La traición de Macri

Hay una franja de expertos muy enojados con Macri. Extremadamente desencantados con lo que piensan que ha sido una suerte de traición del Presidente respecto de sus promesas electorales. Son los economistas ultra liberales que miran la realidad política y social por el ojo de la cerradura de su recetario austríaco.

Por Gonzalo Neidal
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2016-10-27_macri-1Podría decirse que las quejas contra el gobierno de Mauricio Macri se concentran en el aspecto económico. Mucha desocupación aún, muchos pobres todavía, bajo nivel de actividad económica. A la gente cada vez le importa menos si son problemas heredados del gobierno anterior o generados por esta administración. Además, los argentinos estamos acostumbrados a mirar hacia el gobierno si nos va mal. Estamos muy condicionados para reclamar soluciones mágicas, cambios inmediatos en una situación, como si eso fuera posible.
Pero más allá de esta situación de disconformidad por la permanencia de dificultades en la marcha de la economía, hay una franja de expertos muy enojados con Macri. Extremadamente desencantados con lo que piensan que ha sido una suerte de traición del Presidente respecto de sus promesas electorales.
Son los economistas ultra liberales que miran la realidad política y social por el ojo de la cerradura de su recetario austríaco. Desde un punto de vista puramente ideológico, es probable que los enojados tengan razón. Ellos reclaman que Macri no está ajustando la economía. Que no está reduciendo el gasto público ni eliminando el déficit presupuestario. Y todo eso es rigurosamente cierto. Las dos cosas: que lo prometió y que no lo está haciendo.
Además, hay varios analistas políticos que califican al gobierno de Macri como de un “populismo light” o “kirchnerismo de buenos modales” o “neopopulismo”. Pensaban que llegado al poder, Macri entraría con una topadora y derrumbaría de un plumazo toda la estructura de subsidios armada por el anterior gobierno, a la vez que restringiría los gastos en forma acelerada.
Pero Macri los ha sorprendido. A unos y a otros. A propios y extraños. Los propios, están enojados. Y los otros también, porque Macri ha desmentido sus presunciones y anuncios catastróficos.
Y es muy cierto: Macriha extendido algunos subsidios, ha aumentado otros y sólo está intentado reducir los vinculados al gas, la energía y el transporte. El ritmo del ajuste no es el que podía pensarse antes de su asunción. La razón es bien simple: realismo político. Un ajuste de mayor intensidad, que es lo que reclaman los economistas liberales (y que desde el punto de vista técnico resulta recomendable), hubiera hecho recrudecer las dificultades económicas y habría añadido inestabilidad política.
En realidad, Macri parece poseer aquello que le reclamaban: ductilidad política. Posterga metas y objetivos en función del fortalecimiento de la tranquilidad social. Los partidarios del gobierno anterior están ahí, al acecho, prestos a sumar leña a cualquier chispa que surja. Y Macri, hasta ahora, los está esquivando.
Seguro que el Presidente sabe que por este camino, si permanece en él, desembocará en un previsible pantano. Pero la apuesta consiste en que la reducción del gasto podrá realizarse sin traumas cuando la economía mejore, el año que viene.
Pero, a la vez, ese año es electoral. Y en los años electorales los gobiernos necesitan expandir el gasto a fines de que la economía se mueva y les arrime votos.
O sea, podría decirse que recién en 2018 podremos ver si Macri se decide a abandonar la senda emprendida o termina sucumbiendo a una suerte de suave eutanasia populista.