus dimensiones fantásticas, te debía haber costado lo menos un ojo de la cara.
Sin embargo, hoy ya te veo, pero cómo? –Con el mismo.”

“Abur, mi querido Juan Barra, dónde te has ajenciado ese sombrero de teja. ¡Qué bien que te queda! De lejos pareces todo un canónigo.
Estoy seguro que si te pusieras una levita a lo Juan Tey, en todas partes se sacaban e sombrero lo que pasaras.”

En la última cita, el sombrero es sólo un objeto identificador, y el palo viene por otro lado:

“Oiga Sr. D. Alceo de la Serna. Tenga la bondad de prohibirle a ese su dependiente sombrero grande, el que deje de largarles piropos a todas cuantas muchachas pasan por delante de donde él está. Se lo prevenimos para que con tiempo ponga remedio porque si así no lo hacen nos veremos en la dura necesidad de entrar a obrar nosotros y ponerle la paletilla en su lugar a ese Cupido de nuevo cuño que se ha introducido entre nosotros.”